Venezuela: No aprender la lección es suicida
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Maduro en Nueva York. Foto: X / @EstebanPe2005
“Pretender regirse por ‘normas’ no sólo anacrónicas sino irracionales, como la Doctrina Monroe y el medieval Destino Manifiesto, podría ser hilarante si no fuera porque Trump toma en serio su vigencia”.
POR GUILLERMO FABELA QUIÑONES
Con la captura de Nicolás Maduro y su extradición a Estados Unidos comenzó una nueva era donde el multilateralismo deberá ser la norma en las relaciones entre las grandes potencias. La acción criminal, contraria al derecho internacional, del presidente Trump, bajo su perspectiva afianza la postura unilateral de su gobierno; pero lo que se apuntaló en realidad es la que sostienen Rusia y China, conjuntamente con la mayoría de naciones de todos los continentes, aunque no estén en condiciones de hacer oír su voz en los organismos internacionales, principalmente la ONU, que contribuyen a prolongar la permanencia de los remanentes del imperialismo anacrónico.
Nada justifica que una potencia invada un país, pues eso sería tanto como autorizar al más fuerte a utilizar su fuerza como si no existieran normas inviolables del Derecho internacional. En este sentido, Trump demostró un desprecio absoluto a la comunidad global, incluido su propio pueblo que añora la democracia incluyente que prevaleció hasta antes del neoliberalismo. De igual modo, dejó patente una nula visión estratégica y su vocación dictatorial en una etapa en la que no caben dictadores; no porque no puedan actuar conforme a su pensamiento y conducta autoritaria, sino por no existir condiciones básicas para su sostenimiento, mucho menos en una súper potencia que se autoerige como la democracia por antonomasia, contraria por principio a las dictaduras que aún subsisten como autarquías sin futuro.
Con su proyecto autoritario, Trump está sembrando de espinas el camino a seguir por Estados Unidos en un mundo multilateral. Esto sería inviable incluso si los beneficiarios de la economía bélica, la principal en la estructura económica de su país, quisieran seguirlo apoyando mediante un golpe de Estado. Sería la decisión más irracional jamás concebida por la clase política estadunidense; pero de Trump todo es concebible. La pregunta que conviene hacer en este momento, es si el pueblo estadunidense está dispuesto a seguir a un déspota que promete lo que es imposible de cumplir, como sí lo lograron Mussolini y Hitler después de la Primera Guerra Mundial.
La nueva grandeza que promete Trump para Estados Unidos no se alcanzará mediante la fuerza de las armas, mucho menos las de tipo nuclear. Se trata de una ilusión absurda, como muy tarde lo supieron los sátrapas europeos fundadores del nazi-fascismo. Los estadunidenses comunes deben saber que los sueños de Trump son la pesadilla más terrible que pudieran tener, no porque el poderío atómico de los arsenales estadunidenses, distribuido en sus cerca de ochocientas bases militares alrededor del mundo sea insuficiente, sino porque no se tendría una mínima posibilidad de utilizarlo plenamente. Tampoco se alcanzará con las presiones económicas unilaterales, como ha quedado demostrado con los aranceles como arma. Los resultados se le están revirtiendo, con lamentables afectaciones a los bolsillos del pueblo que paga impuestos.
Está en las manos de los estadunidenses corregir el rumbo que pretende imponer Trump a su país, inviable a corto y mediano plazos. No tiene sentido hablar de las consecuencias a largo plazo, pues este quedaría cancelado. Tampoco es viable el camino de vil piratería que quiere imponer con la anexión de Venezuela para el usufructo unilateral de sus 300 mil millones de oro negro que suman sus reservas petroleras. Es cierto que los venezolanos no han recibido ningún beneficio de tamaña riqueza bajo el subsuelo de su territorio, a partir del golpe de Estado de Hugo Chávez; pero menos lo tendría con la explotación del crudo sin otro propósito que engrosar las cuentas bancarias de los potentados de Wall Street, y las propias.
La experiencia histórica es muy ilustrativa a este respecto, son de sobra conocidos los resultados del intervencionismo de Estados Unidos. Los mexicanos hemos sido el pueblo más afectado por el filibusterismo yanqui, ruta que quiere seguir Trump aunque ya no existan las condiciones geopolíticas propicias. De ahí el imperativo de que los estadunidenses tomen conciencia del peligro en que están en manos de un aventurero irresponsable sin noción de normas elementales de derecho internacional, quien apuesta a la destrucción de lo que queda de la estructura construida después de la Segunda Guerra Mundial, por carecer de principios éticos y tener una mentalidad inmadura, en la que destaca el desprecio a la vida, bajo el predominio de la soberbia y el autoritarismo como actitud defensiva.
Sería prolijo enumerar cronológicamente las invasiones y despojos que los gobiernos estadunidenses han cometido contra América Latina, la “Patria Grande” que soñó Simón Bolívar. Baste referirse a unas cuantas de las más significativas, históricamente, para que se tenga conciencia de que el enemigo principal del subcontinente son los oligarcas estadunidenses, quienes desde que se constituyeron como nación independiente, tuvieron muy claro el propósito de sumarlo a las originales trece colonias fundacionales.
