Ciudad de México, marzo 12, 2026 12:17
Revista Digital Febrero 2026

EN AMORES CON LA MORENA / Los cafés son una forma de vida

“Me enamoré de esas cafeterías que solo había visto en el cine. El rumor bajo de la conversación, el siseo de la máquina exprés, la gente leyendo sin prisa. Ahí entendí que el café podía ser arquitectura emocional”.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Mi aproximación a los cafés no fue sofisticada ni literaria. Fue tímida y casi clandestina. No entré buscando conversación inteligente ni tertulia europea; entré buscando un lugar donde estar sin estorbar.

Fue en el Vips y en el Toks de Villa Coapa. El Toks ya no existe, y quizá por eso lo recuerdo más. Desapareció como desaparecen los escenarios que sostuvieron algo que uno todavía no sabía nombrar. Ahí calenté los asientos durante horas infinitas: primero haciendo tareas de la escuela, extendiendo los cuadernos como si fueran mapas de una vida que apenas comenzaba; después, ocupando la mesa para pláticas con amigos.

Pero lo verdaderamente inaugural ocurrió cuando yo tendría catorce o quince años. Un grupo de músicos mayores nos jaló —a Sergio, mi amigo más antiguo, y a mí— hacia su órbita. No llegamos al café por vocación estética sino por arrastre. Ellos ya ocupaban las mesas como quien ocupa territorio. Era una flotilla de bohemios: algunos virtuosos de la guitarra; otros simplemente carismáticos. Casi todos compartían algo más: estaban atorados. Atorados en la vida, en el quehacer, en la utilidad.

Aprendimos mirando. Cómo pedir, cómo quedarse horas, cómo hablar como si el mundo escuchara. Llegamos al café de la mano de otros, como se llega a ciertos vicios o a ciertas vocaciones.

Al principio hablábamos de nuestros “problemas” de incomprensión adolescente: la banda de rock de la preparatoria, los acordes imposibles, los sueños desproporcionados. Luego las mesas se volvieron confesionarios de males de amor. El café fue el territorio donde aprendimos a nombrar el dolor sin saber aún sostenerlo.

También era un teatro marginal. A los bohemios virtuosos y atorados en la vida se les pegaban otros todavía más raros, que se invitaban solos a la conversación. Personas dependientes de sus padres a los cuarenta y tantos, incluso para que les dieran para el café. Uno fue el “Jack”, cuyo mote terminó siendo una premonición grotesca: apareció en una revista tipo Alarma! acusado de haber matado a su madre porque no le dio dinero para el café. Había algo amenazante en aquellos personajes medicados, calvos, envejecidos antes de tiempo. Nos escondíamos bajo las mesas cuando se acercaban a gorrearnos cigarros.

Había otro, un hippie con aire de George Harrison, que se quedaba mirando al frente durante horas, levantando la taza con solemnidad ritual. Esos cafés eran frontera entre la promesa y el extravío. Sin saberlo, aprendíamos sociología antes de saber que existía la palabra.

Una línea dramática de mi vida es no haber escrito todavía el libro sociológico o la novela sobre esos personajes de barra. Seguramente aún existen, aunque ahora estén ocultos desde que los cafés se modernizaron, eliminaron las barras y los Starbucks brotaron como hongos. La barra era frontera y confesionario. Sin barra, el raro no tiene dónde quedarse. La modernidad higienizó el espacio, pero también expulsó a sus fantasmas.

El Vips tenía algo más luminoso, más familiar. Era el territorio de las charolas beige, del café americano interminable, del murmullo constante de familias y parejas. El Toks, en cambio, tenía una densidad distinta: mesas que parecían aguantar confidencias, esquinas donde uno podía sentirse ligeramente escondido, como si el mundo adulto todavía no exigiera definiciones. En ambos aprendí que el café podía ser permanencia. Esa hospitalidad anónima fue una forma de ciudadanía temprana.

Efectivamente, no había más que en el centro cafeterías de origen español con máquinas italianas: El Villarías, La Blanca, El Gabys, en la colonia Juárez. Para los sureños ese ambiente con tufo europeo estaba muy lejos. Ir al centro era una expedición. En Coapa había funcionalidad y franquicia; allá había barra, mármol, vitrinas con pastas alineadas como joyería comestible.

Cuando se acarició la mayoría de edad, la conciencia cívica se hizo cargo de nosotros. Surgieron pláticas políticas en voz baja y la planeación del periódico vecinal. Sembrábamos árboles, pintábamos macetones, organizábamos convivios. El Vips y el Toks fueron oficinas improvisadas de esa pequeña épica barrial. El refill acompañó el paso del yo al nosotros.

