Ciudad de México, enero 8, 2026 19:11
Guillermo Fabela Opinión

El descarrilamiento del tren, simbólico aviso de los retos para el 2026

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Es preciso poner fin al engaño absurdo de que no apoyar a López Obrador es hacerle el juego a la derecha, la cual, según la demagogia obradorista, tiene como sustento ideológico “apoyar la intervención estadunidense en México”.

POR GUILLERMO FABELA QUIÑONES

El año 2026 comienza con fuertes presiones para los mexicanos, unas por la secuela de infaustas decisiones del régimen obradorista, otras por la debilidad de un gobierno hasta ahora maniatado por quien aún mantiene el poder, con la finalidad de asegurarlo sin que importen las consecuencias, internas y externas, ambas igualmente perniciosas. Sin embargo, tal realidad es insostenible por las profundas consecuencias que provocarían, sumadas a las contradicciones que se vienen arrastrando desde hace décadas.

De ahí que sea impensable mantener una realidad de por sí insostenible, mucho menos cuando la mandataria en Palacio Nacional deberá enfrentar retos extraordinarios, que serán más arduos en la medida que arrostre problemas heredados por su antecesor, la mayoría de ellos producto de ambiciones que pudieron haberse frenado con sensatez y patriotismo.

El año 2025 finaliza dejando una mancha de horrores propia de un país sin Estado de derecho. Sería prolijo enumerarlos, baste señalar que México alcanzó el cuarto sitio mundial entre los países con mayor número de muertes violentas, después de Palestina, Myanmar y Siria, de acuerdo con un estudio específico de la ONU.

Este dato contradice el argumento que tanto utilizó el presidente López Obrador, de que su gobierno estaba atendiendo las causas estructurales de la violencia. No fue así, aunque se asegure que 13 millones de personas fueron sacadas de la pobreza, ya que nada garantiza que se mantengan en el nivel al que accedieron: No se avanzó un milímetro en corregir las causas que originan el flagelo, entre ellas la incapacidad del sistema para impulsar la movilidad social, la creación de empleos decentes, la posibilidad de que se consolide un desarrollo educativo y científico acorde con las necesidades de una población que presiona demográficamente.

Con todo, lo más dramático, que las organizaciones delictivas se mantienen como la principal amenaza para una juventud sin otra expectativa de asumir su rol en la sociedad. ¿Acaso la corrupción no sigue siendo el principal atractivo de rápido ascenso social, con todo y los riesgos que ello implica?       

El año viejo se despidió con un claro mensaje de lo dicho arriba: el descarrilamiento del Tren Interoceánico, con saldo de 13 muertos y 98 lesionados. Es el dramático corolario de una estrategia de improvisación en materia de obra pública, modelo que caracterizó al gobierno que emergió como el salvador  de un pueblo estancado en la pobreza y el analfabetismo funcional; en los hechos, desgraciadamente, ha demostrado que su verdadero objetivo es ampliar y fortalecer ambas vejaciones ancestrales.

En ningún país medianamente desarrollado y con instituciones democráticas, se ha depositado en las Fuerzas Armadas la responsabilidad de construir la infraestructura necesaria para completar planes de desarrollo con visión integral. Las consecuencias están a la vista con esta tragedia que marca el principio del fin de un sistema de gobernanza en el que la demagogia ocupa el lugar de la racionalidad económica.

Es válido decirlo, en tanto que los resultados concretos en siete años de un gobierno plagado de inconsistencias de todo tipo, nos indican que seguir por esta ruta es conducir a México a su descarrilamiento, con un saldo inimaginable, comparable a una catástrofe apocalíptica de la  que ningún grupo social estará a salvo. Se podrá decir que la oligarquía no sería afectada, pues sus fortunas estarían salvaguardadas en el extranjero. Sin embargo, como sucedió con los hacendados porfiristas, se quedarían sin sus empresas y negocios que les permitieron enriquecerse. Pero lo más significativo sería el hecho de que, dada la globalización económica, quedarían aislados y sin posibilidad de emprender nuevas inversiones con la rentabilidad que tienen en su campo de actividad donde imponen sus reglas.

Esto se verá objetivamente este año 2026, cuando se pongan en marcha las negociaciones del T-MEC, las cuales tendrán el peso de un gobernante que no tendrá empacho en mostrar su verdadero rostro; desde su llegada a la Casa Blanca se quitó la careta que sus antecesores usaban para encubrir sus ambiciones imperialistas, hoy abiertamente visibles por estar a la defensiva en un mundo multipolar donde los viejos imperialismos no tienen futuro.

En este contexto, un régimen como el obradorista tampoco lo tiene, no sólo por su anacronismo sino por su ineficacia gubernativa, incrementada por la necesidad de ocultar una mega corrupción jamás vista en nuestro hemisferio. Esto lo saben perfectamente en Washington y Wall Street, de ahí que desde su inicio, las deliberaciones sobre el acuerdo trilateral serán sumamente duras para la parte mexicana. Más lo serán, sin duda, en la medida que se acuda a ellas con la consigna de defender las posiciones de López Obrador, no las que convienen a México para salir lo mejor librados en un marco cargado de reproches y acusaciones, independientemente de su validez concreta.

Para nadie es un secreto que los gobiernos estadunidenses, del partido que sean, aprovechan cualquier debilidad de sus contrapartes para hincar sus dientes con toda ferocidad. Esto es más evidente en este momento, con un mandatario que no oculta su personalidad autocrática y neurótica, sabedor de que no tendrá otra oportunidad de imponer su despotismo conforme a sus propios intereses, no a los que convienen al pueblo de su país en esta hora decisiva.

