Ciudad de México, julio 1, 2022 20:23
Ivonne Melgar Junio 2022 Opinión

Coyoacanense por adopción

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

“Saltábamos de alegría cuando mi madre nos contó que había encontrado una renta increíble: un piso sobre avenida Hidalgo, con ventanal hacia la calle, un lujo inimaginado que convirtió aquel espacio en uno de los mejores refugios de las madrugadas universitarias del trabajo en equipo”.

POR IVONNE MELGAR

Mes y medio después de nuestra llegada a México, una vez que nuestra madre consiguió que nos aceptaran en la secundaria técnica 17, Coyoacán se encargó de repararnos el duelo.

Porque la migración siempre es una pérdida, un exilio no elegido, un desarraigo que te obliga a nacer de nuevo. Y en el principio, mi hermana Gilda y yo nos sentíamos fuera de todo.

Nuestro primer domicilio fue en la colonia Campestre Churubusco, a unos pasos de la Calzada de Tlalpan, donde tomábamos el camión con destino a Izazaga o los peseros que iban al Zócalo.

Caminar tiritando de frío en ese enero de 1979 sobre la calle de Héroes del 49 hasta desembocar en su continuidad que, pasando División del Norte, se convierte en Hidalgo, nos entrenó en la confianza de perderle el miedo a la interminable ciudad que ya era entonces el Distrito Federal.

Muy pronto aprendimos que lo mejor de la escuela estaba en los diversos trayectos que a la salida de las clases podían tomarse en bolita: con quienes vivían en los barrios aledaños o quienes se dirigían a la Portales o hasta Tlalpan.

La mejor ruta era la sin rumbo: una que salía del plantel para ir recorriendo los espacios públicos del Centro de Coyoacán: el parque, la Iglesia, la fuente, la panadería América, el Teatro.

Estando ahí podíamos adentrarnos a Francisco Sosa o avanzar hacia el mercado, donde nos esperaban los eskimos, si es que renunciábamos al pesero y decidíamos volver caminando a casa.

El rincón preferido de nuestras amables guías era el parque de La Conchita, ese templo que Hernán Cortés, decían, le construyó a la Malinche. ¿Tanto amor era posible? O solo se trataba de una leyenda, un cuento…

Cuando supimos andar solas, decidimos que vendríamos a Coyoacán los sábados para comer en el Burger Boy. Era un día especial porque “la organización” -a la que como familia pertenecíamos, y que en los hechos era un comité de solidaridad en el extranjero de las Fuerzas Populares de Liberación, una de las alas insurgentes que conformaron el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional- requería de la encerrona de sus adultos para evaluar tareas.

En compensación con aquella rutina que nos quitaba su acompañamiento, mi madre nos dejaba dinero y el permiso de que saliéramos con libertad a comer

lejos.

Nuestro lejos era Coyoacán. Y siempre esas hamburguesas, las únicas en el mercado accesible para esas adolescentes salvadoreñas que estaban explorando el DF.

Los recorridos sabatinos podían culminar en la sucursal de los helados La Siberia de Xicoténcatl. Fue así que descubrimos el Parque Deportivo La Fragata y un letrero que salvó nuestros primeros veranos en México: el curso que en vacaciones escolares impartía ahí la Delegación de Coyoacán totalmente gratis.

Quisiera hoy saber quiénes eran los funcionarios o los promotores que en aquellos años armaban tremendos programas de atención a los adolescentes que, sin más papeleo que su voluntad de asistir, eran llevados a parques, gimnasios y albercas que igualmente dependían de otras delegaciones, practicando atletismo y disfrutando de la Ciudad.

Era una expresión del Estado benefactor, un auténtico ensayo del sistema nacional de cuidados que, ojalá, alguna vez tendremos y que me llena de gratitud al recordar esas jornadas de 8 de la mañana a 4 de la tarde, con autobuses incluidos para visitar a los de la Aragón, Tlalpan, Xochimilco, Azcapotzalco…

Supimos de qué se trataban los desayunos del DIF: unos banquetes que nos permitían aguantar la jornada, con todo y el entrenamiento de jabalina que aprendí a lanzar.

De regreso a La Fragata, mi hermana y yo emprendíamos el regreso a casa sabedoras, sin decirlo, que México nos estaba adoptando acelerada y amorosamente.

A mediados de los ochenta, Coyoacán se convirtió en nuestro barrio de residencia. Saltábamos de alegría cuando mi madre nos contó que había encontrado una renta increíble: un piso sobre avenida Hidalgo, con ventanal hacia la calle, un lujo inimaginado que convirtió aquel espacio en uno de los mejores refugios de las madrugadas universitarias del trabajo en equipo.

Ahí inventamos recitales y cantamos a Silvio Rodríguez, a José José y a Amaury Pérez, y armamos citas que desbordaban la salita de aquel departamento para irnos al Grito.

En esos años de ilustre vecindad supe que los cafés pueden ser la mejor estación para que pernocte la confección de un poema o el último tramo de una novela que nos dejará extrañando su lectura.

Y fue en Los geranios donde se concretó mi primera invitación para colaborar en una revista que se llamaba Coyoacán y en la que publiqué un texto sobre el Barrio del Niño Jesús, encargado por el editor Héctor Bulle Goyri, y en cuya hechura probé ese tocar timbres esperando un sí, adelante, que conseguí del enorme fotógrafo Manuel Álvarez Bravo, habitante de ese rincón colonial y quien pausado y generoso me contó de las fiestas ancestrales que ahí se repetían, cada año, con el arco de flores en el pórtico aledaño a Miguel Ángel de Quevedo.

Fueron los años de mi infancia mexicana tardía. Las horas dulces de la mexicana por adopción.

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