Pretender regirse por “normas” no sólo anacrónicas sino irracionales, como la Doctrina Monroe y el medieval Destino Manifiesto, podría ser hilarante si no fuera porque Trump toma en serio su vigencia. Aunque lo verdaderamente peligroso sea el hecho incuestionable de los pretextos de los que se aprovecha para “justificar” su criminal intervencionismo: la fuerza de las mafias del narcotráfico, que va en aumento de manera exponencial, conforme al fenómeno colateral que significa el incremento del consumo, principalmente en Estados Unidos. Tal pareciera que se trata de una estrategia preconcebida en la Casa Blanca para tener un pretexto “legal” para violar la soberanía de los países latinoamericanos, su “patio trasero” con pleno derecho a partir de la presidencia de Theodoro Roosevelt, de 1901 a 1909, el antecedente más claro de Trump con su política del “Big Stick”.
Su vocación anexionista inició con el siglo XIX, los marines como su principal arma de guerra. Desde entonces extendió su radio de operaciones hasta la Patagonia, donde en 1831 bloquearon costas argentinas en un intento frustrado por apoderarse de las Islas Malvinas. Prácticamente todo el subcontinente fue visto como botín, las ciudades costeras más importantes fueron víctimas de bombardeos, desde Nicaragua, Honduras, Panamá, Santo Domingo, La Habana, Río de Janeiro, Paraguay. En 1898 despiden el siglo con la invasión a Cuba con el pretexto de ayudar a los mambises cubanos a liberarse de la corona española. De ahí parten para apoderarse de Puerto Rico, de donde no volvieron a salir. Bajo la fuerza de las bayonetas imponen al pueblo la Ley Foraker, por la cual la isla pasa de manera oficial a ser colonia yanqui.
Ni que decir que todo el siglo XX fue testigo de invasiones de marines estadunidenses en la mayor parte de América Latina, con pretextos baladís o incluso sin ellos, con el objetivo de garantizar la expoliación de materias primas de los países invadidos. Con México como la “joya de la corona”, anhelo que frustraron en 1938 las condiciones geopolíticas creadas por la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, un gobierno patriótico con visión estratégica y firmes principios nacionalistas. La expropiación de la industria petrolera fue la piedra de toque del futuro progreso del país, gracias a que el régimen presidido por el presidente Cárdenas se mantuvo fiel a los fundamentos sociales de la Revolución Mexicana, Esta fue el arma que contuvo las ambiciones insaciables de los magnates yanquis, y se favoreció el crecimiento de una industria energética que permitió el desarrollo necesario para un despegue económico que no cesó en cuarenta años.
Ahora, con el imperio estadunidense en una decadencia social imparable, con un mandatario carente de principios y fuerte vocación autoritaria, con un mundo que no admite la unipolaridad política ni permite la dominación económica, América Latina está condenada a sufrir las consecuencias del ocaso de la súper potencia, con el agravante para Trump, de que sus principales aliados le han perdido confianza y no están dispuestos a correr riesgos innecesarios apoyándolo, incondicionalmente, como él quisiera.
La primera víctima fue Venezuela, cuyo mandatario le puso en charola de plata la invasión de su territorio, y sirvió para que Trump enviara un mensaje manchado de sangre al resto de América Latina, así como una advertencia a Rusia, China y los países simpatizantes del organismo BRICS para que piensen dos veces antes de querer ayudar a los pueblos del subcontinente. Por lo pronto, se estima que el costo de la aprehensión de Maduro rebasó los 12 mil 400 millones de dólares, cifra que se le cobrará a los contribuyentes estadunidenses; pero en contrapartida las acciones de las empresas petroleras de la nación vecina subieron de inmediato aunque los consumidores del combustible pagaron 15 por ciento más el galón en las gasolineras.
Maduro estaba listo para firmar con el gobierno chino, el día 15 de enero, un convenio favorable que le iba a permitir a su gobierno un gran alivio a la crisis económica venezolana. El pueblo tendrá que pagar las consecuencias, situación que no es de la incumbencia de Trump. Aunque por el momento el chavismo no fue afectado, al quedar intacta la cúpula del régimen con la vicepresidenta como sucesora de Maduro, la amenaza de cortarles la cabeza se mantiene latente. Ya fueron advertidos de que cualquier movimiento en contra del propósito de Trump de apropiarse las reservas de petróleo de Venezuela, será determinante para cumplir su amenaza.
Se olvidó del pretexto que utilizó siempre para justificar su acción criminal: el narcotráfico. Es obvio que la soberbia del imperio es y seguirá siendo la misma con la que nació. Sin embargo, la geopolítica global ha cambiado radicalmente y el proverbial cinismo de la clase gobernante estadunidense tendrá resultados contraproducentes; si no para ella y la élite empresarial beneficiaria de las atrocidades de Washington y su maquinaria de guerra, sí para el pueblo estadunidense. De ahí el imperativo de que los dirigentes más connotados de las organizaciones sociales y políticas más influyentes, expliquen y movilicen a la población mayoritaria, para que no los sorprendan las consecuencias que tendrán que padecer, en caso de que Trump quiera superar las locuras milenarias de sus modelos ideológicos, Mussolini y Hitler.
El mensaje también es claro para el gobierno mexicano: No me importa lo que hagan contra su pueblo, lo que no aceptaré, de ningún modo, es que pretendan impedir que sea yo el que apruebe o desapruebe sus políticas públicas. Pueden gritar que defienden la soberanía de México, mientras en los hechos no quieran pasarse de listos. La súper corrupción desplegada por López Obrador no es compatible con los proyectos de los inversionistas de Estados Unidos, tampoco la impunidad contra los grandes criminales, del nivel que sean ni del sector social en que se mueven. O ponen fin a la inseguridad y la violencia o se atienen a las consecuencias, la demagogia sirve para engañar a su población, no a nosotros.















