Ciudad de México, mayo 13, 2021 04:10
Mariana Leñero Opinión

Historias del pasado sentidas en el presente

Los recuerdo viviendo una religión dedicada a la acción y cuestionando a la Iglesia en función de la jerarquía eclesiástica. Creo que el hilo conductor de sus creencias, los llevó a vivir una vejez con admirable fe.

POR MARIANA LEÑERO

En honor a mi madre, Estela Franco, quien participó en la escritura de esta historia.

Mis padres se conocieron cuando mi madre visitó la Casa de la Juventud, lugar donde se reunía un grupo de jóvenes de la Acción Católica. Mi padre jugaba domino mientras mi madre vendía boletos para una rifa rodeada de jovencitos babeando por ella. Desde que mi padre la vio, nos contaba, se enamoró de ella. Sabía que no tendría oportunidad pero se animó a acercarse.

–Cuánto cuestan los boletos, preguntó.

–25 pesos –Contestó mi madre mostrando sus ojos enmarcados por sus pestañas coquetas.     

–Yo con eso me tomo dos cafés.  Se dio la vuelta y se fue.

Y desde ahí comenzó su historia. En menos de un año y medio de noviazgo, el 18 de julio de 1959, se casaron.

Durante su noviazgo se salieron de la Acción Católica. Su religiosidad la vivían diferente. Ambos decían que lo mejor que les dio la Acción Católica fue salirse de ella porque de ahí partieron hacia su propio camino dentro de la religión.  

Los recuerdo viviendo una religión dedicada a la acción y cuestionando a la Iglesia en función de la jerarquía eclesiástica. Creo que el hilo conductor de sus creencias, los llevó a vivir una vejez con admirable fe. Cada uno con una forma distinta de vivir la religión, pero complementaria. Mi madre más espiritual y mi padre más conceptual.  

En la época en que se casaron, mi padre estudiaba ingeniería y mi madre psicología.  Mi padre era, como una vez nos contó, además de malo y poco exitoso: miserable. Mi abuelo no le permitió dedicarse a la escritura aun cuando había demostrado tener talento y ganarse becas para dedicarse a escribir.

Siempre tendré grabada la historia que nos contaban. Regresando de su luna de miel mi padre le dijo a mi madre que lo único que le pesaba era tener que volver a trabajar de ingeniero. Sin titubeos mi madre le contestó. “Pues déjalo y nos arreglamos con lo que tengamos. Tú te dedicas nada más a escribir, que es lo que te gusta”. Mi padre siempre se lo agradeció.

No recuerdo que mis padres hablaran de lo difícil que fue esa época, lo apretados que estaban de dinero. Pero mi madre sigue diciendo que nada les faltaba.  

Mi padre llegó a tener hasta cinco trabajos. Mi madre estudiaba y trabajaba y aportaba para la mayoría de los gastos familiares.  Algo que no era común en esa época por más absurdo que parezca.

Respecto a nuestra educación, mis hermanas estudiaron en escuela de monjas. Yo desde la primaria entré al Colegio Madrid, una escuela laica con una postura ideológica en contra de la Iglesia, que como se sabe, jugó un papel horrible durante la Guerra Civil Española.  Lamentablemente mis hermanas entraron al Colegio Madrid demasiado tarde; cursaron ahí solamente la secundaria y la preparatoria.   

Resulta peculiar que aun cuando yo no fui educada en una escuela de monjas, participé activamente y durante 8 años en el Movimiento de Juventudes Cristianas: MJC. Una época fundamental para mí. Experiencias y amigos que siempre formarán parte de mi vida.

El feminismo fue una intervención importante en la vida de mis padres. Con la educación conservadora de ambos, mi madre realizó cambios fundamentales en su relación y el papel que jugaba la mujer en la vida de pareja. Esto provocó una época de crisis, de la que pudieron salir y permitió educarnos de una forma libre y completa.

Este cachito de la historia de nuestros padres forma parte de nuestra herencia, guía en mi camino. Ahora que nos ha tocado despedirnos de la Casa de Cuernavaca y sus objetos materiales, hay que regresar a lo esencial. Su historia, sus enseñanzas, sus decisiones, su valentía, su amor. Herencia que no se reparte ni se regala sino que se atesora hasta la eternidad. 

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