De ahí el imperativo de que los negociadores mexicanos, participen con la convicción de que el futuro de México está en la defensa inflexible de los intereses patrios, ajenos a tintes ideológicos o de colores partidistas; sin temor al peso político de Trump, que caerá en picada este año; ni tampoco al de López Obrador. Al actuar así, con la energía necesaria, se estará dando un paso firme en la dirección correcta, que mucho ayudará al tratado trilateral, y más aún a la presidenta Sheinbaum.

No será nada fácil, desde luego, tomando en cuenta el peso incontrastable que tienen las Fuerzas Armadas en la administración pública, gracias a la estrategia de López Obrador de involucrarlas en su amplia red de corrupción y así tenerlas bajo su control. Pero es incuestionable que mantener tal estatus no les conviene, pues son una minoría las que han disfrutado de los enormes beneficios de una complicidad infausta, sin futuro. Su deber como militares es cumplir con patriotismo el mandato constitucional de no salirse del marco señalado en la Carta Magna. Así fue, a partir de que el presidente Lázaro Cárdenas puso fin a la aventura de carácter nazi-fascista del “Jefe Máximo”, Plutarco Elías Calles, acción estratégica vital para garantizar la viabilidad de los principios fundamentales surgidos del movimiento armado.

Es preciso poner fin al engaño absurdo de que no apoyar a López Obrador es hacerle el juego a la derecha, la cual, según la demagogia obradorista, tiene como sustento ideológico “apoyar la intervención estadunidense en México”. Obviamente se trata de argumento falaz, pues la soberanía de nuestro país no está amenazada por las tropas yanquis, sino por la imposibilidad del Estado mexicano de decidir el rumbo que impulse, en beneficio de nuestra nación, la economía y las finanzas de manera autónoma. Lograrlo no es imposible en un mundo globalizado, para una nación que aún cuenta con enormes recursos naturales y muchos activos, logrados al paso de décadas merced a instituciones democráticas, las que paradójicamente contribuyeron al triunfo del actual partido en el poder, pero sólo para destruirlas.

Tampoco es verdad, en este contexto, que la soberanía reside en la propiedad de los bienes estratégicos, como el petróleo y la electricidad. Este tabú se rompió con López Obrador, pues la reforma energética se orquestó, no para apuntalar la soberanía energética, sino con el fin de asegurar su usufructo por parte de la camarilla más cercana al líder.

Nada tuvo que ver esta reforma con la histórica decisión del presidente Cárdenas de expropiar la industria petrolera en manos de extranjeros, como se la quiso disfrazar demagógicamente. Quedó demostrado que el enemigo no venía de afuera sino que estaba incrustado en Palacio Nacional. Esto se habrá de ventilar en las negociaciones del T-MEC, una vez que se entre en la discusión del peso que tiene la mega corrupción en la economía de México, tema candente que será imposible soslayar. Más aún con hechos tan ostensibles como el descarrilamiento absurdo del Tren Interoceánico, cuya causa sin duda tiene mucho que ver con el flagelo de la corrupción.

Son muchos los retos que tiene el régimen obradorista este año, que se pondrán de manifiesto por la malhadada decisión de ser anfitriones del Campeonato Mundial de Futbol, evento que será aprovechado por un segmento de la cúpula oligárquica, mientras el país nada más verá incrementarse sus compromisos con organismos financieros internacionales. Aunque se trate de ocultar con miles de millones de dólares en propaganda engañosa, el verdadero rostro de México quedará expuesto al mundo. Los medios globales, además de cubrir la gesta deportiva, pondrán interés en saber la verdad sobre un país que se ha acusado de ser un narcoestado exitoso, tanto que tiene presencia a nivel mundial, sin que ningún gobierno haya podido demeritar su estructura paralela a la gubernamental, como lo denunciara hace tres lustros el acucioso investigador Edgardo Buscaglia.

Es un hecho que la estrategia obradorista, de los abrazos en lugar de balazos, se hizo a un lado; pero no hay evidencias de que los cárteles se estén debilitando, situación que conocen plenamente en Washington gracias a la CIA y la DEA. De poco servirá que se reconozca el esfuerzo de la mandataria en este renglón, si en materia de procuración y administración de justicia se dio un paso en reversa que hace aún más frágil el Estado de derecho, tema que será prioritario para los negociadores del tratado trilateral. Tampoco será un argumento sólido señalar que la causa del flagelo es el amplio mercado de consumidores en territorio estadunidense. Es tanto como aceptar que el gobierno mexicano ha sido cómplice de los cárteles, por los cuantiosos beneficios que representa atender esa demanda.

De ahí que el 2026 sea el año que pondrá en serio predicamento al régimen obradorista, sin otra alternativa que gobernar para toda la sociedad, aunque ello conlleve el riesgo de rompimiento con el fundador del Movimiento de Regeneración Nacional. A final de cuentas este sería el menor de los peligros, por todo lo que podría ganarse una vez superado tal escollo, lo cual se podría lograr con un apoyo social ganado a pulso, con hechos que generen credibilidad, confianza y esperanza. Por ahora es imposible descifrar si aún hay condiciones para dar un paso imposible de soslayar. Lo alentador es que no pasará mucho tiempo sin que lo sepamos, seguramente antes de la fiesta futbolística mundial.     

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