Ciudad de México, enero 13, 2026 12:26
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / Limpieza social

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

“No resolver la desigualdad, sino administrarla visualmente. Embellecer lo que se verá durante el Mundial y empujar lo incómodo unos metros más allá”.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Los ambulantes no desaparecieron: fueron empujados. Durante meses, los comerciantes que ocupaban Calzada de Tlalpan fueron orillados hacia las calles interiores de Portales, cerca del mercado, donde hoy conviven —medio camuflados— la venta de brassieres, artículos de fayuca y mercancía genérica, cobijados por mantas de la alcaldía Benito Juárez que simulan orden y regulación. No es reordenamiento: es desplazamiento. No es política pública: es maquillaje urbano.

Los pasajes que cruzan por debajo de Tlalpan llevan años siendo inhóspitos. Huelen mal, están mal iluminados, generan miedo. Nadie los “rescató” cuando no había cámaras encima. Pero el Mundial hace milagros. De pronto, lo que durante décadas fue tolerado se vuelve intolerable, y lo que fue abandono se convierte en prioridad. Ahora toca expulsar.

La narrativa oficial habla de movilidad de primer mundo. La realidad es más prosaica: una ciclovía reluciente, jardineras que mágicamente ya lucen plantotas maduras, vialidades con pavimento renovado que aparecieron en cuestión de semanas desde avenida Churubusco hasta 20 de Noviembre, a unos metros del Zócalo. A ras de banqueta brotaron luminarias nuevas; las aceras, ahora con adocreto semejante al de Insurgentes Sur, prometen postal europea. Todo impecable. Todo fotogénico.

Según cifras oficiales del gobierno capitalino, el programa de repavimentación y modernización de vialidades rumbo al Mundial de 2026 contempla una inversión de 2 600 millones de pesos. La cifra impresiona, pero no es neutra. Produce efectos. Revaloriza corredores específicos, eleva rentas y gentrifica. La modernización no se distribuye: se concentra.

Las protestas de las trabajadoras sexuales sobre Tlalpan —que han llegado a bloqueos— no son un capricho ni un estorbo vial. Tienen un sustento claro: la ciclovía y el remozamiento les quitaron clientela, espacio y seguridad, sin consulta ni alternativas reales. En nombre del progreso, se les empuja fuera del encuadre. La izquierda que así se autonombra habla de derechos, pero ejecuta políticas que administran la exclusión.

El contraste no es exclusivo de Tlalpan. El Eje Central también ha sido rehabilitado, pero la modernidad tiene límites precisos. Basta pasar Garibaldi rumbo a la Guerrero y Tlatelolco para que la ciudad vuelva a oscurecerse. Literalmente. La luz nueva se queda atrás, como si obedeciera una frontera invisible que separa lo que merece ser visto de lo que puede seguir en penumbra.

Frente a los multifamiliares, Portal Tlatelolco queda rodeado por una oscuridad persistente. Ahí no hubo jardineras milagrosas ni luminarias a ras de banqueta. El abandono no estorba la postal. A unos pasos, el Teatro Blanquita exhibe su desgaste: la decadencia de los tiempos mozos y de los remozamientos prometidos que nunca llegaron. Fue símbolo de una ciudad popular, nocturna y viva; hoy sobrevive sin que ningún programa de rescate lo vuelva prioridad.

Pero la expulsión no siempre se anuncia con obra pública. A unas cuantas cuadras, en calles como Isabel la Católica o hacia el sur, los nietos de quienes llegaron originalmente a habitar estas zonas comienzan a irse. No por falta de arraigo, sino por rentas que se vuelven impagables. No hay desalojos espectaculares: hay contratos que no se renuevan, aumentos súbitos, departamentos que cambian de manos y de idioma.

Con la llegada de Clara Brugada al gobierno capitalino, el ambulantaje se desbordó desde avenida Juárez hacia todo el primer cuadro del Centro Histórico. Nadie puso freno. Hoy la policía pasa frente a los toreros instalados detrás de Palacio Nacional sin intervenir. Los vendedores, más ingeniosos que la incapacidad gubernamental para poner orden, montan y desmontan con la certeza de que el vacío de autoridad también es una forma de política.

La contradicción es evidente: mientras en unos corredores se aplica una limpieza quirúrgica —con jardineras, luminarias y adocreto—, en otros reina la permisividad absoluta. No hay reglas claras, solo territorios de excepción. La ciudad no se gobierna: se negocia por tramos, por coyunturas, por conveniencia.

Eso es la limpieza social: no resolver la desigualdad, sino administrarla visualmente. Embellecer lo que se verá durante el Mundial y empujar lo incómodo unos metros más allá. Una ciudad que se presume moderna, progresista y de izquierda, pero que sigue expulsando a quienes no caben en la foto.

La pregunta no es si la ciudad se verá bonita en 2026. La pregunta es quiénes seguirán aquí cuando pase la fiesta.

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