Ciudad de México, junio 24, 2026 17:23
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / Como pato fuera del agua

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

Mientras políticos, medios y estrategas de comunicación convierten a Merlín en mascota, símbolo y marca registrada del Mundial, el famoso pato parece seguir preocupado por asuntos mucho más sencillos.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Ahora que Merlín se ha convertido en una de las imágenes más comentadas del Mundial, hay una posibilidad que nadie parece haber considerado: quizá él sea el único que no entiende qué está pasando.

Los demás parecen tenerlo bastante claro. Los medios encontraron una historia amable, las redes sociales descubrieron un personaje entrañable, los estrategas de comunicación identificaron una oportunidad y los políticos advirtieron que el público le había tomado cariño. Así fue como, en cuestión de días, un pato terminó ocupando espacios normalmente reservados para funcionarios, deportistas o celebridades.

Una de esas escalas en su inesperada carrera ocurrió durante la conferencia mañanera. Ahí apareció Merlín, rodeado de cámaras, reporteros y funcionarios, convertido de pronto en invitado distinguido de un espectáculo para el que, hasta donde se sabe, nunca solicitó acreditación. La escena resultó simpática, aunque también tenía algo de involuntariamente cómica. Mientras buena parte de los presentes intentaba explicar la importancia simbólica del momento, daba la impresión de que el único desconcertado era precisamente el protagonista.

Hubo incluso un instante en que pareció dispuesto a lanzar un picotazo hacia la Presidenta. La mayoría lo tomó como una anécdota divertida. A mí me pareció la reacción más lógica de toda la mañana. Después de todo, uno supone que un pato preferiría estar en el agua antes que en una conferencia de prensa.

Pero lo verdaderamente interesante no fue la aparición de Merlín en Palacio Nacional, sino todo lo que ocurrió alrededor. Porque en muy poco tiempo dejó de ser simplemente un animal que despertaba simpatía para convertirse en un fenómeno mediático. La propia Presidenta afirmó que se había transformado en la mascota del Mundial. Conviene detenerse un momento en esa palabra. No se estaba hablando de una mascota en sentido biológico, sino de una mascota publicitaria: una imagen capaz de generar empatía, reconocimiento y conversación pública.

Y eso cambia por completo la historia.

No porque haya algo cuestionable en ello. La política, los gobiernos, las empresas, los medios y prácticamente cualquier institución funcionan hoy bajo la misma lógica. Cuando aparece algo capaz de conectar emocionalmente con la gente, surge también la tentación de incorporarlo a una narrativa más amplia. Ocurre con artistas, deportistas, movimientos sociales, causas ciudadanas y, como acabamos de comprobar, también con patos.

La velocidad con la que sucedió todo resulta reveladora. Hace apenas unos días Merlín era un ave acuática conocida por quienes convivían con él. Después fue tendencia. Más tarde fenómeno viral. Luego mascota mundialista. Finalmente llegó el anuncio de que su nombre e imagen serían registrados para protegerlos de usos indebidos y evitar que terceros se beneficiaran comercialmente de ellos.

Los argumentos jurídicos pueden ser perfectamente razonables. Lo interesante es la transformación cultural que dejan al descubierto. Porque mientras más famoso se volvió Merlín, menos se habló de Merlín y más se habló de lo que representa. El pato dejó de ser solamente un pato para convertirse en símbolo, personaje, contenido y herramienta de comunicación.

Como toda celebridad contemporánea, además, ya le salió competencia. Esta semana apareció un pato escocés que acompaña a la afición de Escocia durante el Mundial y que algunos medios ya presentan como el gran rival internacional de Merlín. La noticia confirma que hemos entrado en una fase del torneo que probablemente la FIFA jamás contempló en sus manuales. Mientras las selecciones pelean puntos en la cancha, parece haberse abierto una competencia paralela entre representantes del reino animal.

La situación tiene algo de entrañable y algo de ridículo. Durante décadas la FIFA invirtió millones en mascotas oficiales, campañas publicitarias y estrategias de posicionamiento. Al final, buena parte de la conversación mundialista terminó concentrándose en un pato mexicano y un pato escocés.

Hay algo profundamente democrático en eso. Los departamentos de marketing pueden planear muchas cosas, pero nunca podrán competir del todo con la capacidad de las redes sociales para elegir a sus propios protagonistas.

Aunque tampoco sería extraño que alguien intentara aprovechar la coyuntura. A este ritmo, no descarto encuestas sobre popularidad de patos, análisis geopolíticos sobre la rivalidad México-Escocia o algún debate televisivo para determinar cuál representa mejor el espíritu del Mundial. Viendo algunas discusiones públicas recientes, tampoco sería el ejercicio más absurdo que nos haya tocado presenciar.

La historia termina diciendo mucho más sobre nosotros que sobre él.

Vivimos en una época con una enorme dificultad para permitir que algo exista simplemente por lo que es. Todo parece necesitar una narrativa, una utilidad, una estrategia de posicionamiento o una carga simbólica adicional. Un árbol deja de ser árbol para convertirse en bandera ambiental. Un barrio deja de ser barrio para convertirse en proyecto inmobiliario. Un edificio deja de ser patrimonio para convertirse en oportunidad de negocio. Y un pato deja de ser pato para convertirse en marca.

Quizá por eso la historia ha generado tanta empatía. Porque muchos conocemos esa sensación de estar donde se supone que debemos estar y, sin embargo, sentirnos completamente fuera de lugar. Como pato fuera del agua. Nos dicen que debemos construir una marca personal, acumular seguidores, volvernos visibles, aprovechar oportunidades, generar contenido y permanecer siempre conectados. Pero no todos cabemos cómodamente en ese molde. Hay quienes simplemente quieren hacer su trabajo, vivir su vida y que los dejen en paz.

Tal vez por eso Merlín resulta tan fascinante. No porque haya hecho algo extraordinario, sino porque ha servido como espejo. En unos cuantos días vimos actuar a medios, políticos, funcionarios, especialistas en comunicación y usuarios de redes sociales alrededor de una misma imagen, cada quien intentando atribuirle un significado distinto. El pato, mientras tanto, parecía mantenerse ajeno a toda esa operación.

Mientras todos discutían cómo convertirlo en mascota, símbolo o emblema del Mundial, daba la impresión de que él seguía concentrado en asuntos mucho más concretos. Algo que, visto el nivel de solemnidad que alcanzó la conversación pública, quizá también tenga su mérito.

Porque al final del día, por más registros de marca, conferencias de prensa y campañas de comunicación que se construyan a su alrededor, Merlín sigue siendo un pato. Y sospecho que, si pudiera elegir entre la fama mundial, la rivalidad con su competidor escocés y una nueva aparición en Palacio Nacional, cambiaría todo eso sin pensarlo por un estanque tranquilo, algo de comida y una mañana sin micrófonos.

Viéndolo bien, no parece una mala idea.

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