Ciudad de México, mayo 20, 2024 19:04
Nancy Castro Opinión

La indiferencia

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“En un siglo en el que tan atentos estamos con la sensibilidad de los sensibles  y comprometidos con los disidentes y sus disidencias, el odio perpetrado en las redes a comunidades como la transgénero o la que la misma comunidad feminista propaga y robustece con su discurso homófobo…”

POR NACY CASTRO

MADRID. La indiferencia, un común denominador de nuestro siglo, tiene medidas y valores. La virtualidad favorece los ánimos de quien es sujeto de impresiones fuertes: las guerras, las miles de muertes que nos exhiben a diario y los casos sangrientos que ponen nuestros nervios a patinar. No a todos nos interpela de la misma manera los sucesos cotidianos, desde la experiencia propia reaccionamos. Cada uno desde su isla virtual atiende su propio dolor, y las tantas cosas a resolver en el día a día nos hacen ocuparnos de otras cosas, las nuestras por supuesto. Pero muy poco reaccionamos a lo que ocurre a nuestro alrededor.

Es extraño aseverar que somos indiferentes a los acontecimientos donde las injusticias o las catástrofes ponen en desventaja la integridad humana.

¿El dolor es político? O dicho de otra manera, ¿negocian con los mecanismos que detonan nuestro dolor para hacernos sentir pena, manipularnos  y mantenernos imbuidos por sus provocaciones y hacer que la noticia que les interesa promover, toque nuestras fibras más sensibles?

Porque lo más importante del día a día es mantenernos enganchados al maremágnum. El ranking de nuestra pena, se mide por el tiempo y valor que dura en las redes la noticia.

Vivimos embutidos en nuestra isla, aislados, encerrados en la virtualidad…

La mercadotecnia del dolor es cronometrada  desde que deslizamos el dedo para navegar por la virtualidad, para cuando  aterrizamos en la realidad, es tanto el embotamiento que ya estamos anestesiados ante el mecanismo de sentir empatía con lo que ocurre en nuestra proximidad. Reaccionamos a la máxima de la indiferencia, si no lo veo no lo recuerdo, si no  lo recuerdo no sucede.

No es que seamos indolentes con lo que  ocurre a escasos metros de nosotros, por ejemplo a nuestros vecinos que ni siquiera sabemos qué les ocurre, es porque no nos interesa conocerlos. Vivimos embutidos en nuestra isla, aislados. Encerrados en la virtualidad. Protegiéndonos del dolor real, el que se vive a pie de calle, el que anda y circula por casa, el que se siente pero no sabemos procesar  por el vendaval de desastres narrados a toda velocidad,  que se transforma en un ruido de fondo por la cantidad abrumadora de información y la rapidez con la que se propaga.  El filósofo Byung-Chul Han en su libro La sociedad paliativa sostiene que vivimos en una sociedad que ha  desarrollado fobia al dolor, sostenida en el imperativo Sé feliz. La propia vida, dice “tiene que poder subirse a Instagram es decir tiene que carecer de conflictos que pudieran ser dolorosos. Ese miedo al dolor acarrea una anestesia permanente”.

En un siglo, en donde tan atentos estamos con la sensibilidad de los sensibles  y comprometidos con los disidentes y sus disidencias, el odio perpetrado en las redes a comunidades como la transgénero o la que la misma comunidad feminista propaga y robustece con su discurso homófobo. Un alto porcentaje de las redes lejos de fortalecer la red de apoyo, propaga odio e insensibilidad por lo humano y sus diferencias.

En una sociedad envejecida como la española mueren en soledad decenas de personas mayores al año. El pasado 14 de febrero en Cáceres un hombre de 77 años fue encontrado en estado de descomposición, el mal olor alertó a los vecinos quienes avisaron a los bomberos. En 2023 aumentó un 39% de muertes en soledad en toda España.

La indiferencia nos arrastra a miserias formidables, nos hace estar de cara a la galería con más atención, ser empáticos con lo que nos muestran en la televisión o en las redes sociales. Las desgracias causadas por el huracán Otis en Acapulco llevaron a movilizar a la sociedad mexicana, incluso extranjera. Hasta artistas pusieron su granito de arena para volver a construir Acapulco. Pero ante la devastación que le ocurre a miles de familias en México por los más de 3000 feminicidios al año, — no digamos de las desapariciones—no se aporta nada, ni apoyo por parte del estado, ni qué decir por parte del poder judicial, porque como ya es normal que ocurra, pues ya para qué se apoya.

Vivimos una encrucijada en la que convergen la indiferencia, el odio y la falta de empatía. Entonces habría que preguntarse, si de estos tres monstruos se valen los grandes manipuladores de la mercadotecnia digital, para hacer que las generaciones que vienen detrás cimenten sus valores y edifiquen su vida.

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