Ciudad de México, mayo 13, 2021 03:25
Mariana Leñero Opinión

Mirando desde la ventana

Siempre hubo en ellos no solo una complicidad asombrosa,  sino también una cotidianidad que aromatizaba toda la casa. A veces podía olerla sin esfuerzo; otras la  imaginaba detrás de la ventana.

POR MARIANA LEÑERO

Llevo varios días pensando en mis padres y en todo lo que construyeron juntos. Cierro los ojos y  los veo bien clarito: sentados en el comedor compartiendo el desayuno.  Caminando por las calles de San Pedro después de la comida. Acostados en la cama viendo sus noticieros nocturnos favoritos. Sentados en la sala de la casa platicando y platicando sin parar.

En mi memoria están presentes los días en Cuernavaca donde se preparaban leyendo libros sobre espiritualidad y muerte. Ellos nos comentaban que se estaban preparando para recibir con dignidad y confianza la vejez y la posibilidad de morir. Ahora compruebo que uno nunca está preparado. Cuando la muerte pega, pega y pega duro. Sin embargo, debo reconocer que mientras lo hicieron fueron privilegiados porque su fe les permitía hablar del tema con envidiable profundidad y confianza.

Es difícil olvidar la dinámica que creían ocultar cada vez que jugábamos barajas en Cuernavaca. Si mi madre necesitaba una carta, pero que “por derecho” le tocaba a mi padre, lo convencía con facilidad.  Pero Chentito esa me sirve”.  Mi padre fácilmente se la cedía pese a que todos reclamábamos la trampa. 

Por su parte mi madre tenía el don de acompañar y comprender a mi padre en sus episodios de ansiedad. Principalmente cuando se trataba de viajar. Con calma llegaban al aeropuerto  5 o 6 horas antes de su vuelo. Para no perder el avión, decía mi madre con una sonrisa llena de ternura.

Siempre hubo en ellos, no solo una complicidad asombrosa,  sino también una cotidianidad que aromatizaba toda la casa. A veces podía olerla sin esfuerzo; otras la  imaginaba detrás de la ventana, pero había días que me encontraba a puerta cerrada a la que era difícil entrar.  Una relación introvertida hacia el exterior, inclusive con sus hijas, o al menos así lo recuerdo. Pero he de aceptar que cuando tocabas la puerta siempre la abrían. 

Las dos casas en las que vivían: la de México y Cuernavaca los hizo cómplices constantes, aventureros buscando tesoros; en su mayoría antigüedades. Solo les faltaba la sombrilla y el traje de baño para reconocerlos como turistas disfrutando juntos una mañana cualquiera.

Cuando cierro los ojos me es difícil recordar pleitos entre ellos. Mi madre decía que  por largos años tuvieron fuertes diferencias pero las resolvían a puerta cerrada.  Esta postura de “no discusión” afectó mi capacidad para enfrentar, sin tanto drama, los desacuerdos. Por mucho tiempo tuve la sensación que pelear era traición y que las discusiones debían acabar con puntos finales y con la frase de: “vivieron felices para siempre”.  Parte de las dificultades que aparecieron al principio de mi relación con Ricardo fue mi resistencia por comprobar que eso no existía.  En su casa  en cambio se gritaban y se mentaban madres sin escrúpulos y todo pasaba tan rápido como cuando se acababan su cigarro.

Sobre los eventos de mi infancia y vida en familia recuerdo poco.  Es probable que era demasiado pequeña. Lamentablemente para cuando tuve la memoria preparada para atesorar recuerdos con más certeza,  mis hermanas estaban ya con un pie en la calle y cortando el cordón umbilical de tajo. Sin embargo,  gracias a los álbumes que mi padre le hacía a mi madre,  he podido traer a la mente recuerdos sobre nuestra vida familiar.  Álbum por hija, álbum por viaje, álbum por evento. Cargados de  fotos, recortes, frases, chistes y dibujos.

Siempre se me encoge el corazón cuando reconozco el dolor que dejó la muerte de mi padre en mi madre. Luego escucho la voz de su alma; tomo aire  y recuerdo lo feliz que fueron y  todo lo maravilloso que construyeron juntos. Ahí está el tesoro. Un tesoro eterno que no desaparecerá ni con la muerte.

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