México, ¿país de viejos… y pobres?
La transición demográfica revela un rostro envejecido y un desplome en la tasa de natalidad.
Con 134.4 millones de habitantes para 2026, el país enfrenta el reto de una infancia en retirada y una vejez mayoritaria.
STAFF/LIBRE EN EL SUR
México se asoma al espejo del 2026 y la imagen que le devuelve el cristal no es la de la nación vibrante y joven que los discursos oficiales suelen ensalzar. Según las proyecciones más recientes del Consejo Nacional de Población (Conapo), el país alcanzará a mediados de ese año los 134.4 millones de habitantes.
La cifra, por sí sola, refleja un crecimiento sostenido: somos 8.4 millones más que en 2020 y 35 millones más que cuando iniciamos el milenio. Sin embargo, el volumen total de la población es el dato menos relevante frente a la verdadera noticia: México está envejeciendo a una velocidad que nuestras instituciones parecen ignorar y en condiciones económicas que amenazan con convertir la longevidad en una crisis de subsistencia.
La metamorfosis demográfica es profunda. De esos 134.4 millones, la mayoría serán mujeres (68.6 millones), frente a 65.8 millones de hombres. Pero la verdadera grieta aparece al desglosar los grupos de edad. El bloque mayoritario hoy es el de los adultos de 30 a 59 años, quienes representan el 38.6 por ciento del total. Es la generación que mueve la economía, la que paga impuestos y la que sostiene, por ahora, el andamiaje del Estado. Pero es también la generación que se encamina, en bloque, hacia una jubilación marcada por la incertidumbre de un sistema de pensiones que luce insuficiente ante la magnitud del desafío.
El desplome de la infancia es el dato más alarmante para el futuro a largo plazo. En el año 2000, los niños de 0 a 11 años eran casi la tercera parte del país (28.4 por ciento). Para 2026, ese grupo apenas representará el 18.4 por ciento. Esta reducción de diez puntos porcentuales en un cuarto de siglo no es solo una estadística; es el síntoma de un cambio cultural y económico sin precedentes.
Las guarderías y escuelas primarias que antes lucían saturadas empezarán a ver sus aulas vacías, mientras que los parques, tradicionalmente llenos de niños, cederán espacio a una población que requiere otro tipo de infraestructura urbana.
En la otra punta de la pirámide, los adultos mayores de 60 años han pasado de ser el 7.4 por ciento a principios de siglo a representar el 13.3 por ciento proyectado para el próximo año. Este crecimiento pone en jaque un sistema de salud que ya se encuentra bajo presión. La pregunta que surge es inevitable: ¿estamos preparados para una sociedad donde los bastones superen en número a las mochilas escolares? La respuesta corta, al observar nuestras ciudades y la precariedad de los ahorros para el retiro, es un rotundo no.
Este cambio exige una reingeniería total de la infraestructura urbana. Nuestras ciudades fueron diseñadas para la productividad y el tránsito rápido, no para el cuidado o la movilidad lenta. El aumento en la esperanza de vida —79.24 años para las mujeres y 72.75 para los hombres— no tiene sentido si no va acompañado de “entornos amigables”. Se requiere una transformación en el diseño de banquetas, la iluminación de espacios públicos y la accesibilidad universal. Una ciudad que envejece necesita cruces peatonales con tiempos más largos y una red de parques que funcionen como centros de salud preventiva, y no solo como áreas de juegos infantiles.
El factor determinante de este envejecimiento es el desplome de la natalidad. La tasa global de fecundidad se ubicará en 2026 en apenas 1.84 hijos por mujer. En el año 2000, esa cifra era de 2.85. Hoy, México se encuentra por debajo del nivel de reemplazo generacional. Los motivos son variados: desde la precariedad económica que hace prohibitivo criar a un hijo, hasta el cambio en las prioridades de vida de los jóvenes de entre 12 y 29 años, quienes representan el 29.7 por ciento de la población y que hoy priorizan su estabilidad financiera en un entorno laboral cada vez más volátil.
A la par de la caída en los nacimientos, la tasa bruta de mortalidad ha subido de 4.77 decesos por cada mil habitantes en el 2000 a 6.34 en la actualidad. Morimos más tarde, pero el volumen de defunciones anuales superará las 851 mil personas.
Esto implica que el sistema de salud no solo debe atender padecimientos crónicos, sino prepararse para un incremento masivo en la demanda de cuidados paliativos y gerontológicos en un país donde envejecer con dignidad parece un privilegio de pocos.
Territorialmente, el Estado de México se mantiene como la entidad más poblada con 17.8 millones de habitantes, seguida por la Ciudad de México con 9.2 millones y Jalisco con 8.9 millones. En la capital, el fenómeno es aún más agudo: la gentrificación y la falta de vivienda adecuada para personas mayores están expulsando a los residentes históricos hacia periferias sin servicios.
Los resultados de la Encuesta Intercensal 2025 que el Inegi presentará en septiembre serán el último clavo en la cruz de las viejas proyecciones. México ya no es el país de las familias numerosas.
Somos, en suma, una nación que madura a pasos agigantados. La realidad nos obliga a dejar de planear para un pasado que ya no existe y a empezar a diseñar un país que pueda cuidar a sus viejos, evitando que la longevidad se convierta, inevitablemente, en una sentencia de miseria. ¿Lo haremos a tiempo?















