Ciudad de México, abril 18, 2024 13:45
Mariana Leñero Opinión Revista Digital Febrero 2024

La indicada

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

Entre las voces de Mecano y Madona, ‘La indicada’ llegó. Tarde, pero llegó.  Una chica chaparrita y muy bonita. Con faldita corta rosa y peinadito al estilo Flans.

POR MARIANA LEÑERO

Tengo un amigo que se llama Víctor. Nos conocimos cuando teníamos 13 años. Su hermano Miguel salía con una amiga mía y había que hacerla de chaperones.  La asignación resultó fácil porque desde el inicio, Víctor y yo fluimos sin tropiezos.

La primera vez que lo vi, me pareció guapo. Sin embargo, mis hormonas dispuestas a lanzarse desquiciadas ante cualquier muchacho, no respondieron. Era extraño porque me gustaba: galán y con carisma.  –Un partidazo, como diría mi madre. 

Me gustaba su sencilla forma de ser, su sentido del humor y lo fácil que era platicar con él.  Salíamos juntos a todos lados. Íbamos al cine, al teatro, a patinar en hielo, a pasar la tarde en Chandoni, a caminar por el Desierto de los Leones. Organizamos fiestas en el garaje de mi casa y practicamos manejo en el estacionamiento del Superama.

Si bien nuestro círculo de amistades era distinto, ambos podíamos platicar de cualquier chisme que nos hubiera pasado aunque fuera por separado.

Existe la creencia de que las amistades entre hombre y mujer son enamoramientos silenciosos, ya sea que a ti te toca hacerte güey y decir que es tu amigo o lo contrario. Pero nuestra amistad no resultó así. Aun cuando lo intentamos.

-Pues vamos a ser novios. Me dijo un día.

Y nos dimos nuestro primer beso; un beso de pajarito recién salido del huevo. No pasó nada. Nada de nada. Ningún revoloteo de maripositas estomacales, como si estuvieran dormidas o no se supieran la clave del Wifi. Nuestro primer beso resultó desabrido, no solo por inexpertos sino porque no estaba en el destino que nos gustásemos. Al final pienso que fue perfecto, porque afianzó sin complicaciones una increíble amistad.  Estábamos hechos para ser amigos, amigos de los buenos aun en la distancia y los haceres del pasar del tiempo.

La amistad con Víctor me recuerda varias etapas de mi vida. El paso de mi niñez a la juventud y los momentos complejos de esa etapa.

Lo recuerdo bien vestidito, pulcro y a la moda. Pantalón de vestir, camisa fresa y mocasín. Nada que ver conmigo.

Durante nuestra juventud conocí a muchas de sus novias o sus “solo amigas”. Las de pasada y alguna que otra que se quedaba por un ratito más; las critiqué, las defendí y me las aguanté. En varias ocasiones escuché sobre sus desamores, que él compartía también con mi madre y mis hermanas, que rápidamente lo adoptaron como el nuevo hermano que no teníamos

Mi papá nos miraba con hueva, el no quería escuchar chismes o tristezas. Mi papá quería hablar de beisbol o de otras pendejadas, pero a Víctor lamentablemente no le interesaba. Al hacernos mayores, sin embargo, pudo compartir de alguna manera el amor por el teatro, un amor que quien lo conoce sabe que es especial y difícil de igualar.

Para algunas de sus novias yo resultaba incómoda. Más que una amenaza, me convertía en estorbo. En las citas de tres, la mesa de conversación se quedaba coja y siempre tambaleándose. Saltando entre diálogo y diálogo, Víctor y yo ensartábamos chistes o anécdotas, personales. Al principio resultaba divertido; pero después, incómodo y aburrido.

Un día Víctor me llamo diciendo que había conocido a “La indicada”.  Esta vez me pareció real. A la palabra “indicada” le acompañaban bailando, por delante y por detrás, dos signos grandes de admiración.  

-Me encanta, pero no la veo muy segura, me dijo alarmado.

-Invítala a tu fiesta. Ahí ves que tanto se gustan.

-Lo haré, pero no quiero que te le acerques. Ya ves que luego no te va bien con mis invitadas.  

-Te prometo que no me meto, le dije en tono de rima.

El día de la fiesta, Víctor me abrió la puerta de su apartamento, con pelo relamido y saquito ochentero.

-No mames Víctor: te ves nefasto –le dije inmediatamente olvidando felicitarlo.

-Que tú me lo digas es para mí un halago.  Y me dejó pasar.

Cuando entré me topé con un escenario tan desabrido como nuestro primer beso. Sillas alrededor de la sala y una mesita con unas botanas pinchurrientas.

-¿Que no te ayudó tu mamá a planearla ? –le pregunté con preocupación.

– No, a nuestra edad uno no pide ayuda a sus padres—me dijo indignado.

– Pus de fiesta le falta todo –le dije sin descaro.

-No es fiesta, es reunión –se apresuró a corregir.

Comenzaron a llegar las visitas. Amiguitos del colegio Cedros que, como él, compartían el gusto de relamerse el pelo y vestirse como de boda.

Entre las voces de Mecano y Madona, “La indicada” llegó. Tarde, pero llegó.  Una chica chaparrita y muy bonita. Con faldita corta rosa, y peinadito al estilo Flans.  Tenía una actitud alegre y dulce, era “La indicada”.

Me saludó y respondí nerviosa, mientras Víctor se acercaba para disuadir cualquier encuentro. Se quedaron platicando y se les veía muy a gusto.

Yo intenté alejarme. Encontré dos banquitos de la cocina y con mis pies colgando me dispuse sólo a observar y cumplir con la promesa de no acercarme mucho.

La reunión pintaba más que aburrida.  Así que Miguel decidió organizar un juego.

– Hagamos equipos. Los que están allá se van con Mariana y los que están acá se quedan conmigo.

En menos de lo pensado, “La indicada” eligió formar parte de mi equipo, mientras a Víctor se le enrojecían las orejas.  

Dispuesta a quedar bien, le ofrecí sentarse en el banco que estaba a mi lado. Y así se derrumbó todo.  Lo único que alcancé a ver fue la faldita rosita volando en los aires y a “La indicada” aterrizando en el suelo sin ninguna gracia.  Mi corazón paró mientras las miradas se dirigían a nosotros acompañadas de discretas risitas.

Comprobé que mi habilidad para arruinar la fiesta no tenía limites, pero tampoco lo tenía nuestra amistad porque Víctor me perdonó. No recuerdo si lo hizo rápido o no, pero lo que ahora sé es que esta anécdota forma parte de muchas otras que nos harán sonreír.  Como aquellos primeros días en los que no sabíamos que seríamos “Los indicados” para formar una verdadera y larga amistad.

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