Ciudad de México, enero 1, 2026 19:08
Revista Digital Enero 2026

El calendario promete lo que la vida no cumple

Rituales, tiempo social y la persistencia de lo vivido

STAFF / LIBRE EN EL SUR

Cada cambio de año se presenta como una frontera nítida. Un antes y un después marcado por el calendario que promete orden, renovación y una oportunidad implícita de corregir lo anterior. Sin embargo, la experiencia cotidiana —y el conocimiento acumulado desde distintas disciplinas— coincide en algo menos alentador y más realista: esa frontera existe sobre todo en el plano simbólico.

Las personas no cruzan el 31 de diciembre como quien atraviesa una puerta. Llegan al nuevo año con conflictos abiertos, decisiones inconclusas, duelos activos, hábitos persistentes y expectativas que no se disuelven con el cambio de fecha. La vida psíquica y social no opera por cortes limpios. Funciona por acumulación, por arrastre, por capas que se superponen.

El psicoanálisis formuló esta idea desde sus primeros desarrollos. Para Sigmund Freud, la vida psíquica no reconoce interrupciones administrativas. El inconsciente no distingue entre diciembre y enero, ni responde a convenciones temporales. Lo no elaborado insiste, se desplaza, retorna. Cambiar de año no clausura procesos internos; apenas introduce una expectativa momentánea de orden. Más adelante, Jacques Lacan profundizó esta noción al señalar que el deseo humano no se reinicia ni se satisface por voluntad: se reorganiza alrededor de una falta estructural que no desaparece con promesas de renovación.

La psicología contemporánea ha observado el fenómeno desde otro ángulo. Investigaciones sobre el llamado fresh start effect muestran que los hitos temporales —como el inicio del año— producen una breve sensación de control y motivación. Sin embargo, también confirman que los cambios duraderos dependen menos del simbolismo de la fecha que de las condiciones materiales y emocionales que sostienen la vida cotidiana. La voluntad se activa; la inercia, tarde o temprano, se impone.

Desde la psicología social, el cambio de año se entiende como un ritual de sincronización colectiva. No transforma la realidad, pero permite compartirla. Brindar, contar regresivamente, intercambiar deseos funciona como un acuerdo tácito para nombrar el paso del tiempo. Como explicaba Émile Durkheim, los rituales no están diseñados para modificar las condiciones materiales de existencia, sino para reforzar la cohesión del grupo. El problema surge cuando se les exige lo que no pueden ofrecer: una transformación automática.

En las últimas décadas, esa frontera simbólica se ha cargado de una presión adicional. La cultura del rendimiento y del bienestar ha convertido el inicio del año en una obligación moral: reinventarse, corregirse, optimizarse. No cambiar se vuelve sinónimo de fracaso. Como advertía Zygmunt Bauman, en una modernidad marcada por la liquidez, la permanencia se sospecha y la continuidad se vive como estancamiento. El calendario deja de ser una herramienta de orden y se convierte en un dispositivo de exigencia.

La filosofía ha cuestionado de forma persistente esta ilusión de progreso lineal. Friedrich Nietzsche desconfiaba de la idea de avance continuo y propuso pensar el tiempo como retorno, como repetición con diferencia. Más tarde, Hannah Arendt distinguió entre comenzar algo nuevo y borrar lo anterior: la acción humana introduce novedad, pero siempre sobre un mundo ya dado. No hay reinicio absoluto; hay variaciones dentro de una historia que continúa.

La literatura entendió pronto esta condición. Las grandes novelas no parten de cero. Sus personajes llegan ya marcados por lo vivido. En la obra de Marcel Proust, el tiempo no avanza de manera recta: se pliega, retorna, se activa a través de la memoria y el cuerpo. En William Faulkner, el pasado no pasa: se superpone. En Juan Rulfo, los muertos siguen hablando porque el tiempo no clausura la experiencia. La narrativa moderna abandonó hace tiempo la idea del comienzo limpio.

La música popular ha dialogado con esta intuición con una honestidad notable. The Long and Winding Road no habla de reinicios, sino de trayectos que no se enderezan. These Are the Days of Our Lives observa el paso del tiempo sin prometer redenciones. En el ámbito hispano, Cantares, sobre versos de Antonio Machado, recuerda que no hay caminos inaugurales, solo huellas que se hacen al andar. 19 días y 500 noches desmonta la fantasía del cierre limpio, mientras No se acaba insiste en que lo vivido no se borra.

En México, esta desconfianza frente a los comienzos tajantes ha sido una constante narrativa. La crónica, la poesía y el ensayo han entendido el tiempo como superposición de capas. La obra de Carlos Monsiváis mostró con ironía que el país no avanza por etapas ordenadas, sino por acumulación de contradicciones. En José Emilio Pacheco, el tiempo es desgaste y conciencia del deterioro, no promesa de renovación. En Elena Poniatowska, los acontecimientos siguen hablando mucho después de la fecha oficial de cierre. Incluso el humor narrativo de Jorge Ibargüengoitia parte de la certeza de que nada empieza como se planea y nada termina como se espera.

En la edición de la revista digital dcon la que abrimos este 2026, los relatores de Libre en el Sur regresan a esa misma intuición desde distintos registros. La ciudad aparece como un organismo que no se reinicia: obras inconclusas, memorias barriales persistentes, conflictos que atraviesan los años sin atender al entusiasmo del calendario. En el reportaje y el análisis político, las promesas cambian de forma, pero no de fondo. En los textos de memoria y cultura, el tiempo se muestra como acumulación: afectos, pérdidas y hábitos que no obedecen al corte simbólico del año nuevo.

Incluso cuando se habla de música, arte o vida cotidiana, la mirada coincide: lo nuevo no irrumpe como ruptura, sino como variación mínima sobre lo ya vivido. Hay continuidades que incomodan, repeticiones que desgastan y, a veces, pequeñas fisuras donde algo cambia sin anunciarse como comienzo.

Desde esta perspectiva, el inicio del año puede entenderse menos como un punto de partida que como una pausa culturalmente acordada. Un momento para reorganizar narrativas, no para clausurar procesos. El psicoanálisis contemporáneo insiste en una advertencia central: el malestar no tiene cronograma. Forzar su resolución simbólica suele producir negación, no alivio.

En una época saturada de promesas de cambio inmediato, cuestionar la narrativa del reinicio anual no es pesimismo. Es realismo crítico. El calendario ordena los días; la vida, en cambio, avanza por continuidad, memoria y capas superpuestas. Comprenderlo no resuelve los problemas, pero permite mirarlos con menos ficción y más lucidez.

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