Ciudad de México, abril 18, 2024 14:56
Revista Digital Febrero 2024

Milagro en San Agustín

“Me puse frente al mar y, cual Jesucristo, caminé sobre olas mansas. Bajo una noche azul, de estrellas amarillas, ocurrió ese milagro”.

               

POR FERNANDO ORTEGA PIZARRO

Hace 39 años, Paco, Paquito, Neto y yo realizamos un viaje al sur de Oaxaca, en una camioneta con chofer que nos ayudó a conseguir Odilia, la esposa de Neto. Éramos reporteros de Proceso, excepto Paquito que lo fue después. 

Ernesto Reyes, Neto, recuerda:

“En los años ochenta, Oaxaca apenas iba a despuntar en la creación de centros culturales, gracias a instituciones que hoy son una realidad,

entre ellas las que impulsó el pintor Francisco Toledo. Aquella vez, en nuestro periplo con Francisco Ortiz Pinchetti, su hijo Francisco Ortiz Pardo y Fernando, pudimos conversar con el fallecido escritor, Macario Matus, cuando estaba al frente de la Casa de la Cultura de Juchitán de Zaragoza”.

La magia del viaje comenzó en la carretera misma. Gonzalo, el chofer, era una persona muy pintoresca. Francisco Ortiz Pardo, Paquito, recuerda que contaba historias macabras. “Una de ellas de un regordete y pelón que se aparecía caminando a la mitad de la carretera, sobre la línea, que porque había perdido su camión. Y sí, todos los viajeros lo vimos: ¡se nos apareció!”

Enfilamos a Huatulco. Este lugar de la costa oaxaqueña era prácticamente virgen, no tenía el gran desarrollo turístico de nuestros tiempos. Allí, la primera noche la pasamos en la playa de arena dorada de San Agustín y en la camioneta donde viajábamos. Después alcanzamos un acuerdo con una habitante de San Agustín para quedarnos en su casa (una especie de Airbnb primitivo) y consumir los alimentos que vendía.

San Agustín era un paraíso. Una noche bebimos mezcal auténtico, puro, en la playa, excepto Paquito porque era menor de edad –tenía 15 años–, aunque hay versiones de que tomó un poco. Más que beber, fuimos partícipes involuntarios de una ceremonia sagrada al ingerir el mezcal. A tal grado que sin pensar hice de una sábana mi túnica y de una rama de guirnaldas mi corona de espinas. Me puse frente al mar y, cual Jesucristo, caminé sobre sus olas mansas, de acuerdo con el testimonio fidedigno de Paquito, pues era el más sobrio. Bajo una noche azul, de estrellas amarillas, ocurrió ese milagro.

En estos días, casi 40 años después, me fui de vacaciones con mi hija Maria Fernanda a Huatulco e hicimos una parada en la playa de San Agustín, ni más ni menos. Allí ocurrió otra vez el milagro: caminé sobre el mar, con mi túnica y mi corona de espinas, hecha de guirnaldas, pero sin beber mezcal, completamente sobrio.

Posteriormente, mar adentro, aplaqué la furia del océano, con el fin de traer paz a este mundo. Para quien la quiera tener, porque todo en este planeta es libre albedrío.

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