Año crucial entre la incertidumbre y la concientización
Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.
Protestas contra Trump. Captura de pantalla / X
“Buena parte de lo que ocurra en los meses venideros depende del pueblo estadunidense, en sus manos está poner fin al aventurerismo irresponsable de Trump”.
POR GUILLERMO FABELA QUIÑONES
La incertidumbre como norma de vida es lo predominante en esta década, la cual se inició con la pandemia más terrible de los últimos tiempos, superior en mortandad a la que surgió al finalizar la Primera Guerra Mundial el año 1918. El nuevo orden mundial de hace un siglo preconizaba la esperanza de tiempos mejores, contrariamente al que se está definiendo en estos años con el arribo de Donald Trump a la Casa Blanca. Los riesgos de que la realidad global se complique son cada día más abrumadores, pues el mandatario estadunidense actúa sin límites institucionales previstos en las leyes, comportamiento que hace una centuria anunció el empoderamiento del fascismo y el nazismo en Europa.
Para los mexicanos tal situación es más dramática, no sólo por la vecindad fronteriza inexorable, sino por la proclividad de las élites de nuestro país en aprovechar la unidad geográfica con fines patrimonialistas, como lo evidencian los hechos de modo por demás contundente, actitud que es compartida por mafias estadunidenses que han hecho del tráfico de estupefacientes ilegales un mecanismo de enriquecimiento fácil, que data desde los años veinte del siglo pasado, mismo que se fortaleció durante la Segunda Guerra Mundial.
Durante la etapa conocida como Guerra Fría, de los años cincuenta a los setenta, tal sistema económico extralegal se incrementó sustancialmente, sin llegar a ser un problema de salud pública como lo es ahora. En cambio, el gobierno estadunidense lo vio como un medio idóneo para presionar a los países de América Latina, con el avieso propósito de mantener una presencia “legal” disfrazada de combate al narcotráfico. Desde la Casa Blanca se daban “certificaciones” a los gobiernos bien portados, es decir a los que se prestaban al juego de Washington; la negación equivalía a no recibir la buena calificación y sí sanciones políticas y económicas.
En la actualidad, con un mandatario que opera con mentalidad semejante a la de sus modelos Mussolini y Hitler (el orden es cronológico no de predominancia política), luego de un año transcurrido de su segundo mandato, Trump sigue usando el subterfugio del narcotráfico para justificar su intervencionismo; aunque en los hechos queda en segundo plano, toda vez que su estrategia rebasa con mucho el ámbito latinoamericano, una vez que sus ambiciones expansionistas se manifestaron equiparables a las del fundador del nazismo y muy superiores a las limitaciones impuestas por la Doctrina Monroe.
En este sentido, para México es hasta cierto punto un alivio que sus planes de dominación geopolítica se hayan extendido al mundo. Sin embargo, esto no le quita peso a la incertidumbre, al menos para las clases medias que son las que resienten, por su nivel educativo, los vaivenes de un régimen comprometido no con la soberanía nacional, como tanto lo proclama, sino con una cofradía política que se formó para aprovechar los muchos errores tácticos y estratégicos de una derecha sin visión política, sólo atenta a fortalecer sus intereses, curiosamente tal como ahora lo hace un régimen que se autodenomina de “izquierda”.
Tal perplejidad se recrudece ante la ambivalencia de un gobierno, como el mexicano, rehén de fuerzas que tienden a rebasarlo. De hecho lo está, si vemos cómo, en este momento en que se pretende aprobar una reforma electoral que garantice su perpetuidad, no puede hacerlo como quisiera, ya que depende dicha aprobación de sus dos aliados, los partidos del Trabajo y el Verde, los cuales a su vez no tienen futuro sin el apoyo del régimen. Por otro lado, la mandataria está atada a intereses contrarios a los que le permitirían gobernar como conviene en esta etapa histórica crucial, a fin de contar con una fuerza política propia.
Por lo pronto, las presiones para su administración surgen cada día de todas partes, desde Washington hasta las montañas de Sinaloa, Michoacán, Guerrero y otras regiones donde el crimen organizado se convirtió en una fuerza capaz de retar al Estado sin temor a nada, como lo registra la realidad cotidiana. Esto, como es comprensible, da margen a que Trump apruebe operaciones que son un ensayo de lo que podría llevar a cabo en caso de que no se acepten las condiciones que quiere imponer a la mandataria. Un ejemplo es el arribo al aeropuerto de Toluca de un avión militar estadunidense con fines de “capacitación”, según las autoridades mexicanas. Pero días antes la Administración Federal de Aviación de EU emitió una alerta sobre “eventuales operaciones militares” en el Pacífico mexicano.
