Ciudad de México, junio 24, 2024 08:19
Ivonne Melgar Opinión

Procesión de recuerdos

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

“Aprendimos a disfrutar de los romeritos, de la televisada Pasión de Cristo en Iztapalapa y de las fiestas y reuniones paganas que brotaban íntimas mientras afuera, en las calles y las avenidas, la Ciudad se volvía calma, con excepción de los cines que alguna vez tuvieron taquillas de gloria”.

POR IVONNE MELGAR

Ignoro por qué nunca le pedí ayuda a nadie para cumplir aquella ilusión de montar frente a la casa de la Avenida Las Flores una alfombra en la que lucieran el aserrín y la sal teñidos de rojo, morado, rosa y naranja.

Porque en el San Salvador de mi infancia el Viernes Santo consistía en disfrutar los cuadros que las familias realizaban sobre las calles donde pasaría la procesión ý caminar encima de ellos al llegar la tarde.

Y desde que la espera del ritual se volvió mi espera, imaginaba los dibujos que nuestra alfombra tendría; los sobres de diversos colores de añilina que compraría poco a poco en la farmacia; los días de recolección de pétalos caídos en el jardín de abuelo paterno y la calma con la que recolectaría las piedritas con las que marcaríamos el contorno.

Cada año, cuando a inicios de febrero mi mamá nos llevaba con la costurera para solicitar las prendas que estrenaríamos en Semana Santa, armaba mentalmente el itinerario de la alfombra que esta vez sí haríamos a lo largo de la calle correspondiente a la casa número 32.

Supongo que como mis padres entonces se asumían ateos, jamás me atreví a compartir aquella expectativa de involucrarnos en el Santo Entierro que, eso era evidente, implicaría gastos no presupuestados y el ser consciente y considerada en ese rubro había sido parte de nuestra educación de buenas hijas. De manera que, ahora que intento recuperar el sentido emocional de mi silencio, creo que en la balanza del gozo y del deber opté por la prudencia de encontrar una mejor ocasión para realizar ese deseo pendiente.

De manera que la feliz Semana Santa salvadoreña incluía, además del diseño mental de lo que alguna vez sería nuestra propia alfombra, las viandas de mis abuelas: torrejas con Mamá Rosita y lonjas de pescado envueltas en huevo con Mamá Angélica; alguna ida en caravana de carros al mar, con paso a las pupusas en el regreso; permiso para quedarnos a dormir en casa de nuestros abuelos maternos, con la esperanza de ver las películas mexicanas de la crucifixión, e ir al cine en el centro para ver Los diez mandamientos o Ben-Hur con nuestros abuelos paternos.

Y aunque en el tintero de las cosas que nunca fueron ni serán se quedaron los bocetos mentales del aserrín con sal firmado con los apellidos de la familia, en esta procesión de la memoria rondan ese ronroneo de alegría que las vacaciones tienen y que en los días santos tomaban, a veces, en la voz de algunos adultos que se ponían serios y culposos, tintes de prohibición.

“Niña, no saltes tanto”, recuerdo haber oído acaso un Jueves Santo. O quizá fue sábado de Gloria.

También es posible que sea un invento derivado del impacto que en los años de la Facultad de Ciencias Políticas me causó Al filo del agua de Agustín Yáñez. Lo cierto es que el rompecabezas de mis semanas santas incluye las páginas en que se narran escenas de auto flagelación. Y cómo esa lectura me trasladó a las proscripciones salvadoreñas de las carcajadas, dictadas en un diálogo en el que se los adultos lamentaban la pérdida de la tradición que, según contaron, obligaba a los creyentes a vivir la Pasión de Cristo restringiendo los placeres, incluido el del cuchicheo entre hermanas.

Teníamos más de una década de vivir en México cuando, coincidentemente, en unas vacaciones de abril, en el taller de tesis de los maestros María Luis Castro y Sergio Colmenero leímos esa novela que describía cómo se recrea en los días del sacrificio de Cristo el legado cristero.

Entendí que en esta plural y contrastante República no todo era el jolgorio chilango, aun tratándose de la santa semana, una fiesta imperdonable en los días de supuesto guardar. Porque así lo experimentamos en nuestro primer Sábado de Gloria en el Distrito Federal, en 1979, cuando los niños del edificio en la Campestre Churubusco salieron al camellón para tirarse entre sí los cumbos de agua, hasta terminar empapados, secándose al calor del sol, ya de primavera.

Y aunque fueron años de restricciones económicas, propias de unos padres todavía jóvenes que cursaban, con becas, sus estudios de posgrado, muy pronto nuestra madre decidió, ahora lo entiendo así, asimilar la cultura mexicana de la abundancia, dejando atrás las pautas de la frugalidad originaria, un cambio que me habría permitido contarle de la alfombra que quería tener en una procesión del Viernes Santo. Pero aquí, al menos en los rumbos que habitamos, otras eran las tradiciones. Y las tomamos entusiastas.

Aprendimos a disfrutar de los romeritos, de la televisada Pasión de Cristo en Iztapalapa y de las fiestas y reuniones paganas que brotaban íntimas mientras afuera, en las calles y las avenidas, la Ciudad se volvía calma, con excepción de los cines que alguna vez tuvieron taquillas de gloria, atiborrados de quienes nos quedábamos a disfrutar la pausa del tráfico, el estrés y la prisa.

Pero ese Distrito Federal en el que la Semana Santa le daba vacaciones al bullicio capitalino quedó atrás. Y si bien la pandemia nos lo devolvió de golpe, en las semanas del confinamiento, hoy hemos regresado a esta CDMX que, como bien lo dicta el eslogan de moda, “todo lo tiene”.

Una Ciudad de procesiones urbanas que a ciertas horas parecen interminables: en los transbordos del Metro o en las estaciones del Metrobús. Una Ciudad de procesiones nocturnas en el reactivado reventón a la carta y para todos los gustos. Una Ciudad de procesiones culturales en museos y exposiciones siempre con gente formada. Una Ciudad de barras de café y apasionados baristas, de bicicletas disputando el asfalto y de gastronomía de calle para todos los gustos.

Esta Semana Santa retomaré aquella ilusión de inicio de 2020 que el COVID se llevó: escudriñar terrazas en todos los puntos de la CDMX y atesorar los paisajes que la altura nos regala. Y aunque todavía es un plan íntimo y secreto, esta vez no voy a callarme las ganas de contemplar, acompañada, estas otras alfombras citadinas. Y cualquier viernes vivido así será tan santo como profano.

Compartir

comentarios

Artículos relacionadas