Recuerdo nuestros cafés en la librería El Sótano de Coyoacán —en el sótano el lugar— para incubar nuestra Iniciativa Joven por la Democracia. Había algo profundamente simbólico en planear ciudadanía bajo tierra, rodeados de libros: como si la teoría vigilara discretamente nuestras torpezas prácticas. Entre estantes y mesas pequeñas discutíamos estrategias para organizar observaciones electorales, repartíamos distritos en hojas subrayadas, imaginábamos actividades lúdicas para fomentar la cultura cívica en colonias donde la política solo aparecía en temporada de promesas. El café ahí tenía un tono distinto: menos bullicioso que el Vips, más reflexivo, casi académico. Sentíamos que conspirábamos en favor de algo limpio, que la democracia podía nacer también de conversaciones largas y tazas sucesivas. El Sótano fue laboratorio y refugio; ahí entendimos que la participación ciudadana no solo se vota: se conversa, se duda y se ensaya.

Cuando fui con mi padre a Europa por primera vez, me enamoré de esas cafeterías que solo había visto en el cine. El rumor bajo de la conversación, el siseo de la máquina exprés, la gente leyendo sin prisa. Ahí entendí que el café podía ser arquitectura emocional. No era únicamente un lugar para consumir algo caliente: era un dispositivo cultural donde la vida pública y la intimidad podían coexistir sin estridencias.

Recuerdo las barras largas, los espejos que duplicaban el espacio, las vitrinas donde el pan parecía objeto de contemplación. Las baguetes —crujientes, abiertas con precisión casi quirúrgica— no eran solo alimento; eran una declaración de pertenencia a una tradición donde comer, conversar y pensar formaban parte de un mismo acto. Nadie parecía tener prisa por levantarse. El tiempo se estiraba con naturalidad, como si la productividad no fuera la medida de la existencia.

Desde entonces quise tener un establecimiento así, que combinara actividad cultural y donde se vendieran baguetes. No lo imaginaba como negocio solamente, sino como atmósfera: presentaciones de libros, discusiones políticas sin gritos, música discreta, mesas ocupadas por estudiantes y periodistas, por viejos amigos y desconocidos que terminaran compartiendo conversación. Un lugar donde alguien pudiera sentarse sin ser expulsado por el reloj, donde el ruido fuera humano y no televisivo, donde el tiempo se midiera en tazas y no en metas.

Se me clavó esa idea como una promesa que nunca terminó de cumplirse. Tal vez porque abrir un café así exige más que capital: exige una fe casi obstinada en que la conversación todavía importa.

Después vino el periodismo. El ritual se consolidó. El café dejó de ser refugio y se volvió oficina portátil. Ahí hice entrevistas, escuché confidencias, construí amistades que se miden en tazas.

Hubo un tiempo, a principios de los 2000, cuando fundamos Libre en el Sur, que mi padre y yo llamábamos al desaparecido Konditori de Insurgentes Sur “la oficina”. No lo era formalmente, pero lo fue en el sentido más auténtico. Ahí planeábamos ediciones, discutíamos encabezados, ajustábamos presupuestos imposibles. Nos reuníamos con más. Entre el ruido de la vajilla y el vapor de la máquina se fue levantando un periódico.

Muy cerca de ahí, una niñez con mi papá en la barra de La Veiga me había predispuesto a considerar esos cafés sitios de leyenda. Desde la altura imposible de aquella barra a la que acudía el poeta David Huerta aprendí que el café era rito y relato, escenario y refugio.

Mi amistad con Juan Carlos Pantoja podría medirse por cientos de tazas. Las últimas, apenas el último jueves de enero. Lo mismo podría decir de Sergio y de Martín. Hay amistades que no se archivan en chats sino en mesas ocupadas durante años, en discusiones que comienzan hablando de política y terminan hablando de los padres, del miedo o de la muerte. En cada café hay ausencias sentadas. Mesas donde uno todavía espera que llegue alguien que ya no va a llegar. El café no solo guarda conversaciones: guarda fantasmas.

Pienso, tanto tiempo después, que mi permanencia en los cafés ha sido mi mayor acto de rebeldía. Eso que he dado en llamar el “derroche del tiempo”, en una época que pregona obsesivamente el aquí y el ahora mientras lo vacía de contenido. Permanecer en una mesa pese a todas las responsabilidades que debo sortear en mi cotidianidad.

Porque, habría dicho Sartre desde el Café de Flore de París, la libertad es un problema. Y los cafés, acaso, una forma de vida para ajusticiarla.

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