De ahí que la incertidumbre crezca al paso de los días, situación que avizora situaciones que pondrán a prueba no sólo a las clases medias, sino la posibilidad de la sociedad en su conjunto para enfrentar una realidad que demanda enormes sacrificios, los cuales podrían desembocar en una más acelerada descomposición social, cuyas consecuencias serán necesariamente dramáticas. Se entraría en un círculo vicioso que no hemos visto; nunca antes México sufrió contradicciones tan profundas en su sistema de gobernanza, pues las organizaciones criminales tienen mayor capacidad de respuesta que el grupo en el poder, cuyo autoritarismo es un arma de dos filos: no toda la cúpula oligárquica lo aprueba ni tampoco amplias capas de trabajadores, cuyo nivel de vida se ha estado reduciendo por la inflación, muy superior a la tasa de crecimiento: la primera oscila entre 4 y 5 por ciento mientras la segunda, en el mejor de los casos, apenas rebasa un punto porcentual.
Tal circunstancia contradice la afirmación del partido gobernante de que acabó con el neoliberalismo. Este modelo está más vivo que nunca, como lo prueba la acumulación creciente de capital en una oligarquía que cuenta con más garantías para su desarrollo, lo cual es el mejor antídoto a su escozor al ver que la fracción más dura del obradorismo mantiene complicidades que impiden avances más firmes contra el crimen organizado. De hecho, esta situación es la que frena el combate a fondo contra las mafias en ambos países, a lo que nunca hace referencia la Casa Blanca, cuyos organismos específicos actúan como si todo el problema del narcotráfico fuera posible sin la participación del enorme mercado que ofrecen sus consumidores. La realidad es que ambos países sólo administran el meganegocio más lucrativo de la historia de la humanidad.
La prueba de tal aserto la ofreció en días pasados Oxfam, la confederación de organizaciones no gubernamentales creada después de la segunda gran conflagración mundial para combatir la injusticia de la pobreza y la desigualdad, aunque sólo se quede en los efectos sin adentrarse en las causas. Puntualizó que en un año, la fortuna de los más ricos del planeta creció 16 por ciento, 18.3 billones de dólares. En nuestro país tal escenario es parecido, como lo patentiza el hecho de que las utilidades de los bancos crezcan exponencialmente año tras año, como lo informa la propia asociación de banqueros.
En contrapartida, la pobreza estuctural seguirá en caída libre, a pesar de los tan publicitados programas sociales del régimen. La Secretaría del Bienestar informó que en 2018 los apoyos ascendieron a 977 pesos trimestrales por hogar, y en 2024 las transferencias fueron por 2 mil 500 pesos. ¿De qué sirvió el supuesto incremento si la inflación promedio en el sexenio fue de 5.2 por ciento, con un crecimiento promedio que no rebasó 1 por ciento? El peor gobierno en cien años en la historia económica de México.
El último informe de Oxfam para América Latina y el Caribe, señala que de los 109 multimillonarios que hay en la región, 22 son de México quienes acumulan una riqueza conjunta de 219 mil millones de dólares, más de un tercio de la que poseen en conjunto todos los potentados del subcontinente. De ahí que la élite oligárquica brinde todo su apoyo a la política asistencialista del obradorato; gracias a ella se redujeron sustancialmente las presiones de los marginados, a un costo muy inferior al que significaban las pensiones creadas por los gobiernos del antiguo PRI que dieron paso al Milagro Mexicano. También están felices por haber doblegado a los sindicatos más combativos, hasta convertirlos en una sombra de lo que fueron, o dejaron de existir. El mejor ejemplo de esto lo da el gremio magisterial, el sindicato más numeroso de América Latina, ahora convertido en un apéndice del régimen, incluida la fracción conocida como CNTE.
Por eso la cúpula también acepta los problemas colaterales de la marginación, como las protestas callejeras, cada vez más frecuentes, las cuales han provocado la lumpenización sistemática, procedimiento que de seguir creciendo se puede salir de control al vincularse sus cabecillas con el crimen organizado, fenómeno que mantiene su fuerza estructural con acciones cada vez más dramáticas, como la leva de adolescentes para incorporarlos a sus bandas. Ni que decir tiene que, tan dantesco panorama, de continuar traerá consecuencias terribles, como se vio en Italia y Alemania en los años previos a la guerra iniciada en 1939.
Este año 2026 será decisivo para el futuro de la humanidad, todo está en juego para determinar el rumbo a seguir. Buena parte de lo que ocurra en los meses venideros depende del pueblo estadunidense, en sus manos está poner fin al aventurerismo irresponsable de Trump, o permitir que siga adelante aunque ello conlleve el final previsible: la tercera guerra mundial. Por ahora aún hay posibilidades de frenar semejante locura, paradójicamente en la medida que se afiance el desquiciamiento de Trump, como es factible por su inagotable sed de poder. Al igual que sucedió con Hitler, él mismo está cavando su tumba, lo malo es que serán terribles las consecuencias de ese final anunciado; sobre todo para los pueblos más desorganizados e inconscientes, como el mexicano.















