Ciudad de México, diciembre 3, 2020 05:24
Libre en el Sur

Habla el vocero del Dalai Lama desde los Himalaya: 'Fui torturado y perdoné'

El monje tibetano Ven Bagdro recibe a Libre en el Sur en su modesto albergue en Los Himalaya, a 500 pasos de donde vive en exilio el 14 Dalai Lama desde 1960. Él sufrió torturas indescriptibles y vio cómo asesinaban a una niña durante cierta manifestación por la liberación del Tíbet. Pero convirtió el rencor en espíritu de paz a favor de la causa.

Francisco Ortiz Pardo

Dharamsala, India- Un anciano trigueño y de ojos rasgados está sentado sobre ladrillos al pie de las escalinatas de la vecindad. “¿México?, oh, es más grande que la casita que estoy construyendo”, dice risueño al señalar un pequeño cuarto en obra negra. “Pase, pase, bienvenido”, ofrece bondadoso y sencillísimo, como la mayoría de los más de diez mil tibetanos que viven refugiados en esta localidad incrustada en Los Himalaya. El lugar es tan modesto y gris como fascinante; recompensan las banderitas con los cinco colores del Tíbet que cuelgan de la azotea y las montañas infinitas que rodean con verdores variopintos. Unos ochenta escalones estrechos separan la calle del cuarto de cinco por cinco metros en el que vive uno de los más emblemáticos personajes de la lucha por la liberación del Tíbet: Ven Bagdro, vocero del 14 Dalai Lama.

En 1950, el líder comunista chino Mao Tse Tung (o Zedong) ordenó la invasión del Tíbet y 15 años después, en el marco de la Revolución Cultural, desposeyó de las tierras a los lamas e introdujo la educación secular. El mayor líder espiritual, el Dalai, huyó en 1959 tras frustrarse una insurrección y un año después encontró asilo en estas tierras. Hijo de un monje budista, Ven Bagdro nació en 1970 en una pequeña villa tibetana de 265 personas llamada Gyepa, La miseria en que vivía su familia lo obligó a terminar la escuela pidiendo comida en la calle. Incluso vio morir de hambre a un hermano suyo. En 1985, a la edad de 15 años, se volvió monje, aún sin saber nada del Dalai. “Estaba muy contento porque en el monasterio me daban comida y educación”, recuerda ahora con sonrisa breve y mirada traviesa.

El mundo aún no lo conocía cuando fue arrestado por policías chinos en abril de 1988, tras su participación el 5 de marzo en el Festival por Buda realizado en la capital tibetana de Lhasa. Sabía a lo que se enfrentaba, pues la ciudad estaba tomada por 500 mil soldados: “Voy a ir a Lhasa y voy a morir por mi país”, escribió a sus padres. “Yo estaba cerca de una niña de 12 años a la que le dispararon en el corazón”, cuenta ahora, todavía acongojado. De un monje común pasó a la plana mayor, al ser considerado por el gobierno de China un “terrorista”, bajo el invento de que había asesinado a un oficial. Fue condenado a tres años de prisión. “Al llegar a la cárcel me golpearon unos 20 policías; me hirieron en la cabeza con la cacha de una pistola”, describe Bagdro con voz ligera y pausada sentado en un colchón que a la vez es su cama. Detrás de él hay una diminuta estufa con pocillo para el té y un librero retacado. Lo demás son cojines para sus invitados.

Su relato es desgarrador: “No me permitían dormir y me tuvieron de pie toda la noche. Al día siguiente me llevaron al lugar de interrogación; querían saber quiénes colaboraban conmigo. Entonces recibí electroshocks en la boca y los oídos y me introdujeron instrumentos metálicos. A veces tenía que quedarme cuatro horas en el hielo (en un lugar al que los chinos llamaban “el jardín”, en la zona gélida de Los Himalaya), o me quemaban con cigarros y cortaban con vidrios rotos en las rodillas. Comencé a tener problemas mentales”. El monje se detiene apenas cinco segundos. Estrecha sus pómulos con los ojos y traga saliva. “Hace 50 años perdimos nuestro país”, suelta. “Ahora todo es diferente allá: la cultura, las tradiciones, el idioma, pues el gobierno chino ha impuesto sus formas. Convirtieron nuestros textos antiguos en papel de baño… ¡una historia de cuatro mil años!”.

Al salir de prisión Bagdro pesaba 39 kilos. Con el cuerpo como hilacho cruzó durante tres meses las montañas hasta llegar a Dharamsala. “En 21 años no he visto a mis padres ni a mi familia”, dice con los ojos húmedos de tristeza. El odio lo embargaba entonces. Había visto cómo arrojaban a los monjes desde las azoteas de los monasterios, cómo usaban a los tibetanos para las pruebas de laboratorio académico, cómo violaban a las mujeres… Tan pronto se recuperó físicamente acudió con el Dalai Lama. Le pidió tomar las armas, no dejarse más de la represión china. “Todo sería peor”, fue la respuesta rotunda del líder espiritual. “¿Por qué ese odio no lo conviertes en una voz que clame a favor de nuestra causa en el mundo?”, le propuso. Desde entonces, Bagdro ha escrito una decena de libros y realizado alrededor de 90 visitas por diferentes países, incluida su participación ante el Parlamento Europeo. “Ahora sé que el Dalai tenía razón: entiendo que la violencia no cambia nada, todo lo empeora”; eso, con todo y que, afirma, Lhasa “vive hoy tiempos similares a los de los nazis”.

Para poder perdonar, Ven Bagdro practicó meditaciones durante largos años, con paciencia. “No es fácil, trabajamos paso a paso, aceptamos las emociones negativas para cambiar. El budismo tibetano no produce nada hacia afuera, todo el trabajo es interior”, explica. “La gente rica, como los famosos del mundo, de Hollywood, no son felices. Muchos tienen cáncer de tanto pensar, o usan drogas y se destruyen. Compramos cosas que después de unos días ya no nos gustan y entonces necesitamos otras. Esto distorsiona la paz de la mente: Mientras no cambiamos seguimos pensando ‘ésta es mi casa, mi propiedad, yo,yo,yo…’. Pero cuando cambiamos, la vida tiene otro significado”.

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