Emociones del personal de un hospital
Guardias interminables, decisiones bajo presión y contacto constante con el dolor humano marcan la vida emocional del personal de urgencias.
POR NADIA MENÉNDEZ DI PARDO
A partir de una entrevista realizada a personal de urgencias, se confirma que trabajar en este servicio no implica únicamente atender casos graves, sino vivir de manera constante en estado de alerta. Cada turno exige decisiones rápidas, presión extrema y contacto directo con el dolor humano.
En este contexto, las emociones no son un elemento secundario, es decir forman parte del trabajo cotidiano. Diversos estudios han demostrado que el personal de urgencias —médicos, enfermeras, técnicos y personal de apoyo— experimentan altos niveles de agotamiento emocional. (Gómez-Urquiza et al 2017), en un meta-análisis, es decir, en lugar de basarse en el análisis de un solo hospital o un país, el meta-análisis integra múltiples investigaciones de diferentes hospitales, de distintos países o localidades para identificar patrones de comportamiento.
De acuerdo con Gómez Urquiza en un estudio realizado con más de mil quinientas enfermeras y enfermeros de urgencias, encontraron que alrededor de un tercio presentaba niveles altos de agotamiento emocional o despersonalización. Esto no significa simplemente “estar cansado”, sino sentir que la energía emocional se agota de forma persistente. Es decir trabajar en un estado de alarma permanente conlleva a que el cuerpo funcione muchas horas en “modo emergencia”. La adrenalina ayuda a reaccionar con rapidez, pero cuando esa activación se vuelve constante, el desgaste aparece. Demerouti et al. (2001) y Bakker y Demerouti (2013) explicaron que cuando las exigencias del trabajo superan los recursos disponibles —como apoyo, descanso o reconocimiento— el riesgo de agotamiento aumenta significativamente. En términos emocionales, esto se traduce en una sensación de saturación.
El profesional puede comenzar el turno con compromiso y terminarlo sintiéndose vacío, agotado y frustrado y con el paso del tiempo; ese sentimiento puede volverse habitual. Además del cansancio, existe otra experiencia frecuente, el impacto emocional del sufrimiento de otros. Jiang y colaboradores (2024) describen cómo la exposición repetida al trauma y al dolor puede generar lo que se conoce como estrés traumático secundario.
El personal no es quien sufre el evento directamente, pero al presenciarlo y experimentarlo una y otra vez, puede desarrollar insomnio, irritabilidad o tristeza persistente. Trudgill, Gorey y Donnelly (2020), al analizar estudios en Canadá y Estados Unidos, estimaron que cerca del 18% del personal de urgencias presentaba síntomas compatibles con trastorno por estrés postraumático.
Detrás de esa cifra hay experiencias concretas: reanimaciones fallidas, muertes y accidentes graves o fatales. Esto puede generar un impacto psicológico negativo de forma permanente.
A su vez la frustración de los pacientes y familiares puede transformarse en agresión hacia el personal. De Carvalho y colaboradores (2025) documentaron que la violencia laboral en urgencias no es un evento aislado, sino un riesgo frecuente que incrementa el estrés y el desgaste.
Paralelamente, Edrees y otros investigadores (2016) describieron el fenómeno del “second victim”, es decir profesionales que, tras un evento adverso, experimentan culpa, vergüenza o dudas sobre sus capacidades individuales. Aunque el error no sea producto de negligencia, el impacto emocional puede ser intenso.
Se ha discutido que si el profesional en cuestión no cuenta con un espacio para hablar de lo ocurrido, la carga se incrementa emocionalmente. El trabajador continúa con su turno, pero internamente puede sentirse afectado durante semanas, meses o incluso años. En México, la NOM-035-STPS-2018 es una norma Oficial Mexicana de la Secretaría del Trabajo que obliga a las organizaciones a identificar, prevenir y atender riesgos psicosociales y eventos traumáticos en el trabajo.
Asimismo, el IMSS (2020) ha señalado que tras crisis intensas pueden aparecer miedos, alteraciones del sueño y dificultad para concentrarse. A pesar de estas dificultades, muchas personas permanecen en urgencias por vocación. Hetherington y colaboradores (2024) describen cómo el personal vive una tensión constante entre compromiso profesional y cansancio. Sin embargo, cuando la carga es excesiva y no existen suficientes apoyos, el equilibrio se rompe.
Naidoo y Schoeman (2023), en un hospital sudafricano, encontraron que casi la mitad del personal de urgencias presentaba niveles elevados de burnout. Organismos internacionales como la OMS (2024) enfatizan que aminorar las cargas de trabajo, fortalecer liderazgo y reducir violencia son medidas esenciales para proteger la salud emocional del personal.
De Lima García y colaboradores (2019) mostraron que el burnout no sólo afecta al profesional, sino también al cuidado brindado al paciente ya que alguien que no logra dormir después de una guardia difícil, o quien duda de sí mismo tras un evento crítico, necesita apoyo pero a veces no sabe cómo solicitarlo o expresarlo.Al mismo tiempo de acuerdo con Jiang et al. (2024) señalan que algunas personas, tras enfrentar experiencias intensas, desarrollan mayor empatía y claridad sobre lo que valoran en su propia vida.
El trabajo en urgencias está atravesado por emociones intensas: miedo, tristeza, enojo, frustración y también orgullo y sentido de propósito. La evidencia científica —desde Gómez-Urquiza et al. (2017) hasta Trudgill et al. (2020) y Naidoo y Schoeman (2023)— muestra que el desgaste es frecuente y real. Reconocer estas emociones nos permite comprender que el personal de urgencias de un hospital, en cualquier espacio geográfico necesita condiciones adecuadas para sostener su labor.
Por lo que cuidar al personal de urgencias implica escuchar, acompañar y, sobre todo, mejorar las condiciones en las que trabaja para así mantener la salud emocional de quienes, cada día enfrentan la incertidumbre, la tensión, el estrés, el cansancio, la impotencia y la ansiedad bajo presión.

















