Ciudad de México, marzo 30, 2026 11:48
Nancy Castro Opinión

El derecho a morir, el derecho a encontrar

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“No se trata solo de aplicar protocolos médicos o dictar resoluciones jurídicas; se trata de garantizar condiciones de vida, de proteger cuerpos y de responder cuando esos cuerpos han sido vulnerados o desaparecidos…”

POR NANCY CASTRO

MADRID. Ante la crisis humanitaria que vivimos, hay una deuda. La sanidad pública, el poder judicial, le deben a todos algo. A todos. Mientras Noelia Castillo, de Barcelona, pidió la eutanasia y la recibió el 26 de marzo, ejerciendo un derecho conquistado tras años de debate, una madre buscadora, Cecilia Flores en México, en días pasados encuentra un hueso y la ropa de uno de sus hijos desaparecidos. Y aunque parezcan hechos aislados, no lo son.

La sanidad pública y el poder judicial, pilares de cualquier estructura democrática, comparten una responsabilidad que va más allá de sus funciones técnicas. No se trata solo de aplicar protocolos médicos o dictar resoluciones jurídicas; se trata de garantizar condiciones de vida, de proteger cuerpos y de responder cuando esos cuerpos han sido vulnerados o desaparecidos. Sin embargo, la realidad evidencia una asimetría profunda: mientras algunos dolores encuentran cauce institucional, otros quedan atrapados en la intemperie.

Noelia llevaba años intentando morir. Su historia no empieza en la decisión de pedir la eutanasia, sino mucho antes: en los abandonos, en la violencia familiar, en los abusos sexuales que marcaron su vida, en ese intento de suicidio al lanzarse desde un quinto piso que no terminó con su vida, pero sí la dejó parapléjica, atrapada en un cuerpo atravesado por dolores extenuantes. Noelia no vio otra salida que pedir ayuda para morir.

Y se respeta. Se respeta porque su decisión no surge de la ligereza, sino de una acumulación de sufrimiento que no encontró alivio suficiente en ningún otro lugar. Se respeta porque reconocer su derecho es, también, reconocer su historia.

Pero su decisión deja sobre la mesa cuestionamientos difíciles de esquivar. Obliga a preguntarnos no solo por el derecho a morir, sino por todo lo que ocurrió antes. Por los momentos en los que la vida de Noelia pudo haber sido acompañada de otra manera. Por las veces en que el sistema —social, familiar, institucional— no llegó a tiempo o no llegó del todo.

Una sociedad no se mide solo por los derechos que reconoce en el papel, sino por los dolores que es capaz de sostener en la práctica…”

Porque cuando alguien quiere morir durante tanto tiempo, la pregunta no puede quedarse únicamente en cómo garantizarle una muerte digna. También debe dirigirse hacia cómo fue vivida esa vida, qué condiciones la hicieron insoportable, qué falló en el cuidado, en la protección, en la prevención.

Noelia tomó una decisión dentro de un marco legal que la amparó. Pero su historia no puede reducirse a ese último acto. Es también el relato de una vida que fue, en muchos momentos, dejada a su suerte. Y ahí es donde emerge una incomodidad necesaria: ¿cuántas vidas llegan a ese punto porque antes no fueron sostenidas?

Respetar su decisión no debería cerrar la conversación, sino abrirla. Porque en ese respeto también cabe una responsabilidad colectiva: la de mirar hacia atrás y preguntarnos en qué momento dejamos de cuidar.

No se trata de contraponer derechos ni de jerarquizar dolores, sino de evidenciar una fractura ética. Una línea que separa a quienes reciben respuesta de quienes reciben abandono. Porque el problema no es que existan avances en ciertos ámbitos, sino que estos no se traduzcan en un compromiso integral con todas las formas de sufrimiento.

La deuda, entonces, no es abstracta. Es concreta, acumulativa y persistente. Es una deuda con quienes pueden decidir sobre su final, pero también —y sobre todo— con quienes siguen buscando un comienzo para el duelo. Una deuda con la vida, con la justicia y con una dignidad que debería ser indivisible.

Cecilia Flores llevaba siete años buscando a sus dos hijos. La madre buscadora, originaria de Sonora, aprendió a buscar. Aprendió no solo de antropología forense, sino también a interpelar a las autoridades para que dieran seguimiento a las investigaciones, a insistir donde otros se detienen, a incomodar donde el silencio parecía más conveniente. Aprendió incluso a negociar con el miedo, a retar a las bandas delictivas para que le permitieran buscar en terrenos marcados por la violencia.

Fundó el colectivo de Madres Buscadoras de Sonora, convirtiendo su dolor en una red, en una forma de organización, en una fuerza colectiva. No buscó sola: hizo de la búsqueda un acto compartido, una respuesta ante la ausencia del Estado. Porque cuando las instituciones no llegan, alguien ocupa ese lugar. Y, demasiadas veces, son ellas.

Recibió la información sobre la localización de restos y ropa que podrían pertenecer a su hijo mayor. Y aun sin tener el resultado del ADN, lo reconoce. No desde la ciencia, sino desde la memoria: es su ropa, es el rastro de una vida que conoce de memoria. En ese reconocimiento hay algo más que certeza; hay una forma de duelo que se abre paso incluso en la incertidumbre.

“Vámonos a casa de donde nunca debiste haber salido”, dice. Y en esa frase se condensa todo: el amor que persiste, la ruptura que nunca debió ocurrir, la necesidad de cerrar un ciclo que fue interrumpido por la violencia. No es solo una despedida; es también una restitución. Un intento de devolverle a su hijo algo de lo que le fue arrebatado: un lugar, un nombre, una historia.

Pero ninguna madre debería aprender a hacer esto. Ninguna debería tener que convertirse en perito, en investigadora, en buscadora. Ninguna debería tener que arrebatarle a la tierra lo que el Estado no supo —o no quiso— proteger ni encontrar.

Y, sin embargo, ahí están. Sosteniendo no solo su dolor, sino también una verdad que insiste en salir a la superficie.

Porque una sociedad no se mide solo por los derechos que reconoce en el papel, sino por los dolores que es capaz de sostener en la práctica. Por a quién escucha, a quién acompaña, a quién protege… y a quién deja solo.

La deuda sigue ahí. No como una abstracción, sino como algo que respira en cada historia incompleta, en cada ausencia sin respuesta, en cada vida que no fue cuidada a tiempo.

Y mientras haya quienes tengan que elegir morir para dejar de sufrir, y quienes tengan que buscar para poder despedirse, no podremos decir que hemos aprendido realmente qué significa cuidar la vida.

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