Ciudad de México, septiembre 30, 2020 11:01
Dinorah Pizano Osorio Opinión

Las graves cifras de la deserción escolar

De acuerdo con la SEP, en nivel básico la deserción en el ciclo escolar 2019-2020 alcanzó 10% de la matrícula. Esto significa dos millones 525 mil 330 alumnos de preescolar, primaria y secundaria.

POR DINORAH PIZANO

Una de las más complejas y dolorosas consecuencias de la pandemia, es sin duda la que involucra a la educación, cuyos indicadores previos a la crisis ya revelaban graves rezagos.

La denominada “nueva normalidad” para describir una nueva realidad con elementos necesarios para sobrevivir y poder convivir con el Covid-19, ha resaltado la enorme carencia de la educación pública.

Para enfrentarla, una de las herramientas que la contingencia ha develado en el mundo entero, y en especial para continuar con el proceso de enseñanza aprendizaje en el nuevo ciclo escolar para niñas, niños, adolescentes y personas jóvenes, es sin duda la tecnología.

Frente al enorme reto de no interrumpir y garantizar el proceso educativo y sobretodo, de preservar la salud de estudiantes, docentes y personal administrativo, el Estado por conducto de la Secretaría de Educación Pública (SEP), promovió que el contenido curricular de los grados preescolar, primaria, secundaria y bachillerato, se transmitieran por las principales cadenas televisivas.

Sin embargo y a pesar de tan notable medida, la deserción escolar es uno de los principales problemas a enfrentar durante el arranque del ciclo escolar 2020-2021, ya que a pesar de lograr acercar los contenidos educativos a la mayoría de los estudiantes del país, no es posible cambiar la realidad que viven niñas, niños, adolescentes y jóvenes, en sus propios hogares.

Miles de niñas y niños permanecen en casa siendo víctimas de abusadores. Un gran número de adolescentes presencian actos de violencia intrafamiliar. Hijos e hijas mayores que deben quedarse a cargo de los menores mientras sus padres salen a conseguir el sustento.

Niñas, niños y/o jóvenes han tenido que salir a trabajar, para contribuir con el gasto de una familia cuyos padres están desempleadxs o han reducido significativamente sus ventas en el comercio informal.

Lo anterior en medio de pobreza extrema, violencia intrafamiliar, abuso sexual, inseguridad, desnutrición, carencia de servicios básicos, falta de atención médica y seguridad social. Alcoholismo, drogadicción, vandalismo, factores todos que vulneran aún más su precario entorno.

Por si todo lo anterior fuese poco, otro creciente y gravísimo factor relacionado con la deserción escolar, es el embarazo de niñas y adolescentes.

Según el Consejo Nacional de Población (CONAPO) “los casos aumentarán a más de 21 mil 500 embarazos adolescentes entre 2020 y 2021, mismos que se agregarían a los de más de 300 mil adolescentes de entre 15 y 19 años, y de alrededor de 5 mil menores de 15 años que se convierten en madres anualmente en el país” asegura Nadine Gasman, titular del Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres).

Más aún.  A pesar de que las y los estudiantes no se encontraran en los supuestos anteriores, en muchos de sus hogares no cuentan con aparatos de televisión, de cómputo o con señal de internet, lo que también les imposibilita atender las clases por televisión o virtuales.

Menos de cinco meses ha tomado a la crisis pandémica, arrebatar de la escuela a casi tres millones de estudiantes.

La SEP indicó que en nivel básico la deserción en el ciclo escolar 2019-2020 alcanzó 10% de la matrícula. Esto significa dos millones 525 mil 330 alumnos de preescolar, primaria y secundaria.

El nivel medio superior, es el que tiene una mayor tasa de abandono escolar, con un registro de 12.9% durante el ciclo escolar 2018-2019, la más alta del sistema escolarizado en México.

En educación superior el abandono se calcula en 8%, 305 mil 89 universitarios.

Además, proyecta que 800 mil de los alumnos que concluyen secundaria no se inscribirán al nivel bachillerato, lo que representa cuatro de cada 10 jóvenes.

Por su parte la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), asegura que la pandemia provocará que “los niños y niñas de más bajos recursos tengan casi cinco veces más probabilidades de no regresar a la escuela primaria que los estudiantes con más recursos”.

Ciertamente el fenómeno de la deserción escolar no es nuevo. Según el estudio ‘Panorama de la Educación 2013’, México ocupó el primer lugar, a nivel mundial, en el número de desertores escolares de 15 a 18 años.

Lo que sí debiera ser novedoso, es el interés que como sociedad deberíamos ponerle a esta tremenda situación.

La crisis humanitaria que vivimos,  puede y debe abrir paso a la posibilidad en la construcción de una realidad más igualitaria, dando un especial  reconocimiento a la solidaridad y la interdependencia como lazos sociales.

Por citar sólo un brillante ejemplo y en una lógica de participar y hacer la diferencia por medio de la organización como un llamado a la acción, un grupo de jóvenes universitarixs idearon la iniciativa ‘Laptops con Causa CDMX’ (informes en la página de Facebook) en la que hicieron un llamado para que aquellos que tuvieran en sus hogares algún sistema de cómputo que aún funcione, pueda donarlo a estudiantes de bachillerato y universidad que no cuenten con tal herramienta.

Si las y los adolescentes y personas jóvenes buscan reconocimiento, orientación y apoyo, este tipo de iniciativas contribuyen a fortalecer su autoestima, su conocimiento de sí mismos y su sentido de pertenencia e identidad.

Lo anterior sólo puede lograrse a través de la consideración de las y los estudiantes como un importante y no renovable potencial activo de la sociedad.

Es menester superar la inacción e involucrarnos como sociedad en acciones que por sencillas que parezcan pueden empezar a hacer la diferencia.

No podemos conformarnos con esperar a que el Estado resuelva una circunstancia que por devastadora le rebasa.

Podemos y debemos como ciudadanxs construir oportunidades para una acción transformadora en medio del desastre. La parálisis y la apatía son criminales en estas circunstancias.

El COVID-19 y sus implicaciones nos siguen enseñando que es nuestra obligación tratar de influir en los procesos sociales y políticos, así como exigir que las agendas públicas se alineen a las necesidades de niñas, niños, adolescentes y jóvenes, y su educación, como una prioridad para nuestro país.

Solo trabajando en conjunto por la defensa de lo común y la recreación de otro, fortaleciendo nuestra corresponsabilidad en lo que acontece a las y los estudiantes como la transformación de las relaciones sociales, encontraremos la clave de justicia social y del reposicionamiento de nuestra visión coeducadora.

Obra de tal manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica sobre la tierra.’ Hans Jonás.

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