Ciudad de México, julio 23, 2021 11:47
Marzo 2021 Reporte especial

Cumpleaños de la peste

Al cumplirse un año de la aparición de la pandemia en México, el laureado escritor Enrique Serna, autor de El vendedor de silencio (Alfaguara, 2019), escribe para Libre en el Sur un texto especial, en el que hace alusión a la soledad y el aislamiento que ha enfrentado como creador durante la cuarentena interminable, sin interlocutores y obligado “a conversar con fantasmas”.

POR ENRIQUE SERNA

Algunos amigos escritores me comentan que la pandemia les ha venido de perlas, pues al liberarlos de compromisos sociales o de presentaciones en público, les permite dedicarse de lleno a su oficio o emprender lecturas largamente aplazadas por falta de tiempo. Si la literatura sólo brotara de la introspección, yo también me sentiría a mis anchas en la pandemia, pero como el aislamiento forzado impide o limita el trato directo con los demás, el motor más eficaz de la imaginación, en mi caso la pandemia representa más bien un obstáculo a vencer.  Al privarme de interlocutores, la reclusión ha puesto a prueba mi capacidad de desdoblamiento, el único antídoto eficaz contra el monólogo estéril. Ese don consiste en conversar con fantasmas, y el buen resultado de un cuento o de una novela dependen, hasta cierto punto, de que los seres ficticios nos respondan al tú por tú, nos contradigan, renieguen de su creador y lo acorralen contra las cuerdas.

Foto: Andrea Murcia / Cuartosucro

Eso he intentado en esta pandemia, pero a veces siento que me falta el oxígeno, como a los enfermos de covid, pues un escritor no sólo necesita ensimismarse, sino ventilar proyectos y ocurrencias en la tertulia con sus amigos. Ninguna videoconferencia por zoom tiene la vivacidad de una reunión presencial, en la que el alma aligerada por las réplicas y los tragos juega con las palabras o las ideas. De ahí salen con frecuencia las mejores intuiciones de un escritor, porque la imaginación es una dama caprichosa y remolona, enemiga del esfuerzo intelectual y reñida a muerte con la voluntad, que nos abandona en el salón de clases y en cambio nos visita a la hora del recreo.  “La loca de la casa”, como la llamaba Santa Teresa, da sus mejores frutos cuando la conciencia no los está buscando y como en una charla informal improvisamos en alegre desorden, a veces el ingenio entrevé caminos o veredas que jamás habría descubierto sin el auxilio de un amigo inteligente.

Foto: Moisés Pablo / Cuartoscuro

En marzo celebramos el primer cumpleaños de la peste, y aunque por fortuna he logrado recatar de sus garras dos cuentos y una novela corta, por nada del mundo quisiera repetir esta sobredosis de soledad. Ayuno de tertulias, durante la pandemia he recordado con más nostalgia que nunca a mi amigo Carlos Olmos, un extraordinario manantial de agudeza, ironía y vuelo imaginativo con quien sostuve una larga conversación entre los 19 y los 40 años. En mi juventud temprana, el mérito por la animación de esos diálogos era enteramente suyo, pues en esa época yo era un polluelo ingenuo y bobo. Ni había escrito nada legible ni mis aleteos me llevaban muy lejos en materia de humor o sagacidad, pero la conversación con él me obligaba a una intensa gimnasia mental, no para estar a su altura, sino para estimularlo con réplicas que lo incitaran a seguir hablando. Hilvanaba recuerdos cautivadores de su infancia y su adolescencia en Chiapas, o relatos de sus experiencias agridulces en el mundo del teatro, con un gran talento para reconstruir escenas vividas y caracterizar por medio del habla. Durante muchos años me limité a ser su sparring, y una vez terminado mi periodo de aprendizaje, cuando la estatua de Pigmalión cobró vida, por fin pude devolverle algo de lo mucho que me enseñó.

Foto: Especial

En la formación de un escritor, los interlocutores son quizá más importantes que las lecturas. Lograr un alto grado de compenetración con ellos estimula la creatividad mucho más que la cultura libresca. “Hombre con minotauro en el pecho”, mi cuento más antologado y traducido, se me ocurrió en un restaurante yucateco de la Colonia Narvarte, cuando charlaba con Rocío Barrionuevo, la madre de mi única hija. Nos estábamos tomando el tequila del aperitivo y de pronto me lancé a improvisar el cuento, a partir de una anécdota de Picasso recién leída en una peluquería. Tal vez no habría tenido ese impromptu si no hubiera llegado con Rocío a tal grado de confianza que frente a ella me sentía en libertad de pensar en voz alta. En aquel tiempo, nuestros amigos se sorprendían porque en las fiestas de la palomilla nos quedábamos charlando en un rincón en vez de unirnos al jolgorio. “Se pasan juntos todo el día y vienen acá a seguir hablando entre ustedes. Ya ni la chingan”, se quejaban. No éramos un par de mamones: simplemente habíamos entablado un diálogo irrefrenable.

Otro cuento mío, “Entierro maya”, surgió de una conversación con una amiga, viuda de un coronel, que vivió una historia parecida, y el final de “El vonverso” se me ocurrió en una charla con mi hija Lucinda, cuando íbamos saliendo de una gala de ballet. Los ejemplos anteriores me hacen sospechar que la creación literaria es una tarea colectiva con una sola mente rectora. El escritor es un personaje de teatro que no existiría sin el juego escénico donde sus comparsas, a la manera de Sócrates, lo ayudan a parir ideas. Pero los interlocutores no sólo intervienen en la génesis de la obra literaria. Incluso en las reuniones con gente que no es de su entera confianza, un escritor ejercita la observación del carácter y percibe rasgos de conducta, inhibiciones, fobias, prejuicios, maneras de ser y de pensar que más tarde puede adjudicarle a sus personajes. Cuando a un escritor le falta “el sociable trato de las gentes”, como diría Bernardo de Balbuena, su campo de observación se restringe y lo obliga compensar con recuerdos las experiencias frescas. Por eso espero con ansias la vacuna contra el Covid. Me urge descorrer el telón de mi teatro y celebrar con una función el final de esta pesadilla.  

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