ESTEBAN ORTIZ CASTAÑARES

Ante el revuelo de la película “Roma”, que retrata de manera muy veraz la vida en esa colonia en los años setentas, quiero contar cómo vivimos ahí ese ambiente barrial los de la llamada “generación X” (1968-1980), diez años después.

Efectivamente, yo llegué a la colonia Roma en 1981, con 11 años de edad; en esa época se dio la gran crisis mexicana con la devaluación de la moneda y la correspondiente nacionalización de la banca. De 1980 a 1990, inició un periodo de crisis que se creía temporal y se volvió crónico.

Lentamente el poder adquisitivo de las familias de clase media se perdió, y muchas de ellas dejaron de tener “muchacha de planta” y empezaron a contratar servicio de “entrada por salida”; lo que causó un distanciamiento natural en la relación de la muchacha y la familia. Poco a poco se volvió más marcada la relación profesional que la relación familiar.

Vida cotidiana en la Roma, una colonia que con el tiempo se volvió “nice”. Foto: Cuartoscuro

 

La ciudad todavía se sentía segura y uno podía ir al parque, al centro o a cualquier lado sin el constante miedo de ser asaltado. Los vendedores de la calle, que aún había,  como el afilador (que sale en la película), el tamalero, el ropavejero y el camotero empezaron a desaparecer.

En cambio aparecieron puestos ambulantes (sobre todo a la salida del metro). No eran muchos, pero se empezaron a multiplicar lentamente. Los primeros en llegar eran de comida, eran puestos de lámina y nosotros de burla decíamos que eran de “tacos de muerte lenta”. Posteriormente aparecieron de ropa, libros y cualquier otra cosa.

Exposición fotográfica sobre la colonia Roma montada por el gobierno capitalino a partir del éxito de la película ‘Roma’. Foto: Cuartoscuro

 

El movimiento de liberación de la mujer incrementó su esclavitud. Muchas de ellas además de dedicarse a la casa (porque en esa época el hombre no se involucraba en los labores de la casa); también trabajaban, ya fuera de medio tiempo o de tiempo completo (eso sí sale en la película).

El orgullo de México de eso que se llamaba en los setentas “el milagro mexicano” (cuando el país crecía a un 7% anual), se fue desdibujando y pronto aparecieron mil razones de la cultura mexicana por las cuales “no podíamos llegar al anhelado primer mundo”. Las referencias de México como el país líder en el mundo hispanoparlante se perdió. Y los ricos mexicanos que iban a España a despilfarrar su dinero desaparecieron.

Algunos veranos nos quedamos con mi abuela, acostumbraba escuchar durante horas, por la mañana, la “Hora Haste de México” (que también aparece en la cinta de Cuarón), donde efectivamente, entre anuncios comerciales, se daba la hora en punto cada minuto. Para mí y mis hermanas era una tortura.

Ir al cine seguía siendo un gran atractivo, y en esa época el costo era muy bajo porque se consideraba parte de la canasta básica. Aparecieron “Las Chispas” (a un lado de la estación del Metro Insurgentes), la primera experiencia de video juegos, y aunque mis padres no me daban ni un peso para gastar en ellas, pasaba horas viendo a mis amigos o a alguien más jugar.

Foto: Especial

La vida religiosa se perdía lentamente, pero el 90% de los niños que estábamos en la primaria hicimos la primera comunión. Íbamos a misa una o dos veces al mes. Mis hermanas estaban en el coro de “La iglesia de la Sagrada Familia”, en las calles de Orizaba y Puebla, donde conocieron a muchos jóvenes que las pretendían.

Jugábamos mucho en el estacionamiento del edificio donde vivíamos en la calle de Jalapa –punto de reunión de todos los niños–, o en el parque.

Al menos la tercera parte de mis compañeros tenían padres divorciados. Pero para algunos de ellos era muy penoso y lo ocultaban.

Las escuelas (sobre todo las de monjas), organizaban eventos como las “Noches Coloniales” y “Las verbenas de Navidad” y nosotros asistíamos con gusto. Con la esperanza de conocer a la niña de nuestros sueños.

Cuando salíamos de vacaciones a la provincia, me impresionaban mucho esos letreros majestuosos, que todavía había, sobre las montañas y la sensación de que al llegar a los pueblos uno estaba en otro mundo.

Las salidas de la ciudad estaban llenas de colonias con calles sin pavimento (como las que se vieron en la película).

Existía sin embargo una esperanza de que la crisis que se vivía tenía que pasar pronto…

Cuando Miguel de la Madrid impuso el modelo neoliberal y Salinas lo impulsó, se generó la impresión de que ¡ahora sí! seríamos primer mundo….

La colonia se empezó a llenar de tugurios y mi madre creía que se iba a convertir en un centro de perversión. Y así en la época de los 90’s dejé la colonia y me mudé al sur de la ciudad…

Quién iba a pensar que 20 años después se convertiría en una nueva zona “nice” con un ambiente bohemio cultural, lleno de pequeños cafés nuevos y viejos que con las grandes casonas (ya remodeladas) le devolverían parte de la alcurnia que tuvo.

 

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francisco

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