Ciudad de México, julio 24, 2021 08:20
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / La foto

Mejor caminar por esos pasillos, lento y pausado como es su demagogia, porque nada urge salvo lo que él considera urgente; él es el que cierra la historia en un solo plano secuencia.  

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Ignoro si es un globo o un papalote lo que jala la niña de un hilo. Andrea Murcia, la fotógrafa de la agencia Cuartoscuro que logró esta imagen estando ahí, en la plancha del Zócalo capitalino, y disparando a tiempo –tal cual describía Vicente Leñero como la mayor virtud de un fotorreportero— nos lo podría revelar. Pero yo prefiero no saberlo. Porque la incógnita nos da la posibilidad de ver lo que deseamos cuando volteamos al cielo buscando la esperanza que no encontramos abajo… o atrás, en lo que hoy está convertido el Palacio Nacional: el lugar donde se niega la realidad.

Y es que, en efecto, el Palacio dejó de ser un museo de la historia mitificada en los murales de Diego Rivera para convertirse en una alegoría del poder unipersonal, acaso alguno que no vivieron ni siquiera los virreyes subyugados a un imperio europeo. Y más: el símbolo de quien no escucha porque asume que hay un pueblo sabio que aprecia el mito viviente de la 4T y no hay mayor cosa para encontrar la felicidad.

La foto pone en primer plano a una niña que se eleva con su propio impulso al correr, libre, alegre; su expresión contrasta con el duelo escrito en letras blancas sobre las vallas de la insensibilidad gubernamental, nombres de cientos de víctimas de feminicidios cometidos durante estos dos primeros años de gobierno de López Obrador y también en sexenios anteriores.

Pero la manifestación iconográfica no deja duda sobre su repudio al comportamiento del mandatario actual, que advirtió de antemano con ese “muro de la paz” que no está dispuesto ni siquiera a rosarse con las activistas que protestan contra la impunidad, demandan la justicia y el respeto, el esclarecimiento de crímenes y la garantía de seguridad para todas las mujeres. El gobierno de López Obrador (con lo que incluyo a sus compinches) también ignora la esperanza de esa niña. El Presidente asume que su presencia en Palacio es inmaculada, al lado de su Carlota, y nada existe más allá de las conferencias de prensa de cada mañana.  

El problema no es proteger el Palacio. Yo mismo estoy en favor de hacerlo en tratándose de un patrimonio histórico y cultural de todos los mexicanos. El asunto es cómo le hace el inquilino de ese inmueble para cuadrar la realidad cruda de afuera con su propia historia; cómo ajustar las cosas a la calca que pretende en la memoria de la gente cual si fuese su vida una monografía escolar de un perfecto Juárez. Cómo ocultar su vanidad frente al clamor popular y la contradicción de haberse valido de la denostación de sus enemigos políticos con el discurso que ahora no puede escuchar porque le ensordece. Mejor caminar sobre la duela de un Palacio a la que ni el tiempo rasguña en vez de contagiarse del otro virus: el del dolor de las que él llama “provocadoras”. Mejor caminar por esos pasillos flanqueados de bellas obras de arte, así lento y pausado como es su demagogia, porque nada urge salvo lo que él considera urgente; él es el que escribe y cierra la historia en un solo plano secuencia.  

Pero la foto lo desmiente. La imagen tiene tres planos. Además del globo o el papalote. En realidad no hay palabras para ilustrarla.   

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