Ciudad de México, octubre 25, 2020 11:14
Julio 2020

Vecinos en Cuarentena / Jirones de algarabía

Desde hace casi tres meses dejé de ir a la redacción de la revista Proceso, donde trabajo, pues dos compañeros de oficina dieron positivo y, ni modo, había que tomar precauciones. Desde entonces escribo en casa. Hago por teléfono las entrevistas para salir lo menos posible. Registro un mundo de tragedia.

POR RODRIGO VERA

Los sonidos festivos de la trompeta y el tambor vuelan por el aire caluroso y se cuelan a la casa, donde estoy recluido por la pandemia del coronavirus, atento a las noticias que hablan sobre el creciente número de contagios. Otras veces son las melodías de una marimba las que brotan alegres y vuelven a colarse por todos los rincones.

Bajo apresurado las escaleras, abro la puerta de la calle para verlos pasar, no me puedo quedar sin ver a los músicos que recorren casi a diario la calle donde vivo: inflan la cara al tocar sus instrumentos de viento, con un paliacate se limpian el sudor de la frente, sostienen el tambor con una cuerda que les cruza el pecho, hacen revolotear en el aire las canciones de las fiestas de sus pueblos, como una desbandada de palomas.

… Y el regocijo me hace olvidar por un momento el confinamiento que vivo a medias, y digo a medias porque mi trabajo de reportero me obliga a salir de casa en algunas ocasiones, precisamente a cubrir acontecimientos relacionados con el Covid-19, como las protestas de médicos y enfermeras afuera de los hospitales, exigiendo equipos de protección personal para evitar el contagio. Hice también un recorrido por el valle de Chalco para escribir sobre un programa de acopio de víveres destinado a la población que, en esa zona como en muchas otras, empezó a padecer hambre al quedarse sin empleo y sin ingresos. Igual escribí sobre los novedosos equipos de sacerdotes, llamados “capellanes Covid”, que van a los hospitales a llevarles los santos óleos a los contagiados que están a punto de morir.

Desde hace casi tres meses dejé de ir a la redacción de la revista Proceso, donde trabajo, pues dos compañeros de oficina dieron positivo y, ni modo, había que tomar precauciones. Desde entonces escribo en casa. Hago por teléfono las entrevistas para salir lo menos posible. Registro un mundo de tragedia.

Por eso es un respiro de aire fresco escuchar a los músicos ambulantes. Al oír sus melodías, es muy fácil transportarse a un día de fiesta popular con anchas cazuelas de barro y cobre donde borbotea la comida, a kioscos adornados con festones, a noches iluminadas por cohetones que estallan en el aire esparciendo su olor a pólvora.

Los músicos recorren las calles por necesidad. Pero ellos se alegran y nos alegran también a nosotros. Nos traen jirones de una algarabía por el momento perdido. Se quitan el sombrero y extienden la mano.

–Lo que sea su voluntad— nos dicen.

Y uno, agradecido, les deposita unas monedas en la copa del sombrero.


Vecino de la colonia Del Valle Centro. Periodista. Reportero del semanario Proceso, ubicado también en la colonia Del Valle de la alcaldía Benito Juárez.

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