Ciudad de México, febrero 27, 2021 20:51
Libre en el Sur

Apuntes universitarios

La Educación Superior no es sólo un desafío para el país, es un asunto de estrategia nacional, pues en ella se deposita la esperanza del desarrollo colectivo y el arribo pleno a la llamada sociedad del conocimiento. Aún así, sus principales indicadores muestran no sólo un estancamiento sino un grave retroceso.
Hoy en día sólo dos de cada diez jóvenes de entre 19 y 23 años de edad tienen acceso a este privilegiado escalón de movilidad social; los demás, en edad productiva, plena de creatividad y energía para aprender e inventar, viven condenados al desempleo, a la migración y a la economía informal, que incluye formar parte de los ejércitos del narcotráfico y del crimen organizado.
Especialistas sobre el tema han señalado que en Educación Superior, el país alcanza entre 40 y 50 por ciento en grado de desarrollo universitario, mientras que en naciones con las que sostenemos acuerdos de libre comercio, como son Estados Unidos y Canadá, la cifra llega al 90 por ciento. México, concluyeron, requiere de reformas profundas al respecto.
En materia de cobertura estamos reprobados: sólo cubrimos el 24.3 por ciento de la creciente demanda. La meta del actual gobierno panista, con base en su Programa Sectorial de Educación es llegar al 30 por ciento de esos diez millones de jóvenes para 2012. Es decir 3 de 10.
Meta que ha sido seriamente criticada por diversos rectores: José Narro Robles (UNAM) señaló que a ese ritmo tardaremos 35 años en alcanzar coberturas de países de igual desarrollo al nuestro como Chile o Argentina. José Lema Labadie (UAM) apuntó el ideal es cubrir un 40 ó 45 por ciento de la demanda.
Si entendemos a la Academia como el paso fundamental para crear una sociedad científica, culta y/o artística para insertarnos en la sociedad del conocimiento, además de erigir todo un andamiaje de instituciones educativas de nivel superior para el desarrollo de nuevos talentos y habilidades, podemos afirmar que como nación hemos fallado.
Si queremos avanzar del lugar en el que nos ubica el último informe del World Economic Forum (2007-2008): 74 en Educación Superior sobre 134 naciones evaluadas, y dotar de mejores opciones a nuestros jóvenes, debemos acelerar el paso en tres renglones prioritarios: cobertura, calidad y financiamiento. Donde también hemos fallado.
El problema se complica si observamos que la población juvenil va en aumento y requiere de una oferta amplia y viable de servicios educativos, tanto en cantidad como en calidad, que contribuyan a que su formación sea también humanística y de cultural integral. Cierto, el país requiere gente capacitada técnica y científicamente para edificar la infraestructura que necesita, pero también demanda de un conglomerado intelectual, culto y humanista que ensaye nuevas formas de desarrollo y bienestar colectivo.
Requerimos egresados del nivel superior que se inserten en el desarrollo nacional con un amplio sentido de la democracia y un fuerte compromiso social; comprometidos con los derechos humanos y el cuidado del medio; concientes de las enormes desigualdades que se viven en el país. Es así como la Educación Superior juega un papel estratégico, pues tiene entre sus manos la tarea de formar gente innovadora, con capacidad de propuesta y cambio, gente emprendedora para enfrentar la actual crisis y la secular pobreza.
La Educación Superior cumple con un rol estratégico y requiere de romper con paradigmas en la enseñanza y la investigación para abordar los problemas nacionales multidisciplinariamente y no con enfoques parciales. Hoy tenemos como reto el enfrentar al nuevo siglo en un mundo globalizado casi sin fronteras, inmerso en la vorágine de nuevas tecnologías y en el dinámico ritmo de las telecomunicaciones. Un mundo que exige de los estudiantes del nivel superior el dominio de más y mejores herramientas.
No debemos de olvidar que somos cada vez más una sociedad urbana y moderna que coexiste con amplios sectores marginados, tanto en las ciudades como en el campo, donde la competencia se agudiza y las desigualdades se acentúan. De ahí que la Educación Superior tiene el deber de formar gente altamente calificada y con, insisto, un amplio sentido social que ayude a incrementar la competitividad del país y aporte en la imperiosa necesidad de cohesionar el tejido social, vulnerado por la violencia, la inseguridad y la crisis económica.
La nación debe ofrecer a sus jóvenes una Educación Superior que tenga como pilares la calidad de la enseñanza, el desarrollo de la investigación científica y humanística, el impulso tecnológico y la difusión de la cultura y las artes. Tareas en las que estamos comprometidos todos, no sólo las universidades e instituciones públicas, como la UNAM, el IPN o la UAM, sino también los institutos de educación superior privados del país, que tienen mucho que aportar en las respuestas que demanda la nación.
Con todo respeto para el secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio, quien cuestionó la hipótesis acerca de que la pobreza puede orillar a delinquir: Señor secretario, la pobreza no sólo puede llevar a delinquir por hambre, sino al levantamiento popular, a la insurgencia y hasta a la revolución.

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