Murió José Palomo, el caricaturista que eligió lo humano por encima de la ideología
José Palomo. Foto: FIL Guadalajara
El creador, exiliado chileno en México, no necesitaba gritar para incomodar ni dividir para señalar


STAFF / LIBRE EN EL SUR
La muerte de José Palomo Fuentes deja un silencio particular en el paisaje del humor gráfico en México: no el del estruendo político que se apaga, sino el de una mirada que eligió, con constancia, lo humano por encima de la ideología.
Nació el 22 de noviembre de 1943 en Santiago de Chile. Desde joven se inclinó por el dibujo y las artes visuales, formación que desarrolló en la Universidad de Chile, donde también se acercó al teatro y la escenografía. Sus primeras publicaciones datan de la década de los sesenta.
El golpe militar de 1973 en Chile marcó un punto de quiebre en su vida. Como muchos creadores de su generación, el exilio se volvió inevitable. México lo recibió, y aquí no solo encontró refugio, sino el espacio donde su obra maduraría y adquiriría una identidad propia.
Durante décadas colaboró en medios impresos de México y del extranjero. Publicó en diarios como La Jornada, Excélsior y el argentino Clarín, además de mantener presencia constante en suplementos y secciones editoriales —como Expresiones y páginas dominicales— donde su trazo se volvió una voz reconocible y persistente.
Su trabajo también circuló en distintos países de América Latina y Europa, algo poco común en su generación, lo que consolidó una trayectoria que cruzó fronteras sin perder coherencia.
Su trazo —aparentemente sencillo— construía escenas donde lo político aparecía filtrado por lo cotidiano, por la fragilidad, por lo absurdo de la condición humana.
Publicó diversos libros que ampliaron su registro más allá de la coyuntura, entre ellos El Cuarto Reich, Literatos y Matías y el pastel de fresas, donde su mirada se volvía más narrativa, casi literaria, sin abandonar la ironía que lo caracterizaba.
Falleció el 28 de marzo de 2026 en la Ciudad de México, a los 82 años, tras una vida dedicada al dibujo, al humor y a la observación crítica.
Pero más allá de los datos, queda su postura. En un entorno donde la caricatura suele convertirse en arma o consigna, Palomo sostuvo una línea distinta: no renunció a la crítica, pero tampoco la subordinó a una ideología. Sus personajes no estaban hechos para aplastar, sino para revelar contradicciones, incluso las propias.
Ahí radica su singularidad. En haber entendido que el humor más incisivo no siempre es el más estridente, y que la lucidez puede convivir con la compasión. Su obra no buscaba dictar sentencias, sino abrir grietas en la certeza.
Hoy, al despedirlo, no solo se va un caricaturista notable. Se va una forma de mirar: la que no necesita gritar para incomodar, ni dividir para señalar. José Palomo dibujó desde un lugar cada vez más escaso: el de quien no empeña su mirada a ninguna bandera, porque ha decidido, antes que nada, sostener lo humano.
















