Ciudad de México, noviembre 28, 2021 01:57
Mariana Leñero Opinión

Domine el dominó. Parte 1

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De regreso a la casa le pedía que me explicara algunas de las jugadas de la noche: “Porqué se ahorcó la mula”, “porqué se cerró el juego”, “porqué el seis y no el cinco”… Mi padre tenía la paciencia, pero sobre todo la pasión, para que aún cansado contestara mis dudas.

Mariana Leñero

Desde que comencé a escribir sabía que escribiría acerca del dominó, sin embargo, cada vez que lo intentaba aparecía una incómoda resistencia.  

Ahora que mi repertorio de temas y anécdotas se ha reducido notablemente no me quedó de otra que intentarlo. No fue fácil. Cuando pienso en el dominó pienso en mi padre y la nostalgia que me causa es a veces insoportable. Y aun cuando me decidí intentarlo pasaron más de 4 meses sin poder escribir una palabra. Ahí estaba la hoja en blanco tintineando insistentemente pese a que la computadora estuviera apagada.       

A los 10 años aprendí a jugar dominó en las oficinas de la revista Proceso. Mi padre era subdirector y todos los viernes, dependiendo de la noticia y de los artículos escritos, elegía la foto y los encabezados de la portada. También esperaba a que los ejemplares estuvieran impresos y listos para venderse en los puestos de periódico.  Esto sucedía hasta el amanecer.   En el tiempo de espera lo que se hacía en la oficina era fumar y jugar dominó. Medio comían, medio tomaban, medio platicaban pero lo que era seguro era jugar dominó.

-Llévame contigo, le insistía con ojos de gato triste. 

Así que mientras mis hermanas salían de fiesta, yo pasaba la noche en una oficina fría, apestada de cigarro, con periodistas cansados y mugrientos y con mi padre.    

En las primeras horas, Mari, su secretaria, me asignaba diferentes trabajos. El trabajo que más me gustaba era el de clasificar fotos de presidentes, de gobernadores, de narcos…

Cuando mi papá gritaba: Tráiganme la foto de… Mari la buscaba y yo salía disparada para entregársela con orgullo. Mi padre bruscamente y sin mirarme me acomodaba un coscorrón en la cabeza como muestra de su cariño. Y así lo era.         

Cuando Mari se iba, yo esperaba con ansia la hora del dominó. Gritos, groserías, albures, acompañados de café quemado, ceniceros atascados de colillas y tortas a medio comer.  Era divertido verlos jugar.  Las preocupaciones que los abrumaban durante la formación de la revista desaparecían al sentarse a la mesa. Las ocurrencias de mi padre al hablar y su desfachatez al jugar me mantenían despierta toda la noche.

-Chentito vas a enfermar a esta niña si la sigues dejando ir- le decía mi madre cuando al siguiente día nos veía con caras de zombi.  

Siempre intenté no hacer barullo.  En silencio me colocaba detrás de su silla para verlo jugar.  Me parecían graciosas las frases que utilizaban: “aquí te viene el pito”, “o te acuestas o te la ahorco”, “mira la que me salió en el Corn Flakes”, “el que se agacha se le ve la cucaracha”… Pero lo que más me atraía era el mundo de posibilidades que se abría con solo poner una ficha.  

De regreso a la casa le pedía que me explicara algunas de las jugadas de la noche: “Porqué se ahorcó la mula”, “porqué se cerró el juego”, “porqué el seis y no el cinco”… Mi padre tenía la paciencia, pero sobre todo la pasión, para que aún cansado contestara mis dudas.

Un día me trajo un libro que había encontrado en una de las librerías de viejos. -Mira Maya encontré un libro que te va a gustar- me dijo emocionado.  “Domine el dominó”.   -Vas aprender mejor que conmigo-.  Eso no era verdad, sin embargo el libro fue muy útil y lo leíamos juntos de vez en cuando.

Pasaron más de 10 años y como a mis hermanas, me tocó salir de fiesta. Sin embargo después de terminada la noche regresaba a la revista en vez de a mi casa. Sabía que mi padre invariablemente estaría ahí. Envuelto en humo de cigarro, cantando albures, recitando poemas, gritando verdades y cuestionando mentiras. 

Después de que mi padre murió no fue fácil continuar jugando. Hace un par de años comencé de nuevo. Acompañada de mi hermana Eugenia, recordamos sus bromas, sus albures, sus chistes. Ahora es él, quien atrás de nuestra silla, mira con atención el mundo de posibilidades que se abren al poner una ficha. Estoy segura que eso lo alegra porque como decía: “Qué bonito es el dominó cuando Dios nos lo concede”.

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