Ciudad de México, abril 20, 2021 14:17
Opinión Rebeca Castro Villalobos

Mis muñecos

Actualmente creo tener más de un centenar de Snoopys, de todo tamaños y apariencias: de peluches, plástico, tela, estambre, de papel, lápices; con indumentarias que van desde rockstar, astronauta, policía, cocinero, pintor, bufón, bombero… ¡ufff!

POR REBECA CASTRO VILLALOBOS

Desde niña tome gusto por los muñecos, aunque en ese entonces no había un prototipo en especial.  Así fueran de peluche, de plástico o de tela, eso sí,  siempre tuve a mis consentidos. Recuerdo, y mi hermano Arturo lo hace más seguido cuestionando continuamente cuál fue su paradero: Israel (por la serie de La pequeña casa en la pradera); Carlitos, un oso viejo relleno de aserrín que se le salía de un pequeño orificio que tenía en su panza y que supuestamente perteneció a uno de mis hermanos y de ahí el  nombre. Otro fue Tabo. Así de simple.

Ellos, como otros más que se sumaron a la colección infantil, se encargaron de acompañarme una noche a un sanatorio en la vecina ciudad de León, para que me extirparan las amígdalas a la edad de diez o once años, operación de la cual yo tenía un gran miedo. Y a tanta insistencia mía, mis padres dejaron que ocuparan toda la parte trasera de la camioneta Rambler que manejaba diestramente mi madre en carretera. Lógico, a nuestro arribo al nosocomio me impidieron que los muñecos ingresaran conmigo. A según no era nada higiénico que estuvieran a mi lado después de la intervención y mucho menos que compartieran conmigo los vasos de nieve de limón que por prescripción tuve que chutarme durante la mañana del día siguiente, antes de darme de alta.

A la lista de esos juguetes (la verdad no encuentro un sinónimo que les haga justicia), conforme crecía yo, se tenía que ampliar el espacio de la recámara que compartía con mi hermana Patricia. Sabía que no era un simple gusto de infancia. Cuando me festejaron mis quince años en casa de mis padres, los obsequios que predominaron fueron muñecos. A propósito de mi incursión en la llamada edad de las ilusiones, como regalo solicité un viaje por un año en los Estados Unidos, concretamente en Denver y, claro, tenía que llevar como acompañante durante esa larga estancia a alguno de mis preferidos, recayendo la suerte en Carlitos, a quien por supuesto tuvieron que intervenir  para sanar su hoyo en la panza antes de abordar el avión.

Durante mi permanencia en el vecino país, para la Navidad llegó un Teddy Bear regalo de mi hermana postiza, quien siempre criticaba a Carlitos intentando que dejara a un oso por otro, lo cual no sucedió. Sin embargo fue en esa travesía cuando tuve mi primer Snoopy, personaje que he de confesar obtuvo desde entonces toda mi atención y predilección hasta la fecha. “Sir Snoopy”, como se llama por ser el más antiguo (o mayor) de una gran camada de perritos de peluche, me fue regalado por una familia que en una excursión estudiantil nos dio hospedaje en sus cabañas. A la hora del desayuno comunitario lo descubrí sentado en un sillón. Su aspecto distaba de ser recién adquirido, no obstante para mí era tan atractivo que cuando abandonamos el lugar la encargada del hostal corrió a entregármelo como un recuerdo de esa aventura.

Actualmente creo tener más de un centenar de Snoopys, de todo tamaños y apariencias: peluches, plástico, tela, estambre, de papel, lápices; con indumentarias que van desde rockstar, astronauta, policía, cocinero, pintor, bufón, bombero… ¡ufff!  Además de ocupar la mitad de mi cana y un mediano sillón de mi recámara, colman un llamativo juguetero de madera que se encuentra en el cuarto de la televisión y desde donde escribo este texto. Por cierto, echándole en este momento un ojo, me doy cuenta que ya es más que necesario desempolvar ese sitio. Es cuando más extraño la asistencia de Rosa, la doméstica que me apoyaba en el quehacer desde antes de la pandemia.

A mi predilección por los Snoopys se fueron agregando los personajes de Plaza Sésamo. En especial, Enrique y Beto, los cuales en algunos viajes cambiaban de nombre para convertirse en Epy y Blas, (España) o Bert y Ernie (en Estados Unidos). De esos afelpados muñecos mi acopio, a comparación, es de apenas diez, aunque tienen la cualidad de ser parlantes. Claro, si las baterías aún funcionan.

A mi hermoso juguetero se sumaron también dos muñecas de Cabash Pash, que tienen la peculiaridad de moverse y hablar. Esas chiquillas, que rompen un poco con el esquema del resto del repertorio, me fueron encargadas hace ya algunos años por mi querida sobrina (y única ahijada) Fátima, quien cuando amerita me recuerda que están en calidad de préstamo, y  que la adopción nunca se consumará.

En mi larga historia “muñequezca”, en algún momento, además de los primeros mencionados, estuvieron un Pitufo y un E.T. (regalos de mi roomie Sonia, de la YWCA), mismos que cuando deje la casa familiar se fueron a una gran caja de cartón que confirmada estoy que todavía se conserva.

Mi fascinación por esos juguetes, a quien tengo la obligación de hacerles saber  para mí son parte de una familia y los considero “mis niños”, son pues el preámbulo para notificar una buena nueva, muy necesaria en esta maldita pandemia. Se trata de sacerdotes que atraen a los niños a la misa con muñecos. En el caso del que me refiero, el presbítero Alfredo Hernández –que actualmente se encuentra en la Parroquia Santa Bárbara, Villa Guerrero, de la Diócesis de Tenancingo–,  utiliza a Enrique, el Monstruo Come Galletas y a Elmo (todos personajes de Plaza Sésamo).

Supe de la existencia del Padre Alfredo Hernández apenas el pasado lunes, al asistir virtualmente a una celebración eucarística en memoria de Gerardo Valtierra Gutiérrez, un estimado compañero de escuela y amigo, ex conductor deportivo;, quien lamentablemente perdió la batalla al virus, al que recuerdo como un gran profesionista, pero también un gran ser humano, esposo, padre, hijo y abuelo. Van desde aquí hasta el cielo, todas mis plegarias.

Indagando más del quehacer del sacerdote, en una entrevista para un portal queretano,  afirma: “El futuro de la Iglesia está en manos de los niños. De ahí la importancia de crear misas para ellos, para que vivan su religión y tengan gratos recuerdos”.  Así, pues, se ve en los videos, son los niños los que llevan a sus padres a misa. Presupongo que debido al confinamiento actualmente esas celebraciones se realizan virtualmente, esperando que tengan el mismo éxito que lo han tenido presencialmente.

Antes de concluir este texto me entero que el mismo método educativo y religioso lo realizó en su momento el Padre Cirilo Olvera en León, en el templo de María Madre. El sacerdote (del cual desconozco actualmente más detalles) era acompañado por un ventrílocuo de nombre Jonasin, (quien fue un profeta de Dios).

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