Ciudad de México, marzo 16, 2026 13:23
Nancy Castro Opinión

El país ya no suena igual

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En el México actual muchas notas se han desordenado. Factores delictivos irrumpen como golpes abruptos en la partitura cotidiana y detonan acordes que provocan espanto.

POR NANCY CASTRO

MADRID. Cuando te vas del país que te da identidad, aun sabiendo que cuando regreses no encontrarás nada igual. Quizá uno haya cambiado o, quizá los dos: uno y la ciudad, o uno con la ciudad ya no sabe cómo comportarse, pero aún así, como diría la letra de la canción “Las simples cosas” escrita por el compositor Armando Tejada, interpretada magistralmente por Mercedes Sosa, “Uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida”. Vuelve porque, a pesar de la distancia y del tiempo, sigue siendo parte de esa sinfonía que alguna vez reclamaba orden y reflejo, forma y complemento.

Pero al regresar, uno descubre que el lugar donde creció conserva apenas los cimientos: los árboles siguen ahí, las calles conservan sus nombres, las casas mantienen sus fachadas. Sin embargo, mucha gente ya no está donde uno la dejó; la música que se escuchaba al pasar ya no suena igual y, en algunos casos, las casas han dejado de ser casas.

Hubo un tiempo en que las tardes se estiraban hasta altas horas de la noche. Jugábamos al bote pateado, a las escondidas en la calle...”

Aun así uno vuelve, porque las raíces, si no se visitan, terminan por perderse. Y al volver, uno  confronta el pasado con el presente, y descubre que aquella sinfonía ha cambiado de tonos.

Entonces aparece la pregunta inevitable: ¿en qué momento se nos desacompasó la melodía?

En el México actual muchas notas se han desordenado. Factores delictivos irrumpen como golpes abruptos en la partitura cotidiana y detonan acordes que provocan espanto. Lo que antes era una melodía reconocible se ha convertido, para muchos, en un ruido constante de violencia, incertidumbre y miedo.

Entonces surge otra pregunta cuando uno se encuentra con su generación—quizá más íntima—: ¿qué les dirás a tus hijos cuando crezcan? ¿De qué pasado se levantarán los recuerdos?

Hubo un tiempo en que las tardes se estiraban hasta altas horas de la noche. Jugábamos al bote pateado, a las escondidas en la calle. Nos comunicábamos con un hilo de nylon que sostenía la voz entre dos botes de aluminio, repitiendo el mensaje para que no se descompusiera, como en el viejo juego del teléfono descompuesto. Pasábamos largas jornadas contándonos historias de espanto, riendo, corriendo, inventando mundos en la calle.

Hoy, cuando intentes contarles ese pasado, quizá te miren con extrañeza. No porque no quieran imaginarlo, sino porque su realidad es distinta. Su juego se limita muchas veces a las pantallas, y la calle —ese espacio que antes era territorio de la infancia— se ha ido cerrando poco a poco.

Así, mientras pasan los años, no solo envejecen quienes recuerdan. También se erosiona el país que habitaban esos recuerdos.

La calle dejó de ser el lugar donde comenzaba el mundo. Hoy, para muchos padres, se ha convertido en un espacio que se mira con recelo. Las puertas se cierran más temprano, los juegos se trasladan al interior de las casas y la infancia aprende demasiado pronto a convivir con la palabra miedo.

Así crecen nuevas generaciones que ya no conocerán del todo esa libertad sencilla de correr hasta que oscureciera, de apropiarse de la banqueta como territorio de aventuras o de regresar a casa cuando las luces de la calle se encendían. Crecen en un país donde el espacio público se ha ido reduciendo, como si cada año se le arrancara una pequeña porción de confianza a la vida cotidiana.

Con el tiempo, esa erosión deja huellas más profundas. No solo cambia la manera de jugar o de habitar la ciudad; también modifica la manera de imaginar el futuro. Muchos jóvenes comienzan a mirar más allá de las fronteras, preguntándose si el lugar donde nacieron puede ofrecerles aquello que alguna vez prometía: seguridad, oportunidades, una vida que no tenga que vivirse a la defensiva.

Y entonces ocurre otro tipo de despedida, más silenciosa. No es la del niño que deja de jugar en la calle, sino la del joven que un día hace las maletas y se marcha. Se va buscando algo que su propio país ya no supo garantizarle: tranquilidad para caminar, certezas para construir una vida, un horizonte que no esté marcado por la sospecha o el miedo.

Así, poco a poco, el país no solo pierde la música de sus calles; también pierde voces. Voces que crecieron aquí, que aprendieron aquí sus primeras historias y que, sin embargo, terminan buscando en otra parte la melodía que ya no logran escuchar en casa.

Porque cuando un país obliga a sus jóvenes a buscar futuro lejos de casa, algo más profundo que la nostalgia se ha quebrado. No se trata solo de calles vacías o juegos que ya no existen; se trata de una generación que crece aprendiendo que la esperanza puede estar en otra parte. Y un país que pierde a sus jóvenes —que pierde su confianza— no solo pierde población: pierde también el sonido de su propio porvenir.

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