Ciudad de México, septiembre 26, 2022 13:46
Opinión Francisco Ortiz Pardo

EN AMORES CON LA MORENA / Doscientos veintitrés

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No son inmaculados, efectivamente, y sus culpas presuntas y probables deben ser purgadas en otro lugar. Son sin embargo el único conducto posible del sueño de otros, el de un país donde cuente la opinión de todos, sin polarizaciones.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Eran tiempos aciagos, como ahora pero de otra forma. A la modernización salinista –acaso el primer gobierno claramente liberal tras el fracaso de una transición híbrida que buscó Miguel de la Madrid para corregir el desastre de los gobiernos del Nacionalismo Revolucionario— se le plantó la resistencia indígena armada y más tarde fue asesinado el candidato oficial, Luis Donaldo Colosio.   

Temerosos de lo que por décadas había inculcado el sistema del PRI-Gobierno como el peligro de alterar “la paz social”, los ciudadanos se volcaron a las urnas en las elecciones presidenciales de 1994 y dieron un amplio e incuestionado triunfo a Ernesto Zedillo. Se había puesto a prueba una reforma con la ciudadanización del órgano electoral, a la que Salinas fue obligado para legitimarse tras su muy impugnado triunfo en 1988. La realidad fue esa: por primera vez en el siglo 20 pudimos observar que las viejas prácticas del fraude electoral se disipaban, aunque quedaban importantes condiciones de inequidad que tenían que ver sobre todo con el acceso desigual a los medios masivos de información, particularmente la televisión.

En el seno del Movimiento Ciudadano por la Democracia, aquel conglomerado de frentes cívicos fundado por el irrepetible Salvador Nava Martínez, hubo la euforia de quienes consideramos que se abría una nueva época de posibilidades democráticas y también la frustración de quienes no asumieron la derrota de Cuauhtémoc Cárdenas, que contendía por segunda ocasión por la Presidencia, como parte de un juego democrático que debíamos ir normalizando. Desde entonces vino una confusión en la semántica de la democracia, la que para unos significaba el acceso de la “izquierda” al poder y para otros lo era el respeto a la voluntad popular, sin condiciones.  

Lo que hemos visto a partir de 2018 de una parte de la sociedad ilustrada es la herencia de la primera posición (una frustración), la idea irreductible (imposible de debatir) de que si había fallado tanto el PAN como el PRI a su vuelta, es imposible adjudicar fracasos a un gobierno al que se ha considerado de “izquierda”, aun cuando en realidad muy pocos de sus cuadros destacados son personajes que no emanaron del PRI pero además no hay mucho de la izquierda que se pueda consignar en sus acciones. Pero paradójicamente, lo que no se justificaba al PRI sí se justifica ahora a un partido de Estado en gestación, incluido el resurgimiento de viejas prácticas fraudulentas, en algunos casos de manera descarada, como el indigno acarreo de votantes.

En aquellos prolegómenos de los noventa, desde la trinchera que elegimos un grupo de jóvenes para aportar un granito de arena a la democratización del país, creímos como paso siguiente indispensable una alianza electoral entre el PAN y el PRD que fuese capaz de sacar del poder al PRI histórico, lo que en realidad se volvió imposible dada la mezquindad de sus integrantes, incapaces los políticos mexicanos, por tradición, de sobreponer el interés general a las ambiciones personales.  La alternancia tardó un tiempo más, y aunque se dio a través del PAN, he sido un convencido que se trató en los hechos de una rebelión ciudadana cuya única bandera fue “sacar al PRI de los Pinos”.

Sin embargo permaneció de manera inadvertida la nostalgia del autoritarismo priísta al que supuestamente se había repelido y, valiéndose de las fallas graves, los abusos o también las incapacidades para transmitir los logros de los últimos tres gobiernos sexenales, germinó un Frankeinstein en su modo más populista y contradictorio: predica la democracia pero está forjado en la mentalidad autocrática y en el sistema de partido hegemónico; señala al conservadurismo pero tiene una dosis de religiosidad evangélica y usa políticamente a los más pobres. Lo que ha ocurrido los últimos tres años está a la vista, y su expresión más notoria es la denostación o el insulto de cualquier expresión contraria a lo que estima el Presidente.

La reinstauración del viejo modelo autoritario –de cuyos intentos de destrucción institucional sobran pruebas—, solo puede ser frenada a través de una gran alianza de las tres fuerzas opositoras integradas en Va por México. O de las cuatro incluyendo a Movimiento Ciudadano. La farsa ideológica no da respuestas a los grandes problemas nacionales. Es hora de probar un gobierno con lo mejor de todas las propuestas y descartando lo que no funcionó desde los tiempos de Luis Echeverría.

El pasado domingo 10 de abril asomó de nuevo la democracia. Doscientos veintitrés diputados federales del PAN, PRI, PRD y MC caminaron juntos pese a todos los intentos por doblarlos, incluso con el chantaje o la amenaza vil de abrirles expedientes judiciales. No son inmaculados, efectivamente, y sus culpas presuntas y probables deben ser purgadas en otro lugar. Son sin embargo el único conducto posible del sueño de otros, el de un país donde cuente la opinión de todos, incluidas las minorías, por supuesto, sin polarizaciones. El rechazo a la iniciativa presidencial de reforma eléctrica fue solo el pretexto: Es ese el antecedente crucial para lograr lo que hoy se vuelve urgente. Porque mañana la patria está en peligro.

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