Ciudad de México, diciembre 2, 2022 01:16
Ivonne Melgar Opinión Revista Digital Noviembre 2022

Un avión cargado de recuerdos

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“Cuando llega noviembre, regreso a las horas que nublaron el tramo de una experiencia periodística de satisfacciones instantáneas e intensas a bordo del TP-01 Benito Juárez, un modelo anterior al emblemático avión que sigue sin poderse vender y que estrenó Peña Nieto”.

POR IVONNE MELGAR

Era 4 de noviembre de 2008. En Estados Unidos, Barack Obama ganaba las elecciones presidenciales y los noticieros mexicanos seguían el acontecimiento que, antes de las 7 de la noche, fue desplazado por la tragedia del avión Learjet 45 que se estrelló en el cruce de Reforma y Anillo Periférico, la primera desgracia personal que marcó el sexenio de Felipe Calderón.

Como reportera de la fuente presidencial para Excélsior, cubría las actividades públicas del mandatario y era parte del llamado pool de prensa que se trasladaba con él en el TP-01 y en los helicópteros del Estado Mayor Presidencial (EMP).

Estábamos en Atotonilco, en la inauguración de una colonia habitacional. Nuestros celulares comenzaron a sonar: querían confirmar si los restos calcinados eran del secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, y del subprocurador José Luis Santiago Vasconcelos.

En mi caso, el pánico del otro lado del teléfono fue de Martín Beltrán, a quien le dijeron que el avionazo era del presidente.

“Estamos bien, en Jalisco”, contesté mientras veía cómo el presidente Calderón se tropezaba sobre sus pasos, llevándose la zurda hacia la frente. Su secretaria Aitza Aguilar le informaba de la fatalidad.

Subimos temblando al helicóptero que nos llevó a Zapopan. En el trayecto, le reporté a Jorge Fernández aquella imagen de Calderón que, cuando subió las escaleras del TP-01, lo hizo a zancadas, acaso sacudiéndose el dolor para comenzar a preparar el anuncio que se dio al aterrizar a la Ciudad de México.

En el accidente -que otras versiones consideran atentado- murieron dos personas queridas por los reporteros: Miguel Monterrubio y Norma Díaz, quienes en enero habían dejado la oficina de prensa de Los Pinos para irse a Bucareli.

Así que cuando llega noviembre, regreso a las horas que nublaron el tramo de una experiencia periodística de satisfacciones instantáneas e intensas a bordo del TP-01 Benito Juárez, un modelo anterior al emblemático avión que sigue sin poderse vender y que estrenó Peña Nieto.

Conocí el Boeing 757-225 en enero del 2000, en una gira de Ernesto Zedillo a Madrid y Davos, cuando acuñó el término de globalifóbicos por los que protestaban en los alrededores del Foro Económico Mundial. Ser asignada a esos viajes era como un premio laboral.

Ya como reportera de la fuente, con Vicente Fox, aprendí a admirar a los colegas de radio que improvisaban crónicas chispeantes al aterrizaje para contar a qué ciudad estábamos llegando, de dónde veníamos y la agenda prevista: que si iría al Palacio Imperial en Tokio o del probable pleito con Hugo Chávez en Viena.

En medio de la tecnologización que experimentamos en la primera década del milenio, pronto me vi obligada al entrenamiento de dictar las notas al vuelo, antes del despegue. Colegas de generoso talento me auxiliaban en completar párrafos y jerarquizar la información. Cómo olvidar a Débora Montecinos que en la agencia de Reforma se emocionaba conmigo armando el cable de “la lavadora de dos patas” o aquel tan foxiano de “los trabajos que no quieren hacer ni los negros” o el pleito en Mar de Plata entre los llamados cachorros del imperio por el fallecido caudillo venezolano y los sudamericanos que nada querían con George Bush en la fallida Cumbre de las Américas.

Conocí el Boeing 757-225 en enero del 2000, en una gira de Ernesto Zedillo a Madrid y Davos, cuando acuñó el término de globalifóbicos por los que protestaban en los alrededores del Foro Económico Mundial. Ser asignada a esos viajes era como un premio laboral.

Ya en Excélsior, cubriendo la parte final del mandatario de las botas y casi toda la gestión de Calderón, el TP-01 fue dormitorio, salón de lectura e improvisado karaoke, pero sobre todo una sala de prensa donde una veintena de reporteros íbamos armando textos, intercambiando impresiones, citas, subrayados, audios y expectativas.  

Una puerta dividía la parte delantera del avión donde iban el presidente, su comitiva e invitados especiales.

Atrás éramos ubicados los periodistas, con elementos del EMP, incluido el médico presidencial en turno y las sobrecargo, así como el personal de logística y comunicación.

Inmersa, por fortuna, en las tareas multimedia, como reportera de prensa, radio, web y televisión, el baño del TP-01 se volvió mi cabina preferida, donde dicté y grabé decenas de notas aprovechando los 5, 6 o hasta 7 minutos que distaban entre el abordaje y el despegue, sobre todo si se trataba de una gira que había culminado con una larga y diversificada conferencia de prensa o con una declaración conjunta entre el mexicano y el mandatario anfitrión.

Comprendo las razones políticas y culturales que llevaron al fin del uso del avión presidencial, y aunque nunca extrañé esos trajines que volvían familiares las turbulencias, la comida con vino, el jet lag, la maleta sin desbaratar y el ahorro de trámites aduanales, celebro haber tenido el privilegio de ese tiempo en que era imprescindible un reportero para contar las actividades publicables del presidente.

Disfruto el álbum de memoria en el que habitan las novelas de Sándor Márai y Coetzee que leí entre tantas horas de vuelo y las decenas de libros viajeros sin hojear; las conversaciones con Juan Sebastián Solís, mi compañero de fila, voraz lector, cuya templanza me salvó de los tantos corajes al aire, esos que los reporteros solemos padecer por las tensiones insalvables con los voceros del poder.

En esa compilación de imágenes, se encuentra el regreso eterno desde la India, un vuelo de casi 24 horas y escalas raras que acrecentaban la sospecha de que era una deliberada evasión para aterrizar cuando ya estuviera aprobada la reforma electoral de 2007 que hizo enojar a las televisoras.

Y el gozo desde la ventanilla al aterrizar en Sídney, Shanghái, Lima, Bogotá, Berlín, Nueva York, Barcelona…O el sufrimiento en el pasillo donde nos caía un poquito del internet presidencial, esperando mandar la nota en la hora límite. O las carcajadas cuando el presidente Lula se asomó a saludarnos con la broma de “¡Alto con sus zapatos!”, aludiendo al que en Irak le había tirado un periodista a George Bush.

Y ese instante dulce en que exhaustos, con la dicha del feliz deber cumplido, decíamos salud y alguna vez cantamos Si te pudiera mentir de Marco Antonio Solís.

Fue la última ocasión en que disfrutamos de la compañía de Alfredo García, el funcionario de Comunicación Social que moriría en el avionazo de la segunda tragedia personal del sexenio de Calderón, donde perdió al secretario de Gobernación, Francisco Blake Mora, el 11 del 11 de 2011. Porque también fue en noviembre.

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