Ciudad de México, marzo 18, 2026 00:13
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / El carrito invisible

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

“El barrio deja de ser un lugar donde se vive. Se vuelve un lugar por donde se pasa. Y este es un aspecto del que pocas veces se habla cuando se habla de la gentrificación”.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Hay un momento, muy breve, casi imperceptible, en el que uno recibe un paquete en la puerta de su casa, firma —o ya ni eso— y se queda unos segundos con la caja en las manos. No hay nadie. No hay conversación. No hay siquiera la sensación de haber salido a buscar algo.

Solo la certeza de que lo que uno quería ya está ahí.

Durante años, comprar implicaba otra cosa. No mejor ni peor, simplemente otra. Salir, caminar unas cuadras, reconocer caras, cruzar palabras que no eran necesarias pero sí inevitables. El de la tienda sabía quién eras —o al menos fingía saberlo— y en ese gesto mínimo se sostenía algo que no estaba en el precio: una forma de convivencia.

Luego vinieron las primeras transformaciones, que en su momento parecían suficientes. Las tiendas de barrio empezaron a convivir —o a ceder— frente a la lógica perfectamente aceitada de Oxxo y 7-Eleven. Ya no importaba tanto quién compraba, sino qué compraba. El trato se volvió protocolo. La memoria, sistema.

Pero incluso eso tenía historia.

Mucho antes de que alguien pensara en comprar desde un teléfono, ya existía la tentación de hacerlo sin moverse. A finales del siglo XIX, Montgomery Ward y Sears enviaban catálogos a lugares donde no había nada más que distancia. Aquellos libros gruesos, llenos de objetos, no solo vendían productos: vendían la posibilidad de acceder a un mundo que no estaba ahí.

Uno elegía, llenaba un formulario, enviaba una carta. Y esperaba. La espera —ese tiempo muerto entre el deseo y su cumplimiento— formaba parte de la experiencia. Había margen para la duda, para el error, incluso para el arrepentimiento. Nada era inmediato.

El comercio electrónico —ese nombre que hoy suena técnico y limpio— no nació con internet. Venía de ahí. De ese deseo antiguo de acortar distancias.

Lo que hizo lo digital fue otra cosa: eliminar la distancia como experiencia.

Con Amazon, la compra dejó de ser un trayecto. Se volvió un reflejo. Ya no hay casi tiempo entre querer algo y tenerlo. El sistema no solo responde: aprende. Y después, sugiere. Y después, anticipa.

Uno deja de buscar. Empieza a aceptar.

El barrio, mientras tanto, cambió de una forma menos visible pero igual de profunda. Durante décadas, su economía estaba sostenida por las familias que lo habitaban. Hoy, en muchas zonas, lo que mantiene vivos a los comercios es otra cosa: el flujo. Los oficinistas que pasan, que compran rápido, que comen de pie, que no se quedan.

El barrio deja de ser un lugar donde se vive. Se vuelve un lugar por donde se pasa. Y este es un aspecto del que pocas veces se habla cuando se habla de la gentrificación. No es solo el aumento de precios, ni el desplazamiento físico de quienes ya no pueden pagar. Es también una transformación más silenciosa: la pérdida de arraigo, la sustitución de la vida por el tránsito.

Algo parecido ocurre con el cine. Antes había que salir, hacer fila, sentarse junto a desconocidos. Escuchar cómo alguien se reía antes que tú, o cómo el silencio se volvía común sin que nadie lo ordenara. Hoy basta con abrir Netflix. Es más cómodo, sí. Pero también más solitario.

Con la comida pasa algo más desigual. Pedir en Uber Eats o DiDi Food resuelve la noche, pero no necesariamente es más barato. Al contrario: el servicio suele ser más caro. Se paga el envío, la comisión, la conveniencia.

Lo que se compra no es solo la comida. Es no salir.

Y los restaurantes que permanecen abiertos al público, cada vez más, parecen no estar pensados para todos. Comer fuera empieza a dividirse: lo cotidiano se vuelve doméstico, lo presencial se encarece.

Y luego vino la pandemia, que terminó de acomodar las piezas. El supermercado —ese último espacio inevitable— dejó de serlo. La despensa empezó a llegar. Y lo que nació como necesidad se volvió costumbre. Ya no hay pasillos, ni carritos, ni esa pequeña indecisión frente a un estante.

Las ciudades crecieron como nunca. Pero la vida empezó a ocurrir puertas adentro. Y sin embargo, todo esto funciona. Funciona demasiado bien. Plataformas como Amazon o Mercado Libre no solo ofrecen comodidad: ofrecen eficiencia. Mejores precios, más opciones, menos tiempo perdido. Para muchos, no son un lujo. Son una solución concreta. Ahí está la trampa —si es que lo es—: el sistema no se impone a pesar de sus virtudes, sino gracias a ellas.

Y mientras eso ocurre, el dinero se concentra con la misma eficacia. No es casual que Jeff Bezos siga entre los hombres más ricos del mundo. No es una anécdota: es una consecuencia directa de esta forma de organizar el consumo.

En el otro extremo, más discreto, pasa algo distinto. Las pequeñas tiendas, las boutiques, los negocios que dependían del recorrido, de la mirada, del azar, empiezan a desaparecer o, peor, a dejar de ser necesarios.

No es un colapso. Es una sustitución silenciosa.

La inteligencia artificial viene a cerrar el círculo. Ya no se trata solo de comprar mejor, sino de decidir menos. Uno pregunta cómo resolver algo y la respuesta llega acompañada, inevitablemente, de lo que hay que comprar. El deseo ya no siempre nace en uno; a veces se le adelantan.

Nada de esto es, en sí mismo, condenable. Sería absurdo negar la comodidad de recibir todo en casa, de ahorrar tiempo, de evitar traslados inútiles. Hay algo casi milagroso en esa eficiencia.

Pero es un milagro que ocurre en soledad.

Y tal vez por eso —sin mucha claridad, sin grandes discursos— algo resiste. La gente que sigue yendo al cine, que se sienta a comer en un lugar aunque sea más caro, que compra en la esquina aun sabiendo que podría conseguirlo más barato en otro lado, no siempre lo hace por una razón clara. A veces es por nostalgia. A veces por intuición.

Pero en ese gesto —mínimo, casi invisible— todavía sobrevive algo que ningún algoritmo ha logrado reemplazar.

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