La primavera universitaria
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Foto: Martín Beltrán
“De camino a la Facultad, disfruté el tapizado suelo de jacarandas y entendí que eso era la primavera, un tiempo que en la Ciudad de México es tan marcado como inescapable”.
POR IVONNE MELGAR
“Nos vemos en las jardineras”, decíamos en los años del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH), sin reparar en la belleza que aquella magnífica educación pública nos dispensaba.
En medio de los pedregales que dan nombre a esa zona residencial del entonces Distrito Federal, hoy CDMX, estaba nuestro amado Plantel Sur, aledaño territorio de la UNAM de la que ya éramos parte.
Era un rincón con árboles de jacarandas y enredaderas de bugambilia que, en primavera, florecían con el desenfado que desencadenan los espacios sin límite, esa arquitectura tan frondosamente universitaria.
Porque si el CCH Sur era un jardín botánico con aulas y profesores inspiradores y comprometidos en compartir sus saberes y pasiones, acaso más éstas que aquellos, la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales resultó ser el paraíso, una extensión de las llamadas islas de Ciudad Universitaria y en el camino hacia esa postal majestuosa que son los murales de la Biblioteca Central y la Rectoría.
Ese paisaje que anduvimos mi amadísimo químico Martín Beltrán y yo cuando, por las tardes, estudiábamos en la hermosa sala de tareas de su facultad, fue una de las varias razones por las que una mañana de marzo me decidí contarle a mi madre que mejor ya no haría el examen de admisión a la UAM.
Y es que, desde nuestra llegada de El Salvador a México, amigos de mis padres me recomendaban la emblemática Unidad Xochimilco para cursar los estudios de licenciatura, después de que les respondía la pregunta “¿y qué piensas estudiar?”.
Les decía inmediatamente que yo quería ser periodista de un diario, escribir todos los días y, preferentemente, agregaba, en la sección cultural, y entrevistas y crónicas.
Lo mejor, comentaban ellos, hombres y mujeres que participaban en los colectivos de solidaridad con las movilizaciones sociales y guerrilleras salvadoreñas, es que te formes en la comunicación alternativa, la radio comunitaria, las publicaciones de la lucha obrera independiente, que seas ajena a los medios burgueses. Tales eran sus palabras.
De manera que entre los 13 y 17 años aspiré seguir los consejeros de aquellas personas que tenían mi admiración y eran parte del ideario de mis padres, Luis Melgar y Candelaria Navas, a quienes por supuesto quería honrar y seguir en sus propósitos revolucionarios.
Concretar ese plan significaba someterme al examen de la UAM medio año después de concluido el bachillerato en el CCH y no hacer uso del pase automático a Ciencias Políticas y Sociales que, sin embargo, había llenado con las opciones de licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo -esa era la denominación- y Psicología.
Un viernes del verano de 1982 llegó a nuestro departamento de Avenida Hidalgo, en Coyoacán, el sobre en el que se me notificaba que tenía ya un espacio en la Facultad que había señalado como opción uno. Salté de alegría. Pero continúe con la expectativa de la época: romper con el orden establecido.
Para mi fortuna, aquellos días de confort y consumo literario cotidiano, entre Crónica de una muerte anunciada, La broma, El libro de los amores ridículos y El nombre de la rosa, fueron interrumpidos por el consejo de mi madre, siempre pragmática y estratégica, de que mientras llegaba el examen de la UAM, fuera a darme una vueltecita por Ciudad Universitaria, asomarme al grupo, conocer a los profesores, echarles ojo a las materias.
Ingresamos a finales de octubre o noviembre de 1982 y, aunque acaso el primer día asistí con la indolencia de yo en 1983 me voy a la UAM, para el siguiente llegué con las tareas hechas y corrí a la biblioteca a consultar la bibliografía.
Los maestros me deslumbraron con sus propuestas de trabajo semestral y lecturas, mis compañeras de banca me encantaron y el ambiente rodeado de árboles de aquel Anexo, como se le llamaba a ese espacio de Ciencias Políticas, me convirtieron pronto en una feliz habitante de CU.
¿Acaso vas a dejar esto?, me pregunté a inicio del siguiente año, de regreso de una Navidad que se me consumó en plácidas lecturas de la fascinante materia Formación Social Mexicana, impartida por Carmen Vázquez Mantecón, una antología de documentos relacionados con la Nueva España y la Colonia.
Era un deleite escuchar a Edmundo González Llaca, quien escribía los jueves en Excélsior, hablar de los griegos y conducirnos al pensamiento político de la Antigua Roma y contarnos cómo era el Congreso mexicano.
¿Te gusta entonces mucho tu facultad?, me preguntó sin reproche alguno mi amadísima y bella Madre, asumiendo así que ahí quería quedarme y que daríamos por cancelado el plan original de ser una comunicadora de vanguardia.
Le respondí que, además, de que era muy feliz quedándome a estudiar por las tardes, y disfrutar de la biblioteca de la Facultad y de la Central, lo que realmente quería era trabajar algún día en un periódico importante, de los que se venden en los kioscos. Y no importa que sea burgués, pensé, pero no se lo dije.
Tomada la decisión, a la mañana siguiente, de camino a la Facultad, disfruté el tapizado suelo de jacarandas y entendí que eso era la primavera, un tiempo que en la Ciudad de México es tan marcado como inescapable, con niños disfrazados de tigres, abejas, osos, conejos, gatos, leones y flores.
Y fue ahí donde viví la mía, nuestros días de pasión amorosa, de política universitaria, de una ciudanía plena que nos colocaba en el preámbulo de las alternancias que ahora suenan a ilusas fantasías.
Fue la primavera de mis definiciones, la que año con año celebro cuando las jacarandas se asoman desde la ventana de mi noveno piso.