DINORAH PIZANO OSORIO

La narrativa de la red social Facebook enfrenta un cambio, crisis y reacomodo en el imaginario colectivo a nivel mundial. Desde que apareció en los medios de comunicación masiva la filtración respecto al uso faccioso de cuentas para incidir directamente en la intención de voto durante la pasada elección en EEUU, millones de usuarios se toparon de golpe con una realidad que si bien tenía ciertos visos, no constituía un marco referencial.

En números redondos, más de un cuarto de la población mundial total posee un perfil activo, algo así como dos mil 350 millones de personas susceptibles de recibir las conocidas como fake news. La problemática cobra mayor dimensión ante las declaraciones de un empleado de Facebook al periódico inglés The guardian, según el cual las operaciones para la venta de datos eran cotidianas y los usuarios en riesgo podrían ascender a “cientos de millones” en los años recientes.

Resulta imposible medir la capacidad que tiene cada ser humano para valorar, priorizar y colocar en relación a una acción concreta (el voto) cada noticia a la que se encuentra expuesto. Para algunos será condición suficiente el encontrar contenidos vía redes sociales, otros contarán con mayores elementos de juicio y análisis, pero todo eso es subjetivo. Es decir, los estímulos se transforman en pensamientos, derivan en ideas y pueden o no culminar en acciones, pero están ineludiblemente influenciadas y casi que determinadas por una ideología. ¿Cómo salir de la trampa de las fake news vía redes sociales si la ideología predominante y hegemónica tiene el poder y uso de dichos canales de comunicación?

Para muchos el triunfo de Donald Trump fue una sorpresa. Hoy Facebook y las investigaciones respecto a la firma Cambridge Analytica evidencian lo contrario. Al voltear la mirada cabe recordar que resultó insuficiente la carga negativa que algunos medios de comunicación intentaron colocar sobre quien constituye el arquetipo del empresario estadounidense.

En un pleito entre élites empoderadas, donde los ciudadanos asumieron –con ninguna facultad, capacidad o poder real salvo emitir el sufragio– ser factor determinante, ganó quien apeló a uno de los valores sobre el cual se cimenta esa República: la pluralidad. Cabe citar a Emilio Marcos Giacomán, filósofo de la UNAM: “…el pluralismo o la pluralidad no es un valor democrático, todo lo contrario, ya que el respeto de la diversidad proviene del privilegio a las minorías por encima de las mayorías, sobre todo a la primera y la madre de todas las demás, las minorías de los cien más ricos que fundan las sociedades ricas actuales”.

Lo anterior sirve para explicar que quizá la mayoría tenga una opinión diferente a la de las minorías, pero eso de nada vale en un sistema como el que priva a nivel mundial. Si la minoría empoderada determina que tal o cual personaje o proceso convienen a la acumulación que sustenta su existencia, de poco valdrá el resto de las opiniones. El conocido como Brexit es otro ejemplo de ello, una nueva política monetaria, económica, fue impuesta por la vía electoral y supuestamente democrática.

Ante el panorama mundial que se planta de frente a las mayorías desempoderadas, donde la acumulación y el despojo determinan el devenir de sociedades enteras, la intromisión del gran elector incluso en aspectos que se consideraban netamente de esparcimiento, consumo y con determinado grado de candor, hacen inaplazable los procesos de empoderamiento ciudadano. Únicamente así podremos paulatinamente filtrar mejor la información a la que estamos expuestos.

Por empoderamiento podríamos entender el proceso sostenido, el aprendizaje tácito mediante el cual un ser humano adquiere herramientas para tomar decisiones de toda índole, económica, política, social y cultural, al tiempo de sumar capacidades para valorar y priorizar los elementos con los que construye de manera comunitaria intencionalidades colectivas que impacten de manera positiva las condiciones de vida.

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francisco

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