POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

“Los títeres, ¿lo oís? Pero no los títeres que estamos acostumbrados a ver, sino una maravilla de títeres, como apenas han visto iguales las barracas ambulantes de Italia, los teatritos ahumados de Inglaterra y las tiendas de feria de Francia… los títeres de Leandro Rosete Aranda”. Así es como definió el poeta y crítico teatral Ignacio Manuel Altamirano, el 28 de noviembre de 1830 en el diario La República, a la más grande compañía de marionetas que ha existido en México y de la que sobreviven figurillas –verdaderas obras de arte— tan valiosas como su leyenda compuesta por un centenar de obras teatrales.

Heredera de esa tradición, que perduró la mayor parte del siglo 19 con el genio creador de la familia Rosete Aranda, que fusionó la técnica italiana de marionetas con una propia, mexicana, una compañía ulterior denominada “Teatro Carpa Rosete Aranda- Carlos V. Espinal e Hijos” engrandeció aún más la leyenda, que incluso llegó al cine y a los prolegómenos de la televisión mexicana.

De esa etapa de las marionetas, situada entre 1900 y 1960, el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) posee la colección más grande (otra parte importante se encuentra en el Museo Nacional del Títere, en Huamantla, Tlaxcala, tierra natal de los hermanos Rosete Aranda, y otra más en el Museo Rafael Coronel, en Zacatecas).

Libre en el Sur rastreó los destinos de dicha colección a través de una solicitud de información pública al propio INBAL, que respondió en el oficio UT / 574 / 2019 haber prestado en comodato al Museo Casa de las Marionetas, en la ciudad de Puebla, 588 títeres fabricados entre 1900 y 1953, así como 291 piezas de utilería y vestuario. Otras 37 marionetas se encuentran bajo resguardo, “para restauración”, en el Centro Nacional de Conservación y registro del Patrimonio Artístico Mueble del INBAL.

Muñecos de la colección. Obras de arte. Foto: Especial

 

Este grupo de títeres, a cargo de Carlos Espinal, montó obras clásicas de la familia Rosete original, como El Palacio de Cristal, La corrida de toros, Don Juan Tenorio y La Llorona. La compañía presentó además 22 óperas para la televisión. El titiritero murió en 1952 y su familia solo pudo mantener la compañía por 10 años más.

“Cuando mi papacito estaba grave dijo que no quería que los títeres dejaran de trabajar, pero cuando murió “faltaba el ángel que papá tenía para sus títeres”, contó Rosa María Espinal en una entrevista con la revista Proceso, en marzo de 1982. Una década después de desaparecida la compañía, Carlos Espinal hijo vendió cerca de 800 piezas al INBA. Rosa María solo pudo recuperar una pieza, después de demostrar que era la hija de don Carlos. “Me la devolvieron toda hecha pedazos, como si un perro la hubiera mordido”.

La colección fue adquirida en un millón de pesos (de los de entonces), cuando José Solé era director de Teatro de la institución. El proyecto original fue crear un teatro específico para albergar la colección y representar sus obras, cosa que nunca ocurrió.

Ya en manos de Bellas Artes, esos títeres han vivido una historia de película, trágica casi siempre, en la que incluso se perdieron irremediablemente alredededor de 300 piezas al caerse el inmueble donde estaban embodegados, en la colonia Juárez, durante los terremotos de 1985.

Tres años antes las marionetas se presentaron al público por última vez, con una temporada en la Carpa Titiriglobo –del Centro Cultural del Bosque, ya desaparecida–, un espectáculo  entrañable que se llamó “Rosete Aranda como en su tiempo”, bajo la dirección de Enrique Alonso.

Por su valor como obras de arte, las figurillas de 45 centímetros de alto, talladas finamente sus cabecitas en madera de ayacahuite y sus cuerpos hechos de colorín, han sido consideradas preciadas esculturas, valuadas por coleccionistas nacionales y extranjeros a veces en miles de dólares. Los autómatas fueron protagonistas de “deslumbrantes producciones artísticas”, en las palabras de Francisca Miranda Silva, del Instituto Nacional de Investigación, Documentación e Información Teatral “Rodolfo Usigli”.

Por poner solo un ejemplo, Cantinflas tomó su personaje de uno de los más célebres muñecos de los Rosete Aranda, El Vale Coyote, Gracias a que se conservan algunos libretos originales, se pueden recordar las palabras del emblemático títere, que era una especie de vocero de los pobres: Atención y punto en boca / porque voy a pronunciar / el discurso que me toca /este valedor no apoda / al que le sabe ayudar / si consigo darte gusto /aplaude no des un susto / al probe Vale Coyote. 

 

 

 

 

 

 

 

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