POR LETICIA CALDERÓN CHELIUS

El escenario político en Brasil, país maravilloso, esta en un momento de polarización total. Luego de la primera vuelta electoral del 7 de octubre donde ningún candidato obtuvo más de 50 % de votos tendrán una segunda y definitiva elección los dos punteros, Fernando Haddad y Jair Bolsonaro, la cual se llevará a cabo el 28 del mismo mes. Ese día, por la noche, el futuro de ese país estará sellado.

En este proceso político el ultraderechista, el señor Bolsonaro, militar en retiro liderea la elección. No se trata de un personaje novedoso ni un “caído del cielo” pues ha sido diputado por 27 años sin mayor brillo, sin embargo, en este momento, su personalidad bravucona, su estilo de cowboy aguerrido y su propuesta de ser el sheriff del pueblo que los brasileños necesitan, han logrado capitalizar el enojo, la desilusión, y hasta la intención de revancha de un gran porcentaje del electorado brasileño, harto con la inseguridad y la corrupción de la élite política del país más grande de América Latina y novena economía del mundo.

Foto: NOTIMEX.

 

Un detalle que ha sorprendido a todo el mundo –menos a sus seguidores que le perdonan y justifican sus posturas y comentarios- es que el candidato Bolsonaro ha dado declaraciones increíblemente insólitas que en otro contexto tendrían un gran costo político pero que en este momento simplemente no le afectan. Para explicar este fenómeno, analistas en todo el mundo han buscado calificarlo como un Trump versión tropical. El problema es que frente a Bolsonaro, Trump es un caballero…..

Comentar la elección de Brasil es absolutamente indispensable como un país aliado y socio del nuestro, como un país que define gran parte del escenario de la región del sur del Continente y porque cualquier proceso donde la población queda dividida prácticamente a la mitad en términos de preferencias político electorales es un país en peligro. Se supone que las elecciones no son procesos para doblegar a unos, para imponerse a la fuerza, ni mucho menos, para desaparecer al contrario. Por eso, asustan las ideas de Bolsonaro que se atreve a glorificar la que fuera la dictadura de su país y sus prácticas represoras, a promover el uso generalizado de armas y a proponer la tortura como forma de control policiaco. Ni para que le mueve si ya de por si los derechos humanos en estos países son tan endebles, que en lugar de eso hay que insistir en protegerlos.

Personalmente creo que ver con pasión pero con distancia a Brasil me deja una cierta paz interna respecto al escenario mexicano. Después de todo aquí el triunfo contundente en votos y porcentaje de parte de una opción política ayudó a bajar las reacciones de los perdedores y a matizar la de los ganadores. Además, si bien en el largo periodo de transición de poder que se da en México (el más largo del mundo), se ha dado una cierta polarización verbal, la verdad es que ésta ha sido más bien en los medios de comunicación y las redes sociales y no en las familias ni mucho menos entre amigos. Más bien, muchos ya están instalados en lo que sigue para ver cómo le vamos a hacer para ayudar a recuperar nuestras calles, barrios, la ciudad y el país. Además nuestra diversidad de posturas frente a los políticos tiene que ver más con cómo conseguir que la corrupción deje de ser el sello del poder y que se controle la violencia que el propio poder político dejó a sus anchas. Como un ejemplo contundente de estas diferencias, sirva recordar que el candidato que basaba su campaña en exaltar la violencia, el Bronco, no obtuvo más del 4% de votos a nivel nacional, lo que habla muy bien de los mexicanos que, salvo una minoría,  no vimos en este tipo de opción una alternativa, como si ocurre hoy en Brasil.

Brasil en más grande que sus políticos como suele pasarle a todas las grandes naciones. Saldrán de este atolladero como lo ha hecho antes y cantarán de nuevo. Además no todo esta dicho aún. Nos queda acompañar el proceso por responsabilidad planetaria y como ciudadanos del mundo que todos somos. Como mexicanos, más allá de nuestras diferencias, hay que celebrar que no se nos coló en nuestro proceso electoral un “out sider” que propusiera el miedo como forma de control social y político, que descalificara a las minorías y propusiera eliminar grandes avances sociales.

Digo, ya nos tocaba una de cal por las tantísimas de arena ¿no?

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francisco

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