Ciudad de México, marzo 24, 2026 23:16
Cultura Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / Entre bambalinas

Los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de sus autores.

El teatro mantiene su vigencia como arte vivo y exigente, con una escena activa en México que va de la Compañía Nacional de Teatro al ámbito universitario, incluso en tiempos dominados por el ‘streaming’.

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Este 26 de marzo se conmemora el Día Internacional del Teatro. No es una fecha caprichosa ni de calendario burocrático: fue instaurada en 1961 por el Instituto Internacional del Teatro, con el respaldo de la UNESCO, como una manera de recordar —cada año— que el teatro no es un ornamento cultural, sino una forma viva de pensamiento. La primera celebración coincidió con la inauguración del Teatro de las Naciones de París, y desde entonces se volvió tradición que una figura del teatro mundial escriba un mensaje que se lee en escenarios de todo el mundo, una especie de carta abierta —a veces luminosa, a veces incómoda— sobre el papel del teatro en su tiempo. Hay algo profundamente teatral en esa decisión: detenerse un día al año no para aplaudir, sino para pensar qué significa seguir subiendo a un escenario.

Este año, Hamnet puso en el centro dos de mis obsesiones —no encuentro mejor palabra—: el cine y el teatro. No es que compitan; se intercalan. Hamnet juega justamente en esa frontera: es una puesta original que toma a William Shakespeare y lo devuelve al teatro de la vida, mientras al mismo tiempo construye un teatro de la ficción dentro de la propia pantalla grande. Dirigida por Chloé Zhao y protagonizada por Paul Mescal y Jessie Buckley, la película llegó a los Oscar con ocho nominaciones y terminó por confirmar su fuerza en lo esencial: Buckley se llevó el premio a Mejor Actriz por una interpretación que sostiene toda la historia desde la intimidad.

Hay días en que uno necesita la oscuridad de la sala y otros en los que lo único que tiene sentido es la respiración compartida de un escenario. Se parecen en lo evidente —actores, historias, ficción—, pero en el fondo son oficios distintos. El cine está hecho para cimbrar, su lenguaje es el impacto: la escena que se queda, el giro que desarma.

Por eso el llamado “cine social” suele fallar cuando se vuelve discurso, porque el espectador no va a confirmar lo que ya sabe ni a revivir, en versión dramatizada, las mismas tensiones que ya lo rodean. Va a sentir, y cuando funciona, en realidad entra por otro lado: no explica, golpea, a veces al final, cuando ya no hay salida. El documental juega distinto: es una extensión del periodismo, ordena, revela, exhibe, y su valor es enorme, aunque pocas veces se le reconozca desde la estética con la misma generosidad que a la ficción, tal vez porque no seduce, sino que convence.

El teatro, en cambio, no necesita convencer porque está ocurriendo ahí, con todo el riesgo que implica. Es una forma de comunión —palabra grande, pero exacta— entre quienes están arriba y quienes miran desde abajo, sin posibilidad de edición: lo que sucede, sucede. En ese margen caben todas las preguntas —las filosóficas, las políticas, las históricas, las íntimas— e incluso la comedia, que suele disfrazarse de ligereza, termina siendo la forma más eficaz de la sátira.

Tal vez por eso, cuando era niño, lo que más me intrigaba no era la obra, sino la otra: la invisible, la que ocurría detrás del telón. Imaginaba a los actores en bambalinas mientras la función avanzaba del otro lado y me preguntaba si hablaban en voz baja, si se daban indicaciones urgentes, si guardaban silencio o si repetían sus líneas como quien se aferra a algo antes de salir al vacío. Pensaba, sobre todo, en ese instante previo, cuando todavía no eres el personaje, pero ya dejaste de ser del todo tú. Con los años entendí que esa escena secreta no es un complemento, sino la condición misma del teatro, porque ahí ocurre lo más frágil y, a veces, lo más verdadero.

El teatro es también la prueba de fuego para los actores. Salvo algunas excepciones —los grandes musicales, donde la producción alcanza niveles casi cinematográficos—, prescinde de las “magias” del cine: los efectos, la edición, la posibilidad de corregir. Aquí no hay red, lo que aparece es, en tiempo real, en el sentido más radical de la palabra, y no hay manera de esconderse. Tal vez por eso muchos de los mejores actores de cine vienen del teatro y también por eso, cuando se les escucha sin el ruido promocional, muchos terminan confesando lo mismo: que el teatro sigue siendo su lugar favorito, aunque el cine los haya llevado a millones.

Será que el teatro representa el verdadero desafío artístico, desde los clásicos hasta lo contemporáneo, porque lo que está en juego no es solo la interpretación, sino la resistencia: sostener una emoción, un ritmo, una presencia sin la posibilidad de fragmentarse en tomas. A mí hay algo que me sigue impresionando —y no deja de parecerme un misterio—: esa capacidad de aprenderse los diálogos hasta volverlos orgánicos, sin que la repetición desgaste el movimiento, la intención o la verdad, decir lo mismo cada noche como si fuera la primera vez. También está la cercanía, esa decisión de colocarse frente a un público que respira, que se mueve, que reacciona, un público de carne y hueso, tan vulnerable como quien está en escena, y hay algo profundamente valiente en eso.

