Ciudad de México, octubre 1, 2020 07:10
Opinión Rebeca Castro Villalobos

El Beso, un escape a la pandemia

Aunque el servicio postal en aquellos años no era precisamente ágil y rápido y la tarjeta llegó mucho tiempo después, cuando él ya estaba de regreso, aquel envío trasatlántico tuvo y tiene (porque claro que conservo esa postal) un significado muy especial, entre otros muchos recuerdos de nuestra ya larga relación”.

 POR REBECA CASTRO VILLALOBOS

Mi primer contacto con esa maravillosa, extraordinaria y por siempre admirada ciudad fue una tarjeta postal con la increíble escultura de Augusto Rodin, “El Beso”, fechada el 9 de junio de 1996. Paco había decidido tomar vacaciones, darse un tiempo libre, y cargando mochilas emprender con su hijo una gran y envidiable  aventura por Europa, siendo precisamente desde París cuando entre tanto trajín que les representó ese viaje, se dio el tiempo para mandar por correo esa imagen con un cariñoso mensaje.

Aunque el servicio postal en aquellos años no era precisamente ágil y rápido y la tarjeta llegó mucho tiempo después, cuando él ya estaba de regreso, aquel envío trasatlántico tuvo y tiene (porque claro que conservo esa postal) un significado muy especial, entre otros muchos recuerdos de nuestra ya larga relación.

Quién lo diría, tres años después, en 1999, estaría emprendiendo similar travesía, aunque a las mochilas las sustituyeron maletas, por cierto, ahora que lo pienso, la que yo elegí era muy grande y estorbosa y el colmo, aunque era de ruedas la jaladera se rompió y tuvo que sustituirse por un cinturón.

Si bien el plan no era “mochilear” tampoco era un viaje de lujo, aunque para conocer con más detalle los sitios a recorrer decidimos por rentar un auto. Nuestra travesía inició en Madrid, en donde conseguimos un hostal, céntrico y de fácil acceso a una estación del metro, toda vez que el vehículo se entregaría cuando dejáramos esa capital española. El único impedimento fue la maleta: el hostal no contaba con elevador y había que subir tres pisos para llegar a la habitación.

No le restaré méritos a esa hermosa ciudad, con su Gran Vía, La Puerta de Alcalá; la Fuente de Las Cibeles, el Museo de Prado, su Plaza del Sol y Plaza Mayor, el Jardín del Retiro, el Parque España, y muchos otros sitios, como el  Museo del Jamón, todos esos me embobaron y segura estoy que, cuando todo pase –consté, es la primera alusión que hago de esta maldita pandemia-. tendré que regresar.

El recorrido continúo por varias y hermosas ciudades españolas, como Pamplona, San Sebastián, Garnika, Bilbao, Santander, Santillana del Mar, Potes, Oviedo, La Coruña, Santiago de Compostela; para tomar camino a Lisboa, haciendo parada en Porto y en el Santuario de Fátima. Especial mención merecen Lisboa y nuestros anfitriones,  Mariflor y Antonio, que por cierto fueron los únicos que en su condominio contaron con elevador para subir mi estorbosa maleta.

Después, retornamos a España, vía Sevilla, y luego de disfrutar esa ciudad andaluza, emprendimos un recorrido por Granada, Córdoba, Ronda, Sierra Nevada, Linares, La Mancha, Toledo… Finalizando esa parte del viaje, que yo considero ilustrativamente taurino, entregamos el auto en Madrid para posteriormente ya con la maleta a cuestas, abordar el tren que nos llevaría al motivo de este texto: París.

Una semana,  apenas una semana la que estuvimos en esa deslumbrante ciudad. Sin embargo me cautivó y cada que tenemos oportunidad, le pido, le suplicó, me hincó para que regresemos, aunque sea por apenas unos días.

En esa ocasión, fue una reconocida periodista (creo todavía ejerce como corresponsal)  quien nos dio asilo en un cómodo y bien situado departamento, a unas cuadras del metro. Lamentablemente el clima no fue buen aliado en esa época, inicios ya del otoño, así que fue necesario que nos prestaran indumentaria adecuada, con la cual emprendimos nuestro recorrido por la capital francesa, iniciando si bien recuerdo por el Museo de Louvre y sus alrededores. La fila para entrar era larga, pero valía la espera para admirar tanta belleza y arte que hay en su interior.  Creo que la visita nos llevo todo un día.

Caminar por los campos Elíseos, que une la plaza de la Concordia hasta llegar al Arco del Triunfo, fue otra gran experiencia. Y qué puedo decir la sensación que fue conocer la Catedral de Notre Dame, lamentablemente ahora en reparación tras el incendio que sufrió. El Río Sena, que para disfrutarlo mejor pagamos un viaje en barco, que tenía calefacción, pero a la hora de salir de la embarcación nos pegó el cambio de temperatura (estaba helando, literalmente)  y empezaron los mareos y sus consecuencias. Afortunadamente no pasó a mayores gracias a que pudimos refugiarnos en un cálido barecito cercano.

Un lugar que me encantó y no pudimos disfrutar a cabalidad por el clima fue el jardín de Las Tullerías, al igual que más adelante les contaré, prometí que volvería y gozaría cada rincón de ese lugar.  Y también lo cumplí, sentados en una banca con una baguette de queso y un buen tinto, en un agradable día soleado.

Aunque está un suburbio, no hay que dejar de lado Versalles, palacio de gran lujo y ostentosidad,  y junto con sus inmensos jardines se han hecho merecedores a ser declarados Patrimonio de la Humanidad.

Pero de todo lo conocido hasta el momento faltaba lo mejor (o peor): la Torre Eiffel. Los boletos se adquirían de acuerdo al piso donde querías subir; de lejos se veía majestuosa, conforme me fui acercando y ver su inmensidad me invadía el pánico; fue entonces cuando llega la inevitable pregunta: “¿a qué piso vamos, nena?” . No quedó más remedio, y a sabiendas que el elevador para esa proeza está descubierto, opté por la salida fácil: el primer piso, respondí, pese que es de todos conocidos que la mejor vista que tiene esa Torre de la ciudad es la del último piso; sin embargo Paco entendió mi decisión, de la cual nunca quedé conforme.

Fue entonces cuando prometí regresar algún día, vencer mis miedos y subir a hasta la planta alta, lo cual logré: hace seis años, tome valor (no pastillas, aclaro) y en otro estupendo viaje recorriendo Italia y terminando nuevamente en París, logré mi cometido, superando temores y pánicos y sin la necesidad de un galeno al que ahora, vale decir, no quiero volver a ver en mi vida.

Este texto no puede concluir sin retomar su inicio. Obvio que en 1999 –como lo haría de nuevo en el 2014—visita obligada fue ir al Museo Rodin y entre tantas maravillas apreciar y darle más valía a esa escultura portentosa en mármol blanco, “El Beso”, misma que de alguna manera fue el inicio de estos tantos años de coexistir, compartir y convivir.

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