Entrelazar los hilos de la vida
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Fotos: Especial
“Yo no nací para ser tejedora. Pero sé que soy hilo, estambre, madeja… dispuesto a seguir enredándose y entrelazándose consigo mismo y con otros”.
POR MARIANA LEÑERO
Me gusta pensar que cada uno somos un hilo, largo, muy largo.
Al nacer, no hay enredo. Somos —o nos creemos— infinitamente eternos, sin frontera. Pero nuestra madre, quien lo sabe todo, empuja y, con deseo o sin él, permite que nos desprendamos de ella.
Es ahí donde comienza el primer enredo: en esa dificultad de tener que llorar para poder respirar. ¿Será que nadie nos ha dicho que llorar debería ser un mandato para cuidar la salud mental? ¿Que llorar no es un signo de debilidad, sino una condición para existir?
Y de ahí siguen los siguientes enredos: el llanto porque tenemos hambre, o frío o sueño; o el esfuerzo abismal que necesitamos para sostener la cabeza cuando pesa más que el cuerpo, o balbucear sonidos que no significan nada para que, de pronto, ¡zaz!, comencemos a pronunciar nuestras primeras palabras. Después, gatear, luego caminar, tropezarse, volver a intentarlo.
Y entre estas puntadas, descubrimos también que no somos lo mismo que papá o que mamá. Que los demás no sienten como uno, no piensan como uno, no entienden lo que queremos. Ese primer desencuentro nos revela la existencia del otro. Descubrimos que no venimos a enrollarnos en una única bola de estambre, sino a ser tejidos. Entrelazados con nosotros mismos, pero también con otros, con sus sueños, sus vicios, sus miedos y su historia.
Parecen nudos, tropiezos, pero son las puntadas de nuestro tejido: cada intento, cada caída, cada grito va trenzando el hilo que somos. Y aunque parezca desordenado, todo va formando esa madeja interna —una mezcla de instinto, torpeza y una misteriosa voluntad de seguir adelante. No son enredos que hay que deshacer, sino la oportunidad de hacer más fuerte el hilo, más extenso, más listo para enredarse y entrelazarse con otros… y con uno mismo.
Es la esencia más profunda y real de lo que somos, y de lo dispuestos que estamos a convertirnos en algo: Una bufanda, un suéter, un regalo. Lo que sea que alguien más pueda necesitar para abrigarse el alma.
Quienes saben tejer, saben entrelazar lo que aún no es, para convertirlo en ser. Saben contar puntos, leer patrones, imaginar texturas. Como artistas, convierten el estambre en formas. Objetos que nacen del silencio y se llenan de sentido.
Lo hacen solos o en grupo: para quitar la ansiedad, acompañar la soledad, para meditar, para ser felices o simplemente para detenerse en el silencio.
Los que tejen traspasan la intimidad de cada puntada para convertirla en un acto de generosidad. Tejen por placer y pensando en el otro.
Mi abuela Hortensia, la mamá de mi mamá, sabía tejer, pero también coser, zurcir, bordar; manejaba con precisión la técnica del migajón, el ganchillo, el macramé. Pintaba con cualquier técnica, como si el pincel le hablara al alma. Cocinaba mejor que cualquier chef y solo probando la comida identificaba todos los ingredientes utilizados, hacía curtidos, embutidos, mermeladas. Cuidaba un huerto, sembraba verduras, árboles cítricos y cultivaba orquídeas. Las injertaba y jugaba con sus colores, como si fuera una alquimista de lo natural.
Sé que su creatividad venía ya entretejida en nuestros genes. Como si nos hubiera dejado un hilo secreto, fino y persistente, que se manifiesta cada vez que algo bello nace de nuestras manos.

Estoy segura de que muchas de las habilidades artísticas que mis hijas, mis hermanas, mis sobrinas y yo tenemos vienen de ella: de su audacia silenciosa, de su exactitud amorosa, de esa forma suya de hacer del mundo un lugar más bello.
La forma de amar de mi abuela fue creando. Su manera de estar presente fue regalándonos lo que salía de sus manos. Y quedó eterna.
En cada manta, cojín, mantel, suéter, cuadros que regaló a sus nietos y bisnietos.
Yo no puedo decir que de ella heredé la habilidad de usar el estambre y la aguja con precisión —la pobre lo intentó—. Nadie le advirtió lo que implica enseñar a una zurda. O, más bien, a una zurda como yo. Cuando ella decía “para adelante”, yo lo hacía para atrás. Cuando decía “saca”, yo metía. Cuando proponía que jugáramos otro “juego”, yo —necia, encantada por el caos de los hilos— insistía en seguir aprendiendo.
Una vez leí una historia de origen oriental que hablaba de un hilo rojo: un hilo invisible que une, desde antes de nacer, a las personas destinadas a encontrarse. Dicen que ese hilo puede estirarse, enredarse, tensarse… pero nunca romperse.
Pienso en ella —en mi abuela Hortensia— y me gusta creer que ese hilo existe.
Que, aunque mis manos nunca aprendieron a tejer como las suyas, un hilo rojo sigue tendido entre las dos.
Un hilo que no pasa por la aguja, sino por los recuerdos, por las lecciones silenciosas, por los actos de amor que solo se entienden con los años.
Por mi amor a los colores, a las texturas, a esa hermosa sensación de cuando uno es testigo de algo bello.
Yo no nací para ser tejedora. Pero sé que soy hilo, estambre, madeja… dispuesto a seguir enredándose y entrelazándose consigo mismo y con otros.
Hilo que se enreda, que se suelta, que se tensa, que se rompe… pero que siempre, de algún modo, regresa a las manos que lo tejen, guiadas por esa misteriosa voluntad de seguir adelante.