Y en el circuito privado de gran calidad, qué más evocador que La visita del ángel, que en su segunda reposición tanto tiempo después de aquella puesta original del legendario equipo que combinó la dramaturgia de Vicente Leñero, la dirección de Ignacio Retes y la iluminación y escenografía de Alejandro Luna, recién terminó temporada en el Foro Lucerna, mostrando los novisimos talentos de Jesusa Ochoa Leñero, heredera teatral por tres vías.

A diferencia del cine, México ha sido más constante en su prestigio teatral, como si el teatro fuera algo que se nos da con mayor naturalidad. La Ciudad de México se cuenta entre las ciudades con mayor oferta teatral del mundo, no siempre con reflectores internacionales, pero sí con una vitalidad que resiste. Y eso tiene mérito, porque hacer teatro es caro: las puestas implican escenografía, ensayos prolongados, elencos amplios, equipos técnicos, y, a diferencia del cine, la asistencia es incierta, no hay algoritmo que garantice butacas llenas. Salvo los musicales, donde la inversión obliga a temporadas largas para recuperar costos, el resto vive en una cuerda floja constante.

Aun así, el teatro ocurre, incluso en estos tiempos en que la cultura ha dejado de ser prioridad gubernamental —y los recortes presupuestales lo confirman—, porque las puestas no comerciales siguen sosteniendo una parte esencial de la conversación artística del país. Ahí está la Compañía Nacional de Teatro, que insiste. Hace poco, en el Teatro Julio Castillo —el antiguo Teatro del Bosque, rebautizado en honor al creador escénico Julio Castillo—, coincidieron dos momentos significativos: por un lado, una puesta escrita y dirigida por Aurora Cano, con el elenco estable de la compañía encabezado por Julieta Egurrola y Daniel Giménez Cacho, acompañados por un sólido grupo de actores y música en vivo; por otro, el montaje Misantropías, de Héctor Mendoza, dirigido por Luis de Tavira, en diálogo con El misántropo de Molière, con un elenco encabezado por Luis Rábago y Arturo Beristain, junto a Octavia Popesku, Roldán Ramírez, Marissa Saavedra, Georgina Arriola Martínez y Estefanía Norato. El Julio Castillo, con sus más de 900 butacas, fue durante años sinónimo de llenos, algo que hoy nunca ocurre, no por falta de talento, sino por el contexto.

También el teatro universitario mantiene esa vitalidad. En estos días se ha repuesto El zoológico de cristal, de Tennessee Williams, en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón, dentro del Centro Cultural Universitario UNAM. Una obra escrita desde lo personal —desde la relación con su madre— que terminó por convertirse en uno de los grandes textos del siglo XX, aunque en su estreno, en Chicago en 1944, estuvo lejos de ser un éxito. La historia cuenta que fue la actriz Laurette Taylor quien, con una interpretación atravesada incluso por sus propios conflictos, logró sostenerla hasta que encontró su lugar.

La puesta dirigida por David Olguín no intenta reconstruir una época ni hacer una pieza de museo. Se mueve más bien en ese terreno resbaloso de la memoria, donde lo que se recuerda no es exacto, sino emocional. Tom no sólo cuenta, reconstruye; Amanda se aferra a un pasado que ya no existe, y Laura habita esa fragilidad que sigue resultando incómodamente cercana.

Hay una decisión clara de no quedarse en el realismo. La escena se abre a otros lenguajes, a imágenes, a atmósferas, a esa idea de un teatro más plástico que el propio Williams ya intuía. Y eso le permite a la obra respirar en el presente, no como un clásico intocable, sino como algo que todavía dialoga con lo que somos. Porque, en el fondo, lo que aparece ahí no es otra cosa que esa sensación de estar atrapado: en la familia, en el espacio, en uno mismo. Pequeños encierros cotidianos que no han dejado de existir.

En escena, Laura Almela sostiene a Amanda con esa mezcla de dureza y vulnerabilidad que la vuelve incómoda, acompañada por Miguel Cooper, Anaïs Umano y el propio Olguín, en un trabajo que se siente colectivo más que lucido individualmente.

La obra se presenta de jueves a sábado a las siete de la noche y los domingos a las seis, con temporada hasta el 24 de abril. Y con motivo del Día Internacional del Teatro habrá una función gratuita este viernes 27, que no es poca cosa: pocas veces el teatro abre así la puerta y recuerda que sigue siendo, antes que nada, un encuentro.

La crisis de modernidad que hoy enfrentan las salas cinematográficas tiene nombre y apellido: el streaming, que ha desplazado la experiencia colectiva de la sala oscura hacia el consumo individual y fragmentado. El teatro enfrenta un drama distinto y más radical: no tiene streaming y no puede tenerlo sin dejar de ser lo que es, porque en el momento en que se vuelve reproducible pierde su condición esencial, la presencia, esa coincidencia irrepetible entre quien actúa y quien mira.

Ahí está, sin embargo, su garantía artística, viva, la que exige del espectador una finura distinta, una atención plena y una disposición que hoy escasea, porque el teatro no admite distracciones ni pausas ni segundas oportunidades, obliga a estar ahí, de cuerpo entero, y quizá por eso sobrevive, no a pesar de su fragilidad, sino gracias a ella, porque mientras el cine puede repetirse idéntico cada vez, el teatro siempre está a punto de fallar, y en ese riesgo encuentra su verdad.

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