Alcaldía Benito Juárez: Los pueblos que se comió el concreto

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Vivir en BJ es, para muchos, sinónimo de movilidad eficiente, acceso a servicios, escuelas privadas cercanas y cierta sensación de seguridad. Pero también es sinónimo de exclusión.
Benito Juárez fue tierra de pueblos originarios. Hoy, torres y rentas altísimas han desdibujado su identidad: vivir aquí cuesta más de 75 mil pesos al mes para una familia promedio.
STAFF / LIBRE EN EL SUR
FOTOS: FRANCISCO ORTIZ PARDO
Durante siglos, lo que hoy conocemos como Benito Juárez no era una demarcación intermedia entre centros comerciales y desarrollos verticales, sino una zona viva de pueblos con nombres en náhuatl, árboles centenarios y tradiciones agrícolas. Allí donde ahora se alzan edificios de departamentos con vigilancia 24/7, hubo milpas, canales de agua y trazos comunitarios que daban identidad a los barrios. Todo eso fue desapareciendo, casi sin dejar rastro, bajo las planchas de concreto.

Uno de los pueblos más antiguos fue Mixcoac, que significa “serpiente de nube”. Su relevancia histórica fue tal que durante siglos fue considerado una villa independiente, con parroquia, calles empedradas y haciendas. Hoy sobreviven algunos vestigios —la iglesia de Santo Domingo, un par de casonas virreinales—, pero todo lo demás ha sido absorbido por vialidades como Río Mixcoac y los desarrollos que florecieron tras el Bando 2 del año 2000.

En esa misma zona también existió San Juan Malinaltongo, cuyo nombre deriva del malinalli, hierba sagrada usada en rituales prehispánicos. Fue un asentamiento pequeño y agrícola, con fuerte vínculo con la zona de Mixcoac, y su nombre fue suprimido paulatinamente hasta desaparecer del habla y de los planos urbanos. Hoy, su memoria apenas sobrevive en documentos antiguos.

Al oriente de Mixcoac, Santa Cruz Atoyac conserva su iglesia de cantera, escondida entre avenidas como Cuauhtémoc y División del Norte. Fue un pueblo de aguas dulces, conectado por canales al sistema lacustre del Valle de México. El parque de los Venados es uno de los últimos respiros verdes, pero la identidad originaria del pueblo quedó sofocada por las torres que lo rodean y por los flujos vehiculares que cruzan día y noche.
San Lorenzo Xochimanca, el lugar “donde se ofrecen flores”, dio origen a lo que hoy conocemos como Tlacoquemécatl del Valle. Era un pueblo de floricultores, vinculado a los cultivos de la región y a los rituales religiosos que usaban flores como ofrendas. Su parque, con jacarandas, fresnos y nogales, es un oasis entre cafeterías, coworkings y edificios de siete niveles. La iglesia colonial sobrevive, pero lo que fue un barrio de casas bajas y convivencia entre generaciones ha sido desplazado por la lógica de la renta y la plusvalía. Hoy, el caso de Laureano, un laurel de la India centenario ubicado en el predio de Miguel Laurent 48, se ha convertido en símbolo de resistencia vecinal frente al avance inmobiliario. El árbol —rodeado de maquinaria y cemento— ha detonado un movimiento ciudadano que reclama más áreas verdes y un parque como legado a los árboles caídos y a quienes los defienden.
Y luego está Xoco, uno de los señoríos más antiguos del valle. Su historia indígena fue desplazada por una nueva escala urbana. El mayor emblema de este desarrollo que ha desdibujado su identidad es la Torre Mitikah, actualmente el rascacielos más alto de la Ciudad de México. A su sombra desaparecieron viviendas, árboles y vínculos comunitarios. El centro comercial y el hospital del IMSS terminaron de sellar la conversión de un pueblo ancestral en una zona de lujo verticalizado.

Así, en menos de medio siglo, se borró de un plumazo una historia que había tardado cientos de años en escribirse.
Vivir en Benito Juárez es, para muchos, sinónimo de movilidad eficiente, acceso a servicios, escuelas privadas cercanas y cierta sensación de seguridad. Pero también es sinónimo de exclusión. Hoy, una familia promedio difícilmente puede sostener una vida estable en esta alcaldía sin ingresos elevados.
Haciendo un cálculo realista y riguroso, una familia compuesta por dos adultos y dos menores en edad escolar que no cuenta con propiedad, necesita al menos 75,000 pesos al mes para vivir con estabilidad en Benito Juárez.

El primer golpe viene con la renta. Un departamento de dos o tres recámaras en colonias como Del Valle, Narvarte, Nochebuena o Xoco tiene un costo mensual que oscila entre los 22,000 y los 30,000 pesos, según plataformas como Inmuebles24, Propiedades.com y Homie (consultadas en julio de 2025). Colonias como Portales, Álamos o Moderna ofrecen precios ligeramente más bajos, pero aun así difíciles de sostener sin ingresos altos.
Si los hijos asisten a escuelas privadas de nivel básico, el gasto mensual en colegiaturas varía entre los 10,000 y 18,000 pesos, dependiendo de la institución. A eso hay que sumar materiales escolares, transporte, cuotas extras y uniformes, lo que fácilmente puede elevar el rubro educativo a 20,000 mensuales en promedio.
El rubro de alimentación es igualmente exigente. Una despensa semanal para cuatro personas, incluyendo frutas, proteínas, productos de higiene y limpieza, ronda los 5,000 a 6,500 pesos al mes, de acuerdo con monitoreos de Profeco y precios en supermercados locales. Si se incluyen comidas fuera de casa o pedidos por aplicaciones —dos o tres veces por semana— el gasto en alimentos puede superar los 9,000 mensuales.

La salud también impone una carga fuerte en hogares que pagan por su cuenta. Un seguro médico familiar básico, contratado en aseguradoras como AXA, GNP o MetLife, ronda entre los 6,000 y 10,000 pesos al mes, dependiendo de la cobertura. A eso hay que agregar consultas no cubiertas, medicamentos ocasionales y análisis clínicos, lo que suma al menos 2,000 pesos adicionales.
Los servicios básicos del hogar —luz, agua, gas, internet, telefonía— promedian entre 2,000 y 2,800 pesos al mes. Si el edificio cobra cuotas de mantenimiento, el gasto sube aún más.

Para movilidad, ya sea con automóvil o con uso intensivo de Uber y transporte público, el gasto mensual ronda entre 3,000 y 4,500 pesos. Y finalmente, si esta familia desea un mínimo de esparcimiento —cine, salidas culturales, parque de diversiones, teatro, talleres para niños— debe destinar al menos 2,000 o 3,000 pesos mensuales.
Todo esto sin contar imprevistos, vacaciones, ahorro, ni el gasto que implica tener adultos mayores a cargo o algún padecimiento crónico.

Así, el total acumulado da un estimado de entre 75,000 y $90,000 pesos mensuales para vivir en Benito Juárez. Es decir, más de un millón de pesos al año solo para sostener la vida cotidiana.
Este modelo urbano, impulsado por políticas públicas como el Bando 2 y por décadas de permisividad inmobiliaria, construyó una ciudad donde los servicios y los privilegios existen… pero no para todos. Cada torre nueva implica un contrato de exclusión. Y cada renta inalcanzable, un vecino que debe irse.

La ciudad vertical se eleva sobre los cimientos de los pueblos que se comió el concreto.