Vientos de marzo
Foto: especial.
“A veces, el viento de marzo se siente como el paso del tiempo: arrebatador y un poco ciego. Cambia el rostro a una calle en una sola tarde de tolvanera. Pero cuando el polvo se asienta, descubrimos que lo esencial permanece en su sitio…”
POR FRANCISCO ORTIZ PINCHETTI
Marzo entra en la Ciudad de México con una violencia seca. Es un aire que no refresca, pero sacude. Llega barriendo el invierno y anunciando, con una polvareda que cala en los ojos, que la primavera está por asaltar nuestras calles. En las colonias de la alcaldía Benito Juárez —en la Del Valle, la Nápoles, Narvarte o Mixcoac— este viento de cuaresma tiene un protagonista absoluto: el lila de las jacarandas.
El fenómeno es cíclico, pero cada año nos toma por sorpresa. El viento golpea las copas de estos árboles y comienza la nevada invertida. Los pétalos alfombran las banquetas, cubren los autos y se meten por las rendijas de los viejos departamentos. Es una fuerza que parece desplazarlo todo a su paso, recordándonos que en esta metrópoli todavía hay ciclos que no controlamos. Es la coreografía del aire contra el concreto.
Sin embargo, para mí, el viento de marzo no es solo un asunto de paisajes urbanos o estética citadina. Es un eco de la memoria que me regresa a 1960. Ese año me encontraba en Pachuca, la “Bella Airosa” por cierto, cursando por segunda vez el tercero de secundaria en el Instituto Hidalguense, de los hermanos maristas.
Llegué ahí, lo confieso, tras un descalabro académico: había reprobado el año en el Instituto Patria de los jesuitas, en la Ciudad de México, donde realicé toda mi primaria y (casi) toda la secundaria. El cambio de aires no fue solo metafórico; fue un choque brutal contra la realidad de la provincia y su clima inclemente.
Vivía en casa de mis tíos , Adelita y Clemente, y para llegar a la escuela debía atravesar una gran llanura seca. Eran apenas veinte o veinticinco minutos de trayecto, pero el terreno era una extensión árida, un llano desprotegido donde el viento mandaba sin oposición. Un día de marzo, a mitad de ese páramo, me alcanzó un torbellino. No fue una ráfaga pasajera; fue un remolino ciego que me embistió con furia.Me tiró de la bicicleta. Caí al piso sintiendo que el aire me faltaba, que el polvo me ahogaba. Mientras intentaba recuperar el aliento, vi cómo el torbellino levantaba mis cuadernos y mis libros de texto. Los sacudió con saña en el aire antes de soltarlos contra la tierra. Cuando logré incorporarme, mis útiles estaban irreconocibles: cada página de mis cuadernos había quedado gruesa, hinchada por la tierra que el viento metió a presión entre las hojas. Eran libros heridos por el polvo, testigos mudos de la potencia del aire. Esa tarde aprendí que el viento tiene la capacidad de invadirlo todo, hasta lo más íntimo. Pero también aprendí que, tras la sacudida, uno se levanta y recoge lo que queda.
Hoy, décadas después, veo el viento de marzo en la Ciudad de México con otros ojos, pero con la misma cautela. Hay una tensión física entre lo que vuela y lo que resiste. Mientras las flores forman remolinos en la avenida Insurgentes, las raíces de esos mismos árboles permanecen invisibles. Esas raíces, que el viento no mueve un milímetro, son las que han levantado las banquetas de nuestras colonias, quebrando el concreto como si fuera cáscara de huevo. Es una resistencia de décadas. El viento se lleva la flor, lo efímero; pero la raíz se queda para recordarnos que la naturaleza tiene una memoria larga y no conoce la rendición frente al urbanismo acelerado.
Esa es la verdadera metáfora de marzo en la colonia, mi barrio. El viento sacude estructuras, agita las lonas de las construcciones que brotan por doquier y levanta el polvo de los derribos. Parece querer borrar el rastro de lo que fuimos. Sin embargo, hay cosas que el aire no desplaza. No se lleva la identidad de quienes habitamos estas calles desde que los parques eran más grandes y los edificios más bajos. No se lleva el rito de la vecina que sale a barrer su pedazo de banqueta, en un acto que es, en el fondo, de pertenencia y de reclamo sobre el espacio público que nos pertenece por derecho de antigüedad. Es una lucha contra lo inevitable.
A veces, el viento de marzo se siente como el paso del tiempo: arrebatador y un poco ciego. Cambia el rostro a una calle en una sola tarde de tolvanera. Pero cuando el polvo se asienta, descubrimos que lo esencial permanece en su sitio. Se quedan los troncos de los fresnos, los portones de hierro de las viejas casonas y los saludos cotidianos en la panadería de la esquina.
Lo que resiste es lo que tiene raíz, no lo que tiene alas. Es esa persistencia la que nos permite decir que el vecindario aún nos pertenece, a pesar del ruido y la transformación constante que nos rodea.
Me detengo en el Parque Hundido. El viento aquí silba entre los pinos y agita el relieve de las réplicas arqueológicas que parecen observar el paso de los siglos con indiferencia. Se nota la lucha: el aire intenta despojarnos de la calma y nos arroja el pasado en forma de tierra seca, quizá la misma que me asaltó en aquel llano de Pachuca hace más de seis décadas. Pero el parque resiste: es un ancla de verde en medio del caos, un pulmón que se aferra a la tierra mientras todo lo demás parece querer salir volando hacia ninguna parte.
Marzo es un mes de transiciones. Cambia el clima, el ánimo y los barrios se desplazan hacia una modernidad que a veces nos resulta ajena e incluso hostil. Pero decir que “el viento no se lo lleva todo” es una declaración de principios. Es la certeza de que, frente a la especulación inmobiliaria y la erosión de la convivencia social, todavía hay algo en nosotros que no se mueve. Hay una solidez en los recuerdos que nos permite enfrentar cualquier vendaval, por fuerte que este sea.
Hay dignidad en lo que permanece. En el vecino que se niega a vender su casa, en el árbol que da sombra a pesar del asfalto que lo asfixia y en la crónica que busca entre el polvo las palabras para decir que todavía estamos aquí.
El viento podrá desnudar las jacarandas y llenar de tierra las páginas de nuestros libros, como aquellos cuadernos de mi secundaria marista, pero hay raíces más profundas que cualquier vendaval pasajero.
Al final del día, las calles quedan cubiertas de lila. El viento ha pasado, ha agitado la vida, pero lo importante se queda. Se queda la tierra, la casa y la memoria de aquel muchacho en Pachuca que aprendió a levantarse del polvo. El viento, después de todo, solo se lleva lo que no sabe cómo sostenerse.
















