Ciudad de México, marzo 16, 2026 06:02
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Se cumplen 20 años del vuelo del toro ‘Pajarito’, en la Plaza México

La tarde en que la barrera dejó de ser frontera y el coso monumental —hoy cerrado a la fiesta brava— quedó marcado por un salto que partió en dos la memoria taurina.

STAFF / LIBRE EN EL SUR

La Plaza México está hoy cerrada a las corridas. Una legislación prohíbe matar al toro —ni dentro ni fuera del ruedo— y el coso monumental, ese anfiteatro de concreto en Ciudad de los Deportes, ha cambiado el sonido del clarín por el de los amplificadores. Donde antes se hablaba de bravura y temple, ahora se corean canciones bajo luces estroboscópicas.

Pero el 29 de enero de 2006 la conversación era otra.

No estaba llena la plaza. La entrada era mediana, con claros visibles en los tendidos de numerado. Era una tarde tibia de Temporada Grande, de esas que avanzan sin sobresaltos mayores. En el cartel: Pablo Hermoso de Mendoza, dueño del ritual a caballo; Manolo Arruza, heredero de dinastía; y el joven Xavier Ocampo, todavía afirmando su sitio. Los toros eran de la ganadería de Cuatro Caminos.

Y salió “Pajarito”.

503 kilos. Nombre ligero para un animal que no se comportaría como diminutivo.

Desde sus primeros recorridos mostró movilidad nerviosa. No era un toro aplomado. Se desplazaba con una energía inquieta, amplia. De pronto tomó carrera hacia tablas del lado de barrera de sombra, zona numerada. Lo que ocurrió después no fue un topetazo accidental ni un resbalón.

Fue impulso puro.

Apoyó las manos delanteras en la madera, cargó el peso del cuerpo y, con la potencia de los cuartos traseros, superó la barrera. El cuerpo entero quedó suspendido un segundo imposible. No cayó en el callejón. No quedó a medias.

Cayó en el tendido bajo.

Nunca un toro había llegado hasta ahí.

El primer segundo fue de incredulidad. El siguiente, de gritos. La frontera simbólica entre el ruedo y el espectador se había roto. Asientos volcados, gente buscando el callejón, sombreros rodando por el concreto. El polvo quedó suspendido como una nube pequeña sobre el desconcierto.

Hubo heridos: contusiones, golpes, al menos una cornada. Nada fatal, pero suficiente para convertir la tarde en noticia y para dejar en la memoria colectiva una imagen que todavía incomoda. El caos no duró mucho en términos de reloj, pero fue largo en la sensación.

“Pajarito” fue reducido fuera del guion habitual. Y fue Pablo Hermoso de Mendoza quien terminó al toro. No fue una estocada de lucimiento ni de aplauso. Fue una estocada de urgencia, de contención, para restablecer el orden en un espacio que acababa de perder su certeza.

Aquella tarde no se recuerda por una faena redonda. No se recuerdan muletazos. Se recuerda un salto.

Veinte años después, la Plaza México ya no alberga corridas. La discusión pública la colocó en otro sitio. Para algunos, un avance; para otros, la cancelación de una tradición. Lo cierto es que el coso que vio volar a “Pajarito” permanece en la memoria con ese segundo suspendido en el aire.

Un instante en que la fiesta mostró su costado imprevisible.
Un día en que la barrera dejó de ser frontera.

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