Ciudad de México, octubre 1, 2022 22:48
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / El silencio olvidado

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A la sensación de paz y de esencias humanas de Dharamsala nos aproximamos por unos meses cuando, paradójicamente, un virus nos encerró en nuestras casas. No nos gustó la experiencia, según parece. De vuelta a lo insaciable, pues, la ausencia del “aquí y ahora” tan pregonado en las redes sociales y alejado al mismo tiempo de la intención que lo define en el budismo. 

Para mis tías Elvira y Rosa

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Cambiaba la mirada hacia la inmensidad y lo primero que encontraba eran cientos de banderitas tibetanas colgadas de lazos entre los árboles y los barandales de monasterios, revoloteando a la suerte del viento para producir un singular sonido de silencio que se revelaba como algo más impreciso que una canción de Simon and Garefunkel. En aquel paisaje variopinto de los Himalaya no hay escapatoria para el adicto al ruido o el fóbico a las arañas.

Dharamsala –que en hindi se refiere a un refugio o casa de descanso para los peregrinos—, está en línea recta a 14,242 kilómetros de Ciudad de México, y esa distancia es apenas el inicio del camino hacia la budeidad. Para llegar hasta este sitio del norte de India, donde se encuentra la sede del gobierno del Tibet en el exilio, del que el 14 Dalai Lama es su máximo líder espiritual, se necesita volar primero hasta Nueva Delhi, la capital hindú, y de ahí hacer un viaje de siete horas en un tren “exprés”, para luego continuar en otro, desde Amritsar, sitio donde se encuentra el legendario Templo Dorado de los sikhs, durante otras tres horass. Luego hay que tomar una camioneta para subir y subir, entre veredas flanqueadas por rocas volcánicas, tan estrechas como la anchura del propio vehículo, lo que pone con los nervios de punta y más si el conductor va hablando por teléfono, y notar cómo se va transformando el ambiente desde el hinduismo hasta el budismo en la medida en que el aire se vuelve más puro y fresco, según la atinada definición de mi querida prima Julieta, que fue quien me guió hasta allá. El cambio energético se consolida justo cuando al llegar se comienzan a escuchar los mantras y las músicas tibetanas: Om mani padme hum.

A esa sensación de paz y de esencias humanas de Dharamsala nos aproximamos por unos meses en prácticamente todo el planeta cuando, paradójicamente, un virus nos encerró en nuestras casas y fuimos sorprendidos con la difusión de videograbaciones donde aparecían animales “tomando” las calles y los edificios de urbes enormes. Aunque esos animalitos daban al mundo “moderno” la evidencia de una forma incorrecta y distorsionada de vivir, no nos gustó la experiencia, según parece. Ni la ciencia occidental se asomó lo suficiente a los beneficios. Desperdiciamos la oportunidad de vernos cambiar más allá del reproche a los sistemas económicos y los actores políticos, atrapados además en la imperiosa necesidad de eso que se llama “reactivación económica” para sobrevivir. Los mismos discursos, los mismos pleitos, las mismas frases trilladas donde algunos pretenden incluso presentarse como pontífices de las transformaciones cuando en realidad son promotores del ruido.

Nuestra Ciudad de México es triste ejemplo de ello: la gente aprovecha estar vacunada sin importarle contagiarse, con tal de “volver a la vida” bajo el aliento de gobiernos que pretenden hacer como que “aquí no pasó nada”. La estridente agitación humana hace sonar cada vez más fuerte los motores de los automóviles en tráfico caótico, y el escándalo de los bares es el signo inequívoco de una dichosa vuelta a la “normalidad”, que es la palabra exacta para decir que nada cambió ni por sabernos tan vulnerables ante la muerte. Lo insaciable, pues, la ausencia del “aquí y ahora” tan pregonado en las redes sociales y alejado al mismo tiempo de la intención que lo define en el budismo.   

Resulta inexacto considerar al budismo más una filosofía que una religión, lo que está de moda decir. Es cierto que se trata de una religión incluyente, que permite el sincretismo con otras, pero la verdad es que contiene un conjunto de creencias religiosas muy firmes y complejas que apenas pueden sintetizarse ​en la afirmación de que “no hay nada independiente, excepto el estado de Nirvana”.

Pero no podemos soslayar que de su popularidad como la cuarta religión más importante del mundo también es precursora la fuerza de sus conceptos filosóficos para aceptar la vida sin sufrimiento. En este sentido, el budismo ha tenido una notoria influencia sobre otras religiones, así no lo sea de manera oficial, al punto de que prevalecen las versiones de que Jesús aprendió estos  principios recorriendo los caminos infinitos de los Himalaya, desde donde surgen sus faldas en las inmediaciones del Río Ganges, en Rishikesh, un bellísimo sitio sagrado en los confines del hinduismo, de impresionantes atardeceres anaranjados que decoran los rituales de luz y flores que navegan por corrientes de agua que todavía es limpia por surgir de las propias montañas y donde está prohibido pescar, por lo que se dice que los peces allí son enormes.  

