Ciudad de México, enero 13, 2026 01:03
Cultura Medio ambiente

Talan el mítico pino donde Juan Ramón Jiménez enterró a Platero

Fuentepiña, el paisaje íntimo donde la literatura echó raíces

La caída de un árbol centenario borra un hito físico de la memoria literaria española

STAFF / LIBRE EN EL SUR

El pino ya no está. Durante décadas fue una sombra persistente en Fuentepiña, una presencia silenciosa en el paisaje de Moguer que no solo daba cobijo, sino sentido. Bajo ese árbol, Juan Ramón Jiménez decidió enterrar a Platero, su burro y alter ego literario, el animal que terminó por convertirse en uno de los símbolos más delicados de la literatura española del siglo XX. Su tala no es un hecho menor ni un simple trámite administrativo: es la desaparición física de un punto de anclaje entre naturaleza, literatura y memoria.

El árbol, de cerca de dos siglos de vida, formaba parte del entorno íntimo del poeta. No era un elemento aislado, sino una pieza más de ese territorio rural al que Juan Ramón se retiró en los años más frágiles de su vida, y desde el cual escribió algunas de las páginas más luminosas de Platero y yo. El pino marcaba un sitio concreto, casi secreto, donde la ficción y la vida se tocaban.

La decisión de talarlo no fue inmediata ni caprichosa. En marzo de 2025, un episodio meteorológico extremo —un tornado asociado a la borrasca Jana— golpeó de lleno el paraje de Fuentepiña. El pino quedó gravemente dañado: raíces debilitadas, estructura comprometida, riesgo de colapso. Durante meses, técnicos y especialistas intentaron prolongar su vida con tratamientos de conservación y saneamiento, pero el deterioro avanzó de forma irreversible.

Los informes fueron claros: mantenerlo en pie implicaba un peligro tanto para quienes visitan el lugar como para el propio entorno natural. Finalmente, el Ayuntamiento de Moguer autorizó la tala bajo criterios de seguridad, consciente del peso simbólico del árbol y de la sensibilidad que rodea cualquier intervención en un espacio vinculado a Juan Ramón Jiménez.

Fuentepiña no es un paraje cualquiera. Es un paisaje literario, pero también un ecosistema concreto del entorno onubense. Se trata de una zona de transición entre pinares, huertas y caminos rurales, donde predominan el pino piñonero, el eucalipto, el lentisco, la jara y diversas especies de matorral mediterráneo. El suelo arenoso, característico de esta parte del litoral interior de Huelva, fue durante décadas terreno de cultivo y de retiro, un espacio donde la vida campesina convivía con la contemplación.

En este enclave se encuentra la finca Santa Cruz de Vista Alegre, refugio del poeta tras la muerte de su padre. Allí Juan Ramón vivió un repliegue interior marcado por el duelo, la introspección y el diálogo constante con la naturaleza. Fuentepiña fue para él más que un lugar físico: fue una forma de estar en el mundo. Senderos, claros entre pinos, sombras largas al atardecer y el rumor del viento componían un paisaje que terminó filtrándose en su escritura.

En ese mismo suelo, entre árboles y caminos, Juan Ramón quiso que descansaran los restos de Platero. No en un cementerio, sino en la tierra que ambos habitaron. El gesto fue coherente con su poética: la literatura no como monumento, sino como raíz. Enterrar a Platero bajo un pino era devolverlo al paisaje que lo había hecho posible.

Durante años, lectores, estudiosos y visitantes acudieron al pino no solo para verlo, sino para entenderlo. Era un árbol, sí, pero también una señal. La prueba de que la literatura puede echar raíces en un territorio concreto y transformarlo en memoria compartida. En torno a él se tejieron recorridos, visitas escolares, lecturas al aire libre y una relación íntima entre el texto y el lugar.

Tras la tala, las autoridades locales han anunciado que parte de la madera será conservada y reutilizada con fines expositivos en espacios dedicados al legado juanramoniano. También se prevé la plantación de un nuevo pino, descendiente del original, en el mismo enclave. No como sustituto —porque nada reemplaza a un árbol centenario—, sino como gesto de continuidad y respeto al ciclo natural.

El pino ya no está, pero el lugar permanece. Fuentepiña sigue ahí, con su vegetación, sus senderos y su carga simbólica intacta. Y con él queda una pregunta inevitable: cómo proteger un patrimonio que no siempre cabe en vitrinas ni en placas conmemorativas, el que vive en los árboles, en los caminos y en la decisión íntima de un poeta de enterrar a su burro bajo una sombra concreta.

Fuentes: Canal Sur; Ayuntamiento de Moguer; COPE Huelva; archivos y estudios sobre Fuentepiña y Juan Ramón Jiménez.

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