Ciudad de México, marzo 3, 2026 17:33
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / La guerra empieza en la sala

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

La guerra empieza en el roce que no sabemos sostener y en la fragilidad que no aprendimos a nombrar.

POR FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI

La guerra empieza en la sala

Hace muy poco vi pelearse a dos mujeres en un vagón del metro. Yo estaba en el andén que iba en sentido contrario, separado por las vías, mirando el interior del tren a través de las ventanas. La escena se desplegaba ante mí como detrás de una vitrina: visible, cercana y al mismo tiempo inaccesible. La violencia ocurría a unos metros, pero parecía encapsulada, casi exhibida.

Fue brutal. Se jalaron del cabello con una fuerza casi primitiva, torciéndose el cuello, arrastrándose, como si el empujón que detonó la escena hubiera sido apenas el pretexto para liberar algo acumulado desde mucho antes.

Lo más inquietante no fue el golpe. Fue la parálisis. Las demás personas quedaron inmóviles. Nadie intervenía. Yo, desde ese andén en sentido contrario, sólo podía gritar: “¡Sepárenlas!”. Tardó mucho en llegar un policía. Mucho. Y mientras tanto, el vagón era un pequeño territorio en guerra, visible, cotidiano, casi normal.

No era un asalto. No era un plan. Era violencia cotidiana. De esa que empieza con un roce involuntario, una palabra mal dicha, una mirada interpretada como desafío. El transporte público es una máquina de fricciones: la falta de atención de unos, la falta de tolerancia de otros. Un segundo basta para que el cuerpo ajeno deje de ser prójimo y se convierta en amenaza.

La violencia no empieza en el puño; empieza en la interpretación.

Wilfrido, un extraordinario maestro de yoga, nos ha puesto a trabajar posturas de equilibrio con respiración consciente como una forma de entrenar algo que va más allá del cuerpo: la tolerancia cotidiana. Insiste en que si aprendemos a sostenernos en una pierna, a estabilizar el eje mientras el cuerpo oscila, también aprendemos a no interpretar como agresión cada roce accidental cuando estamos atrapados en los tumultos del metro. Que no todo contacto es ataque. Que no todo empujón es guerra.

Puede parecer una metáfora amable, pero la investigación en regulación emocional respalda esa intuición: prácticas de respiración y atención consciente disminuyen la reactividad automática ante estímulos ambiguos. Ese segundo de pausa puede ser la diferencia entre el accidente y la agresión.

La psicología lleva décadas explicando que el modo en que respondemos al conflicto se aprende. Albert Bandura lo demostró con su experimento del muñeco Bobo: niños que observaban a adultos comportarse agresivamente tendían a reproducir esa conducta. La violencia no necesita ser sufrida directamente para instalarse; basta con verla legitimada.

Y esa legitimidad se construye primero en casa.

Investigaciones sobre conflicto interparental han mostrado que la exposición repetida a discusiones intensas entre los padres —aun sin violencia física directa hacia el hijo— se asocia con inseguridad emocional persistente y mayores dificultades para regular la ira en etapas posteriores. No es el desacuerdo lo que daña; es la forma en que se gestiona.

Y tampoco se trata de ocultarlo. Se ha puesto de moda la idea de “proteger” a los niños haciendo todo en voz baja, sin explicar nada. Pero el clima se respira. Cuando el conflicto se esconde pero no se elabora, lo que se transmite no es paz, sino incertidumbre. Lo que protege no es el silencio; es la reparación.

Yo nunca metí las manos. Y eso me ganó, en algunos círculos, el estigma: “maricón”. Porque en esa lógica cultural la hombría se medía por la capacidad de golpear. No responder con violencia era visto como debilidad. La masculinidad se confundía con agresividad, y la contención con cobardía.

Pero eso no significa que yo no me enoje. Me enojo. Levanto la voz y a veces grito. No soy un santo ni un asceta. La diferencia es otra: intento hacer consciente ese enojo. Intento no negarlo ni convertirlo en máscara de superioridad moral. Lo reconozco, lo atravieso, y luego vuelvo al conflicto para tratar de entenderlo y, si es posible, resolverlo. Volver. Esa palabra es clave. No huir. No golpear. Volver.

“Frufrú”, me decía un niño estúpido en la secundaria, cuyos padres habían sido exiliados chilenos tras el golpe militar de Pinochet. Víctimas de la violencia de la persecución política, pues. Y, sin embargo, la burla salía de su boca con la misma naturalidad con la que otros sacan el puño. Como si la historia grande —la del exilio, la del desarraigo, la del miedo impuesto por el poder— no hubiera alcanzado para transformar la forma íntima de relacionarse con la fragilidad ajena.

La cultura patriarcal que hoy se critica también ha sido una cárcel emocional para los hombres. Durante generaciones se les enseñó que no debían llorar, que la vulnerabilidad era vergüenza. Cuando la fragilidad no tiene espacio legítimo, se convierte en presión interna. Y la presión interna, tarde o temprano, busca salida.

Ese es el círculo vicioso. Si no se puede hablar de fragilidad porque parece debilidad, y tampoco se puede decir con honestidad “me dolió” sin que eso se interprete como agresión, el resultado es autocensura. La emoción no desaparece: se transforma. A veces en sarcasmo. A veces en humillación. A veces en violencia abierta.

La guerra íntima empieza ahí: cuando no podemos nombrar la herida sin sentir que perdemos dignidad.

El movimiento estudiantil de 1968 tuvo como detonante visible una riña entre estudiantes y una intervención policial desproporcionada. Una pelea que parecía menor. Después vino la escalada. La chispa no parecía histórica. Lo fue.

Normal el empujón, el jaloneo. Normal el niño que aprende que defenderse es golpear. La burla que sustituye al diálogo. Normal el silencio que sustituye a la reparación.

La guerra no empieza con un misil. Empieza cuando el desacuerdo deja de buscar encuentro y se convierte en aniquilación. Empieza cuando el equilibrio se pierde y nadie sabe sostenerlo.

Tal vez el trabajo que Wilfrido propone en una esterilla no sea trivial. Aprender a sostener el cuerpo cuando tiembla. Aprender a respirar cuando nos empujan. Aprender a no convertir cada roce en amenaza.

La paz no es ausencia de conflicto. Es la capacidad de atravesarlo sin violencia.

Mientras no aprendamos eso en la sala de la casa, seguiremos practicando la guerra sin darnos cuenta.

Y después fingiremos sorpresa cuando el mundo estalle.

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