Ciudad de México, enero 27, 2026 04:00
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / Neil Diamond, 85

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Se antoja escucharlo ahora en esos viejos discos de acetato. Con el leve crujido antes de que la aguja encuentre el surco.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Cuando uno es chamaco no alcanza a dimensionar la importancia que ciertas cosas tendrán en su vida. Me pasó con Neil Diamond. Lo descubrí alrededor de los diez años, en el departamento donde vivía mi tío Federico, cerca del Parque Papagayo, en Acapulco. La bahía todavía era parada frecuente de estrellas internacionales, pero a mí lo único que me importaba era el tocadiscos y un disco que encontré casi por accidente.

El acetato tenía ese brillo oscuro que solo los vinilos viejos conservan, y la portada me parecía solemne, casi adulta. De ese momento no conservo un análisis musical, sino una sensación: el estribillo de America repitiéndose en mi cabeza sin que yo entendiera por qué. No sabía quién era Diamond. No sabía de géneros ni de jerarquías críticas. No era fan. Pero algo quedó sembrado.

Mentiría si dijera que he sido seguidor de Neil Diamond. No lo fui. Sin embargo, ahora que vuelve a hablarse de él, a unos días de haber cumplido sus 85 y que lo miro con la distancia que dan los años, me doy cuenta de que, de esas formas discretas y casi inconscientes, ha formado parte de mi memoria emocional musical. No como estandarte ni como bandera generacional, sino como una presencia persistente.

En los años ochenta, cuando empezábamos a salir del largo letargo de la prohibición de conciertos masivos en México —esa resaca moral y política que durante años mantuvo al rock bajo sospecha oficial después de Avándaro—, mi generación abrazó con entusiasmo cualquier sonido que oliera a ruptura. Veníamos de un periodo de oscurantismo priista que había tratado al rock como amenaza y no como expresión cultural. Foros cerrados, permisos negados, desconfianza institucional hacia las multitudes juveniles.

De pronto, los escenarios se reabrían, los amplificadores regresaban a la ciudad y el concierto volvía a ser un acto público. Había una necesidad casi física de volumen, de distorsión, de identidad. En ese clima, declararse seguidor de Neil Diamond no habría sido precisamente un gesto de rebeldía. Era visto como un artista demasiado comercial, demasiado cómodo, ajeno a la épica que queríamos abrazar. No era el poeta eléctrico ni el cronista de la inconformidad. Era otra cosa.

Esa percepción aparece retratada con claridad en Song Sung Blue (2025), el drama biográfico musical escrito y dirigido por Craig Brewer, basado en el documental homónimo de 2008 de Greg Kohs. La película cuenta la historia real de Mike y Claire Sardina, el dúo tributo Lightning & Thunder que tuvo un éxito inesperado en el Milwaukee de los noventa.

Kate Hudson —nominada al Oscar por este papel hace apenas pocos días— compone a Claire con un carisma que, paradójicamente, supera al personaje real que conocimos en el documental original. Hay algo en su interpretación que embellece la fragilidad, que vuelve magnética una historia que en su versión documental era más áspera, más doméstica, más vulnerable.

Hay una escena reveladora: van a tocar a un bar de moteros y el público, más devoto de Free Bird que de Sweet Caroline, termina rechazándolos. No es solo un recurso dramático. Es una radiografía cultural. Diamond nunca perteneció a la épica del cuero y la distorsión; su música no olía a asfalto ni a manifiesto. Estaba hecha de otra materia: melodía, estribillo, emoción directa.

Mientras Bob Dylan afinaba metáforas que terminarían citándose en discursos universitarios y todavía hoy recorre escenarios con la obstinación de su Never Ending Tour, mientras David Bowie convertía cada década en un cambio de piel y Lou Reed narraba la ciudad como si fuera una herida abierta, Neil Diamond escribía canciones.

No himnos de ruptura. No tratados generacionales. Canciones.

Canciones que podían sonar en una boda, en un estadio, en la radio del coche o en la sala de una casa frente al mar sin necesidad de justificación previa. No se volvió símbolo de nada en particular, no encabezó una estética, no fundó una tribu. Y, sin embargo, escribió más de dos mil piezas.

Además, se calcula que ha vendido más de 130 millones de discos en todo el mundo, lo que lo coloca entre los artistas más vendidos en la historia del pop. No pertenece al reducido grupo que supera los 200 millones —los Beatles, Elvis, Michael Jackson—, pero sí ocupa un lugar firme en ese segundo gran peldaño de la industria global: el de los compositores-intérpretes cuya permanencia se mide en décadas y no en modas pasajeras. En 2011 fue incorporado al Salón de la Fama del Rock and Roll, confirmando institucionalmente una relevancia que el público ya había refrendado.

En enero de 2018, Diamond anunció su retiro de las giras tras ser diagnosticado con enfermedad de Parkinson. No dejó de componer ni de grabar, pero se despidió de los escenarios que durante décadas lo acompañaron. Hay algo silencioso en esa retirada, una coherencia con la figura que nunca buscó ser símbolo estridente.

Antes de llenar estadios, fue un compositor del Brill Building, ese edificio neoyorquino donde la música se escribía casi como trabajo de oficina. Escritorios alineados, pianos compartidos, horarios. Allí aprendió el rigor del oficio: producir, corregir, entregar. I’m a Believer se convirtió en éxito con The Monkees. Red Red Wine encontró otra vida con UB40 décadas después. Girl, You’ll Be a Woman Soon fue reinterpretada por Urge Overkill y volvió a circular masivamente en 1994 gracias a Pulp Fiction, donde acompaña una de las escenas más inquietantes de la película. Tarantino hizo con esa canción lo que Diamond siempre supo hacer: colocar una melodía en el punto exacto de la emoción. Solitary Man tuvo una versión crepuscular en la voz de Johnny Cash. Incluso Sweet Caroline ha sido recreada innumerables veces por artistas de registros muy distintos. Muchas piezas no trascendieron. Otras, en cambio, encontraron nuevas biografías en gargantas ajenas y se instalaron en la memoria colectiva sin haber sido defendidas por la crítica ni bendecidas por la academia.

El caso de Sweet Caroline merece un capítulo aparte. Diamond la publicó en 1969. La inspiración vino de una fotografía de Caroline Kennedy, entonces una niña, que vio en una revista. La imagen se le quedó grabada y terminó dando título a la canción. Durante años evitó revelar ese origen; decía que algún día le gustaría contárselo personalmente a ella.

En 1970, Elvis Presley la incorporó a su repertorio en Las Vegas. Pero el verdadero fenómeno masivo tardó en llegar. A finales de los noventa, los Boston Red Sox comenzaron a reproducirla en la octava entrada de sus partidos en Fenway Park. El público la adoptó como ritual colectivo; el “so good, so good, so good” dejó de ser línea del autor para convertirse en coro multitudinario. Desde ahí, la canción saltó a otros estadios en Estados Unidos y terminó cruzando el Atlántico hasta instalarse también en celebraciones deportivas europeas. La melodía cambió de dueño y de contexto sin perder su eficacia.

Tal vez por eso, aunque nunca me declaré seguidor, su música terminó filtrándose en mi historia personal. No como bandera generacional ni como declaración ideológica, sino como acompañamiento discreto. Como una presencia que reaparece sin anunciarse.

Se antoja escucharlo ahora en esos viejos discos de acetato. Con el leve crujido antes de que la aguja encuentre el surco.

Como el que descubrí cuando tenía diez años, en Acapulco.

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