Ciudad de México, mayo 26, 2024 16:06
Francisco Ortiz Pardo Opinión

EN AMORES CON LA MORENA / Escaleras

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En Guanajuato, donde no todo lo que brillaba era oro sino plata, aunque las asombrosas escalinatas de la Universidad siempre están a la vista del mundo, lo que azoró un día a sus habitantes fueron las primeras escaleras… eléctricas

POR FRANCISCO ORTIZ PARDO

Querida señora, ¿puedes oír el viento soplar?

Led Zeppelin

De la escalera al cielo que quería comprar una mujer en la canción de Led Zeppelin existe al menos un ejemplo, en la sierra de Xilitla, en San Luis Potosí, en una de las locuras arquitectónicas de Edward James. Para el aristócrata inglés la conservación de su escultura, que llega hasta donde ya la imaginación debe comenzar a trabajar, no tenía mayor sentido cuando fuese carcomida por plagas de hongos e insectos que irían dando una nueva dimensión a sus obras. Tal vez porque no hay mucho que se convierta en oro después de advertir el surgimiento de dicha escalera desde la vida misma, un vergel de vida, animaluchos y ríos en cascada. Entre la vida y el cielo, que es otra vida de acuerdo con los creyentes no solo del cristianismo sino también de los que piensan que el mismo Universo es la divinidad, está la escalera. Entre el cielo y el suelo, diría Mecano.

Escaleras en Xilitla. Foto: Francisco Ortiz Pardo

Cuando se sube la escalera se pretende algo, se busca alcanzar un lugar, no siempre de manera consciente.  Led Zeppelin le pide a la mujer que no busque demasiado porque lo que vale la pena ya está a su alrededor. Y es que no nos asombran las cosas asombrosas, sino el contexto de lo que no se tiene.

Guanajuato –a la que Jorge Ibargüengoitia renombró como Cuévano, no solo por sus vestigios de minas y sus vías subterráneas increíbles sino porque vive una subcultura tradicionalista– es la ciudad capital de las escaleras. Todas van a algún sitio: Unas básicamente para subir y otras para bajar, aunque siempre hay que regresar de alguna forma porque “el cielo por mí se puede esperar”, como dice otra de las rolas de Mecano. En todo caso, nadie conoce la verdadera escalera al cielo. Pero lo peor es que se pretenda subir con zapatos.

Las escaleras de Guanajuato, de todas formas, no son nada convencionales, sino más bien asombrosas… bueno, no para todos. Los que viven allí las ven diario y se acostumbran a ellas, lo missmo la que alcanza el inmenso azul hasta donde está el monumento al Pípila, desde donde se ve toda la irrepetible ciudad, única en el mundo, como una hamaca, según dice otra canción; hasta la que baja por donde cuenta la leyenda se pisan las huellas del cura Hidalgo en su toma de la ciudad en septiembre de 1810. Están las que bajan a los subterráneos. Y aquellas muchas que, como en el juego de “serpientes y escaleras”, son un laberinto entre callejones, como la del Callejón del beso,donde hay que asegurarse de juntar las bocas de los amados en el tercer escalón para evitar siete años de mala fortuna. 

Qué decir de las escalinatas de la Universidad de Guanajuato. Me hacen recordar unas del Oratoire Saint Joseph, en Montreal, pero la verdad es que aquellas se quedan un tanto insignificantes. Cualquier fuereño abre la boca al descubrir sus 86 escalones que parecen eternos para subir hacia el Auditorio General del edificio de Lascuráin y Retana, un espacio destinado a las humanidades y la cultura inaugurado el 16 de febrero de 1952, según me cultiva mi amigo de la Internet.

Foto antigua de las escalinatas de la Universidad de Guanajuato. Foto: Especial

Esa imagen de las escalinatas que ha dado merecidamente la vuelta al mundo es de alguna forma también el recuerdo entrañable del fundador del Teatro Universitario, Enrique Ruelas, que inició las presentaciones de los entremeses cervantinos en la plazoleta de San Roque y que fueron el antecedente del Festival Internacional Cervantino, que en octubre próximo cumplirá 51 años. Es cierto que de un tiempo para acá esas hordas que llegan al Cervantino, muchas veces no para disfrutar los eventos sino para echar desmadre, son comprensiblemente rechazadas por los lugareños.

El caso es que cualquier mujer y cualquier hombre que suba y que obligadamente tenga que regresar por las escalinatas de la Universidad podrá escuchar cómo sopla el viento.  Se pregunta en Stairway to heaven de Led Zeppelin: ¿Tu escalera descansa sobre el susurro del viento? En la voz de Robert Plant se le ha dicho a esa “dama que asegura que todo lo que brilla es oro” y que “está comprando una escalera al cielo”. La misma que cuando llega sabe que, si las tiendas están cerradas, “ella puede conseguir lo que vino a buscar”.

Foto: Francisco Ortiz Pardo

Pero en Guanajuato, una ciudad de origen minero, donde no todo lo que brillaba era oro sino plata, aunque las escalinatas de la Universidad siempre están a la vista del mundo y de los sueños, lo que azoró un día a sus habitantes fueron las primeras escaleras… eléctricas. Están en lo que fue un viejo cine, el Reforma, cuyo edificio de reminiscencias art decó, afortunadamente restaurado sin eliminar su letrero original, donde se estableció hace unos 15 años la tienda de autoservicio Del Sol. El negocio se encuentra en lo que llegó a ser la zona más inhóspita y más viva, paradójicamente, entre hoteles decadentes y cantinas cercanas a las estaciones del tren y de autobuses. Cuando le conté a mi sobrina Lua de que las primeras veces que llegué de niño a Guanajuato aquello me parecía más tétrico que las momias, ella soltó la carcajada.

Ignoro si las escaleras pueden ser una vía más directa al cielo cuando se cae fatalmente de ellas, como en el caso del accidente mortal que recientemente tuvo el cantante, actor y comediante Benito Castro. Pero me constan algunas cosas: Que he subido 262 escalones desde la orilla del río Duero, donde se comen sardinas y se degusta el célebre licor a base de vino de uva, hasta los altos de Oporto, maleta en mano, para refrendar mi amor por la amada. Que uno debe subir y cansarse más cuando hay atajos que no valen la pena. Y que en las estaciones del Metro de Ciudad de México tenemos la tradición de usar escaleras eléctricas que no se mueven.  

Foto: Francisco Ortiz Pardo

En ese entorno hoy remozado, allí muy cerca del porfiriano Mercado Hidalgo, otra construcción única que asombra por estar fuera de nuestro contexto, y que por cierto cuenta con unos escalones para subir al segundo piso de balcones que cuentan en el filo de los pasillos con antiguos herrajes–, la tienda Del Sol de Guanajuato tiene tres pisos con escaleras eléctricas, efectivamente. El establecimiento no pierde sin embargo la tradición de las “escaleras fijas”, bien señalizadas con ese nombre. Por si alguien las prefiere como yo.

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