Ciudad de México, mayo 19, 2024 23:12
Mariana Leñero Opinión

Los paseos con Luna

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Al pie del video se desplegaban una serie de comentarios. Una mujer irresponsable y cochina había dejado la caca tirada de su perro sin ningún remordimiento.

POR MARIANA LEÑERO

Como a la mayoría de los perros, a Luna le encanta salir a pasear. Yo también lo disfruto, y lo hacemos por lo menos tres veces al día. No importa si tengo trabajo, visitas o pendientes; es imposible saltarme esa obligación. La mayoría de las veces me encargo yo, sin embargo, Ricardo también participa.

Luna no es un perrito faldero y hay que estar pepenando su amor. No se le puede acariciar mucho y la mayoría de las veces se sacude los mimos que le ofrecemos. Hay que estar con ella de lejecitos y sentirse agradecido de que no se vaya a su lugar preferido, que no acepta visitas.

A veces pienso que nos engañaron y que es un gato disfrazado de perro. Sin embargo, a la hora que le toca pasear, el perro le sale hasta por los ojos. Se acerca, me mira inquisitivamente (lo que he traducido como mirada de amor), mueve la cola, hace unos cuantos ruiditos y espera escuchar las palabras mágicas: ¡Vamos! o ¡Let’s go! En esos momentos, Luna es bilingüe. También parece que vino de Londres, puntual: lista para salir a las 8 am, a las 12:00 pm y a las 5:00 pm. Los fines de semana agregamos otra salida, la cual me ha servido para entrenarla y que pueda caminar por lo menos 10 millas. Así que resultamos buenas compañeras de viaje.

Cuando Ricardo y yo paseamos juntos a Luna, no hay discusión; la encargada de recoger su caca soy yo. A mí la caca no me asusta; grande, chica, inclusive aguada. Si limpié las pompitas de mis hijas con peores desechos, la caca de Luna, que en su mayoría es dura, no me causa problema. Para Ricardo sÍ, el evita a toda costa hacerlo. MI problema es que se me olviden las bolsitas. Ya me ha sucedido unas cuantas veces y hay que esperar a que pase un caminante responsable para que nos comparta una.

Por eso, Ricardo compró una correa que tiene atado un pequeño contenedor de bolsas. Las bolsitas presumen ser orgánicas. A veces tan delgaditas que eres capaz de sentir la temperatura tibia de los desechos que ha estado cocinando tu perro dentro de su estómago.

Disfruto mucho los paseos con Luna; son mis momentos de calma que no tendría si no existiera. De seguro seguiría enfrente de la computadora trabajando o haciendo los deberes agotadores de la casa.

En los paseos, Luna se la pasa ocupadísima oliendo todo lo que le pasa enfrente. Para ella es como leer el periódico o estar en sus redes sociales. Cada plantita, piedrita o pared es un post de FB o de Instagram que hay que ponerle like. Una meadita por aquí, otra por allá. Otras veces, cuando se queda pensando, levanta su cola o se pone a correr; pienso que está disfrutando de un TikTok. Cuando anda por ahí embarrándose en el pasto o en la acera, dejando su olor, me la imagino que está usando Tinder. En fin, para ella nuestros paseos son andar en el chisme, es su vida social. Mea por aquí, mea por allá. No sé de dónde saca tanta orina porque cuando creo que ya no hay más, siempre aparecen otras gotitas más para compartir.

Un día, en una de las caminatas, Luna y yo tuvimos un percance. Se me había olvidado rellenar el contenedor de bolsitas. Me di cuenta demasiado tarde, ya cuando Luna había terminado de echarse su buen pedazo de caca. Por largo tiempo no pasó nadie que me ayudara y tampoco traía mi teléfono. Ahí estaba la caca grande y brillante riéndose de mí. De un lado, mi angelito bueno me animaba a quedarme y tener paciencia, mientras que del otro, jodiendo y brincoteando, mi diablito malo exigía que me largara. Y me fui, pero no para siempre; volvería.

Al llegar a la casa, me di cuenta de que era hora de iniciar mi clase y me sería imposible regresar. Le rogué a Ricardo que fuera a recoger la caca. -Ya para estas alturas la caca está dura-, lo animé.  No muy feliz aceptó. Problema resuelto.

Al otro día, cuál fue mi sorpresa al encontrarme con un video donde Luna y yo aparecíamos huyendo del lugar del crimen y dejando la caca a la vista de todos. Si bien no me veía claramente, Luna era perfectamente identificable.

Lo que sucede es que en mi colonia nos tienen vigilados. Los vecinos tienen cámaras que graban cualquier evento que sucede alrededor.

Mientras que, en México, en otros tiempos, los vecinos se reunían en la tiendita de la esquina para intercambiar chismes y noticias,aquí hay una aplicación, estilo FB o Instagram, que se llama Nextdoor (La puerta de lado). En esta aplicación, los vecinos escriben, preguntan, acusan, se quejan, ponen fotos y videos o chismean.

Al pie del video se desplegaban una serie de comentarios. Una mujer irresponsable y cochina había dejado la caca tirada de su perro sin ningún remordimiento. ¡Qué horror! Un acto imperdonable. ¿Dónde quedó el respeto a los espacios públicos, y a la casa de los vecinos? Bla, bla, bla. Me sorprendieron algunos en los que preguntaban si era latina, o si era digna de tener un perro sin saber cuidarlo. En el video también se veía al “buen samaritano”, quien muchos de los vecinos le agradecían y lo ponían como ejemplo. Un hombre, que al poco rato que la mujer irresponsable abandonara la escena del crimen, había recogido la caca sin queja alguna o esperar nada a cambio.

Ricardo, a punto de lanzar una carcajada, se quedó en silencio; lo había interrumpido mi cara de espanto y vergüenza. Mientras tanto, Luna nos miraba impaciente; había llegado la hora de su paseo. Movía su cola, haciendo unos cuantos ruiditos, esperando escuchar las palabras mágicas: ¡Vamos! o ¡Let’s go!.  Estaba lista para mearse por todo el vecindario y cagarse en todas las calles y cocheras de los vecinos, sin preocuparse, por supuesto, si había cámaras vigilando o si  llevaríamos bolsitas orgánicas para recoger su caca.

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