Ciudad de México, octubre 30, 2020 00:23
Dinorah Pizano Osorio Opinión

Contagiarse o morir de hambre

Es una decisión política compleja, pero justificada si se trata de reducir los contagios y eventuales muertes.

POR DINORAH PIZANO

Como todos sabemos la Ciudad de México pasó de Semáforo Epidemiológico Rojo a Naranja, el pasado lunes 29 de junio.

Ello obedeció la necesidad de reactivar una economía al borde del colapso y significó que se reanudaran algunas actividades económicas y reabrieran sus puertas plazas, tiendas departamentales y hoteles, entre otros centros, en una capacidad inferior al 100%.

La Jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, indicó que para que el nuevo semáforo funcionara, se debían mantener las medidas preventivas, como el uso de cubrebocas, la denominada sana distancia y el confinamiento, en medida de lo posible.

Las cifras de la pandemia se encontraban entonces en 220,657 casos positivos, además de 27,121 defunciones.

Un poco más de un mes después, por desgracia contamos en la CDMX con una tasa de 38.23% de hospitalizadxs y en la zona metropolitana del Valle de México, una tasa de 21.85% por COVID-19 o sospechosos por cada 100 mil habitantes.

Hoy contamos con más de 408 mil personas infectadas y más de 45 mil decesos.

Estos números nos indican que la apertura de espacios públicos tales como los comercios del centro histórico, plazas comerciales, parques, jardines, etc. han atraído a un número inusual de personas tras una cuarentena compleja, quienes salieron y empezaron a hacer sus vidas casi normalmente.

Sabemos además lo complejo que ha sido para muchas familias que han sacrificado su ingreso familiar para mantenerse en casa.

En otros casos jefas y jefes de familia han tenido que salir a las calles para buscar ganarse la vida y llevar el sustento a sus hogares. Para ellxs el guardar una sana distancia en un metro repleto o utilizar medidas de higiene a cada momento, ha sido poco menos que imposible.

Desde el comienzo de la crisis sanitaria, economistas alertaron con muchas bases, que la pandemia afectaría a ambos lados de la economía. Por un lado afectaría a la cadena de suministro en primera instancia y por otro, impactaría también en la demanda.

El suministro de bienes y servicios se ha visto afectado porque las fábricas, talleres y oficinas  cerraron. Muchos pequeños comercios se fueron por desgracia, directamente a la quiebra. Como resultado, la producción ha caído.

Al mismo tiempo, la demanda también decreció porque lxs consumidorxs se han quedado en sus casas y dejado de gastar. Los menos porque pueden darse el lujo que trabajar desde casa. En la mayoría de los casos porque se han quedado sin empleo o ingresos por la actividad que desarrollan desde la informalidad.

Contagiarse o morir de hambre. El dilema para muchas personas en la capital y el país entero.

Refiriéndose a la angustia que muchos seres humanos atraviesan en momentos de adversidad Sören Kierkegaard señaló: “Cuando la muerte es el mayor de todos los peligros, se tiene esperanzas de vida; pero cuando se llega a conocer un peligro todavía más espantoso que la muerte, entonces tiene uno esperanzas de morirse. Y cuando el peligro es tan grande que la muerte misma se convierte en esperanza, entonces tenemos la desesperación como ausencia de todas las esperanzas, incluso la de poder morir.”

Ya se ha dicho y escrito mucho al respecto. Pero si no se aplican medidas emergentes e inmediatas para apoyar a las y los más vulnerables, se está orillando a las personas a salir de sus casas por necesidad.

Se vuelve urgente pues, adoptar políticas que reduzcan la exposición de los trabajadores informales al virus.

Garantizar que todas las personas contagiadas tengan acceso a atención médica de calidad.

Proporcionar un ingreso mínimo y una ayuda alimentaria a las personas y sus familias para poder enfrentar los nefastos daños causados al tejido económico y social de nuestra ciudad.

Por todo lo anterior se vislumbra la posibilidad de regresar al semáforo epidemiológico rojo.

Si es el caso, la decisión despertará resistencia, en virtud de que representa como ya se mencionó directa e indirectamente afectaciones a personas que ejercen oficios, propietarios o trabajadores de pequeños comercios, restaurantes, hoteles, clubes, cines y muchos otros establecimientos mercantiles.

Si es el caso, deberemos entender que es una medida drástica ciertamente, pero necesaria para detener los contagios que se están saliendo de las manos.

Ha sido comprobado que someter a aislamiento a las colonias con mayor nivel de contagio no ha servido de mucho, por ejemplo. Lo anterior tiene su clara explicación en las particulares características de origen y destino de las y los capitalinos que atraviesan toda la ciudad para alcanzarlos.

Si la Secretaría de Salud Federal, por medio de sus cuatro indicadores: indicador ponderado de porcentaje de ocupación hospitalaria (tener menos del 65 por ciento); porcentaje de positividad COVID-19; tendencia de casos hospitalizados; y tendencia del síndrome COVID-19, decide y recomienda cambiar el color del Semáforo Epidemiológico por crecimiento exponencial del nivel de contagio, será justificado.

Deberemos si llega el momento apoyar a la Jefa de Gobierno cuando tome la decisión. Este es uno de los momentos en los que gobernar con responsabilidad implica poner orden, por más impopular que resulte.

A tal posibilidad se refirió: “Si seguimos subiendo con una tasa importante de hospitalización, tendremos que aplicar mayores restricciones y, de acuerdo con el Semáforo Epidemiológico del Gobierno de México, de la Secretaría de Salud, si la ocupación crece hasta llegar a más 5 mil 127 camas, tendríamos que estar tomando medidas todavía más restrictivas y tener que regresar al Semáforo Rojo y permanecer así varias semanas para que pueda descender nuevamente el nivel de hospitalización”, apuntó Sheinbaum Pardo.

En pocas semanas sabremos si la valoración del gobierno de la ciudad, considera regresar al Semáforo Rojo. Es una decisión política compleja, pero justificada si se trata de reducir los contagios y eventuales muertes.

Debemos estar preparados ante cualquier escenario. Que venga lo mejor.

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