Ciudad de México, febrero 25, 2021 01:50
Opinión Rebeca Castro Villalobos

¡Estoy apanicada!

Fue después de la cuarentena de los primeros meses que en este portal escribí sobre el Síndrome de la Cabaña, que explicaba mi sentir cuando la vida regresaba a la dizque normalidad, y la expectativa de retomar algunas de mis actividades, lo que me causaba desconfianza.

 POR REBECA CASTRO VILLALOBOS

He de confesar que en las últimas semanas, más que en los anteriores diez meses, estoy “apanicada”: verbo válido en el Diccionario de americanismos, elaborado por la Asociación de Academia de la Lengua Española y publicado por la Real Academia Española, mediante el que se consigna “tener un sentimiento de pánico en superlativo”.

Fue después de la cuarentena de los primeros meses que en este portal escribí sobre el Síndrome de la Cabaña, que explicaba mi sentir cuando la vida regresaba a la dizque normalidad, y la expectativa de retomar algunas de mis actividades, lo que me causaba desconfianza.

No obstante, en esta vez, es por mucho diferente. No se trata de un síndrome -para el cual, ahora sé que lo recomendable era salir y cambiar el paisaje y ambiente-. No, en este tiempo la realidad es otra y supera en mucho a la ficción, tanto que en ese entonces, a mis muy pocos conocidos que padecieron  la enfermedad, actualmente son ya en demasía, que no quiero ni contarlos.

Escucho varias voces que afirman que todos, en algún momento, nos infectaremos, lo cual confío en Dios que no sea atinada dicha teoría, y aunque todos los días me hago el propósito de mantenerme en buen estado emocional, no siempre ha sido posible. Ha llegado el caso, en algunas ocasiones, de sentir taquicardia y un miedo atroz de pensar que “tengo” que salir, cuando los que mandan (léase las autoridades de Gobierno) repiten y repiten incansablemente que hay que permanecer confinados porque aquí en Guanajuato, el semáforo desde el veinticinco de diciembre retornó al rojo, al igual que en muchos otras entidades y en la ciudad de México.

Con más ahínco, desde ese diciembre, no cesan los mensajes de los  susodichos, incluso ayer del mismo Gobernador, para que nos encerremos en casa, que la capacidad hospitalaria ya está rebasada en muchos municipios, que no hay tanques de oxígeno suficientes, etcétera, etcétera. Por algo Guanajuato se encuentra en la lista nacional de entidades que sobrepasan la ocupación en nosocomios.

Y mientras eso sucede, por otro lado te siguen atiborrando de trámites que debes cumplir y por lo que debes exponerte. Ejemplo es: la verificación vehicular, el obligado, y a mi gusto muy electorero programa de canje de placas, el pago del refrendo anual del automóvil. A nivel municipal, creo que todavía continúa de manera presencial el Predial, al igual que el desembolso en oficinas y cajeros por  los servicios públicos de agua y luz. En el caso de ese último, promueven una aplicación, misma que a la fecha no se ha podido concretar para realizar el pago por Internet. Caso contrario sucede con el teléfono.

Aquí hago un paréntesis para relatar mi experiencia con el entonces gratuito canje de placas, (desde inicio de año, se cobra por las láminas) para el cual tenías que cumplir con varios requisitos, como escannear documentos y enviarlos por Internet, a efecto de que consiguieras una cita en las oficinas designadas.

Cuando tocó mi turno, llegó el día y más que protegida con cubrebocas, careta y guantes me presente, siendo mi sorpresa que no había control en la entrada del reducido local, para después de asignarte con un trabajador, cuyo escritorio estaba protegido con plástico.  Y ya a punto de concluir, me piden quitarme la careta, el cubrebocas y los guantes para tomar una fotografía y dejar mis huellas digitales en su sistema. Procedimiento que a mi ver, no tenía motivo, menos en plena pandemia.

Reconozco que hay autoridades o directivos que se han “puesto las pilas” y han tenido que modificar totalmente su quehacer, actualizándose tecnológicamente para que la ciudadanía en general pueda efectuar sus gestiones.  Sin embargo, también hay que decir que no todos tienen acceso a una computadora, laptop o celular por lo que sus actividades las siguen llevando a cabo de manera presencial.

Igual ocurre con la adquisición de víveres y productos de primera necesidad. Afortunadamente en mi caso, desde hace unos meses solicito mi despensa en línea a un supermercado, y por una módica cantidad me la hacen llegar hasta la casa. Obvio es una acción que no todos pueden gastar o gustan de hacerlo.

En fin, creo que no soy la única que vive este pánico, más pensando que no estamos solos: en mi caso tengo a  mi madre viuda, de 89 años de edad, cuya soledad se aminora cuando me armo de valor (y de la correspondiente indumentaria) y voy a visitarla, preferentemente los sábados. Claro, mi estancia en su casa es con todas las medidas preventivas, y aunque ya sin besos o abrazos me empeño en hacerla sentir mi amor incondicional.

Es por mi mamá, mis hermanas y hermanos (un total de siete), mi pareja, amigas, amigos y allegados a mi vida, que no puedo permitirme contagiarme, cuidándome hasta exagerar, sin que ello represente que haga de  lado la atención a mi salud mental, misma que lamentablemente aún intento controlar con terapias, y no perder la calma. Claro, en la misma tesitura está mi gran meta de fortalecer mi FE.

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