Tan pronto se recuperó físicamente, Ven Bagdro acudió con el Dalai Lama; le pidió tomar las armas y no dejarse más de la represión china. “Todo sería peor”, fue la respuesta rotunda del máximo líder espiritual tibetano.

En Dharamsala hay unos 10 mil refugiados tibetanos y reside oficialmente el Dalai Lama, aunque la suerte de encontrarlo allá ocurre apenas dos veces al año, cuando acude entre sus interminables giras por todo el mundo; y entonces los modestos sitios de hospedaje y los monasterios se atiborran. Fue en 1959 cuando el Dalai huyó del Tibet hacia este territorio, cruzando las montañas por Nepal, tras frustrarse una insurrección contra el gobierno comunista que había emprendido la persecución de los tibetanos para borrar una historia de 4,000 años.    

En octubre próximo van a cumplirse 10 años de aquel viaje que cambió mi vida y la forma en que veo el mundo. Entre tantas sorpresas y bendiciones, tuve la oportunidad de entrevistar a Ven Bagdro, vocero del Dalai Lama. Él se volvió monje en 1985, a la edad de 15 años. “Estaba muy contento porque en el monasterio me daban comida y educación”, recordó con una mirada traviesa. En abril de 1988 fue arrestado por policías chinos, tras su participación en el Festival por Buda realizado en la capital tibetana de Lhasa. La ciudad fue tomada por 500 mil soldados. “Voy a ir a Lahsa y voy a morir por mi país”, escribió Bagdro a sus padres. “Yo estaba cerca de una niña de 12 años, a la que le dispararon en el corazón”, contó todavía acongojado.

El templo del Dalai Lama, en Dharamsala. Foto: Francisco Ortiz Pardo

El monje fue condenado a tres años de prisión, acusado de “terrorismo”. En la cárcel lo golpearon 20 policías y lo hirieron en la cabeza con la cacha de una pistola. Sentado en un colchón que a la vez funcionaba como su cama, en un muy pequeño cuarto donde cabía apenas una estufa para calentar el té y un librero retacado, hizo un relato desgarrador: “No me permitían dormir y me tuvieron de pie toda la noche. Al día siguiente me llevaron al lugar de interrogación; querían saber quiénes colaboraban conmigo. Entonces recibí electroshocks en la boca y los oídos y me introdujeron instrumentos metálicos. A veces tenía que quedarme cuatro horas en el hielo o me quemaban con cigarros y cortaban con vidrios rotos en las rodillas. Comencé a tener problemas mentales”.

Al salir de prisión Bagdro pesaba 39 kilos. Con el cuerpo como hilacho cruzó durante tres meses las montañas hasta llegar a Dharamsala. El odio lo embargaba entonces. Había visto cómo arrojaban a los monjes desde las azoteas de los monasterios, cómo usaban a los tibetanos para las pruebas de laboratorio científico, cómo violaban a las mujeres… Tan pronto se recuperó físicamente, acudió con el Dalai Lama; le pidió tomar las armas y no dejarse más de la represión china. “Todo sería peor”, fue la respuesta rotunda del máximo líder espiritual tibetano. “¿Por qué ese odio no lo conviertes en una voz que clame a favor de nuestra causa en el mundo?”, le propuso. Desde entonces Bagdra se dedicó a escribir libros y recorrer los más diversos países para cumplir con el mandato. “Ahora sé que el Dalai tenía razón: entiendo que la violencia no cambia nada, todo lo empeora”.

Para poder perdonar, Ven Bagdro practicó meditaciones durante varios años, con paciencia. “No es fácil, trabajamos paso a paso, aceptamos las emociones negativas para cambiar. El budismo tibetano no produce nada hacia afuera. Todo el trabajo es interior”, explica. “La gente rica, como los famosos de Hollywood, no son felices. Muchos tienen cáncer de tanto pensar o usan drogas y se destruyen. Compramos cosas que después de unos días ya no nos gustan y entonces necesitamos otras. Esto distorsiona la paz de la mente: Mientras no cambiamos seguimos pensando ésta es mi casa, mi propiedad, yo, yo, yo…”.  

El consumismo, efectivamente, es parte de ese ruido de afuera que ahora parece incluso más estruendoso que antes, desde el producido por los motores en las grandes ciudades hasta la delirante guerra de invasión a Ucrania. Apenas se levantó el confinamiento por la pandemia en París, se hicieron famosas las fotografías de las largas filas de personas que parecían desesperadas por entrar a comprar a la tienda Zara. ¡Y eso que los enajenados del capitalismo eran los gringos! Qué rápido se nos olvidó lo único bueno que trajo el coronavirus: el silencio. Ese silencio que permitió por una vez en la vida, sin escape alguno, observarnos a todos, a nosotros mismos.

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