Ciudad de México, enero 27, 2022 05:21
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / La magia de los pueblitos

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La emoción contrasta con lo injusto y absurdo que un país que podría ser la envidia de cualquier otro ande flotando en los titulares de los periódicos del mundo por la violencia del narco y la destrucción institucional.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Sin buscarlo precisamente, sino con un esbozo, un esquema general de viaje, nos adentramos este invierno en siete pequeñas localidades de tres estados diferentes, que se cuentan entre las 132 que forman parte del programa “Pueblos Mágicos”.   

Este programa, iniciado en el gobierno de Vicente Fox en el 2001 y que supone el apoyo con dinero de las arcas públicas, comenzó con apenas tres pueblitos, y poco a poco se fue ampliando hasta cubrir las 31 entidades, toda vez que Ciudad de México es por hoy la única entidad excluida (yo me atrevería por supuesto a incluir varios barrios de la capital o regiones rurales de Tláhuac o Milpa Alta, entre el espectro de lo “mágico”).  Incluso para incorporar a Baja California en el programa, por ejemplo, se construyó una especie de pueblo hechizo en Tecate, con su kiosco, cuando el lugar es más emblemático por su cerveza que por su historia originaria, que es una de las condiciones que supuestamente se deben considerar.

En el caso de Tepoztlán, que sin duda cumple con creces las características exigidas por el programa –un hermoso cerro del que se desprenden creencias milenarias y en cuyo alrededor se han desarrollado ritos y tradiciones autóctonas— las autoridades locales han permitido cualquier cantidad de abusos y distorsiones por parte de los comerciantes, sobre todo los informales, y sin reparo alguno se permite el escándalo de la música pirata y la venta de alcohol en sus calles empedradas, lo que da al traste con la esencia del lugar.

Desde la Peña de Bernal hasta Xilitla, pasando por la Sierra Gorda queretana, cordilleras imposibles logran el impacto mágico ante los ojos, siempre que uno se tome con paciencia manejar durante unas cinco horas por una sinuosa y eventualmente peligrosa carretera de curvas cerradas. Pinal de Amoles es tal vez la excepción de entre los pueblos mágicos que visitamos que esconde sus encantos y desperdicia su potencial, sin siquiera contar con un rinconcito para tomar un buen café. Pero lo que hace atractivo a Pinal de Amoles, más allá de la hermosa vista aérea de sus techumbres de lámina roja, es un entorno de posibilidades múltiples de ecoturismo, con cascadas, tirolesas y miradores, además del excursionismo hacia lejanas iglesias franciscanas a las que se accede a paso de tortuga por caminos de terracería.

Lo más impactante del legado franciscano lo halla uno sin embargo al internarse de lleno en la Sierra Gorda, donde hay cinco misiones construidas en el siglo 18, verdaderas maravillas no solo de la ingeniería y la arquitectura, sino del arte barroco mestizo, catalogadas por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. Cuesta trabajo meter a la cabeza cómo pudieron levantar aquella mole del templo de la Purísima Concepción en Landa, cuyos imponentes relieves de santos y figuras de vegetales se descubren como obra divina aún en la penumbra; o la de Santiago, en Jalpan de la Sierra, conmiles de detalles coloreados en tonos ocres, donde en lo más alto se han acompañado durante tres siglos las vírgenes de España y de México, la del Pilar y la Guadalupe.   

Misión de Santiago, en Jalpan. Foto: Francisco Ortiz Pardo

Por los pueblos mágicos uno puede brincar de una a otra tradición de nuestra diversidad cultural pero también transitar por la historia; así en un momento estábamos en el jardín surrealista del escocés Edward James, en la puerta de la huasteca potosina, y en otro momento admirábamos los retablos de caoba y oro en la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, justo donde el cura Hidalgo lanzó la arenga de la Independencia y frente a la cual se disfrutan las nieves de garambullo, únicas. En el panteón municipal ubicado en los linderos de la carreta rumbo a Guanajuato, donde aparece una forma de ciudad con sus problemas viales, el mausoleo de José Alfredo Jiménez nos sorprende con su forma de sombrero y largo sarape multicolor en que están escritas las letras de sus canciones.

En el medio, Cadereyta con sus calles pulcras y sus casas sin rasguño por el impecable vinimex de colores mexicanos; dos templos que representan la época colonial, con retablos barrocos el primero, y la del inicio de la vida independiente nacional, en un neoclásico de 1828, el segundo, se armonizan en perfecta escuadra frente a una plaza sobre la que se desploma un atardecer anaranjado; y Bernal con su Peña, la tercera más grande de todo el mundo, donde ha detonado la actividad turística de tal forma que hay más de 130 hotelitos –muchos de ellos en casas viejas remozadas–. Cuentan sus pobladores que la energía producida por los cuarzos allí provoca inmunidades al tiempo… una inaudita longevidad.

En la medida de la emoción por estar en tales sitios aparece un sentimiento encontrado por lo injusto y absurdo que un país que podría ser la envidia de cualquier otro ande flotando en los titulares de los periódicos del mundo por la violencia del narco y la destrucción institucional, de lo que hay por supuesto responsables.

Aun así, antes de la pandemia México era la décima nación más visitada del mundo. Y el programa de los Pueblos Mágicos –que estuvo en peligro de extinción al inició del actual gobierno— representa hoy una esperanza para la reactivación económica del país, según quedó plasmado en el Primer Estudio Económico de los Pueblos Mágicos, presentado apenas el 16 de diciembre por el secretario de Turismo, Miguel Torruco. Por poner un solo ejemplo, de 2003 a 2018 los cuatro pueblos mágicos de Chiapas, uno de los estados más pobres, han aportado un 5.79 % de la economía local.

El necesario apoyo económico y restaurativo debería ser condicionado, sin embargo, al cumplimiento de reglas básicas para que no se multiplique el muy lamentable caso de Tepoztlán. Y que, dentro de una planeación integral, se impulsen negocios que por sencillos que sean (no se trata nunca de encarecer los sitios y volverlos elitistas) —inviten a la contemplación de la belleza –la natural—la intangible y la arquitectónica— otorguen momentos de tranquilidad y descanso, además de motivar la charla y el intercambio de experiencias de viaje, en familia o en pareja. El entendimiento de lo que somos, en nuestra diversidad y en nuestra complejidad.

Los pueblos mágicos de México han reinventado la forma de viajar por este país entrañable y maravilloso. Hay que valorarlos.

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